Hay dos Colombias. Una formal, pujante, rica, insertada en la globalización y el desarrollo regional, que aprovecha las oportunidades de los nuevos tiempos. Otra, informal, pobre, sufrida, desesperanzada.
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Lunes, 16 de febrero 2026
Hay dos Colombias. Una formal, pujante, rica, insertada en la globalización y el desarrollo regional, que aprovecha las oportunidades de los nuevos tiempos. Otra, informal, pobre, sufrida, desesperanzada.
La una es centralista, la otra es regional, y local. La una vive en los sectores modernos de las ciudades con todos los servicios, los derechos y las oportunidades; la otra, en los barrios clase media, en los anillos de miseria, en los campos.
La una ve su gente migrar a otros países en busca de nuevas oportunidades, la otra se desplaza a los tugurios de las grandes ciudades en caravanas para escapar de la muerte. La una lucha a diario para que no le quiten lo que ha conseguido; la otra empuja por sobrevivir. La una se construyó con base en políticas proteccionistas, la otra aspira a ayudarse del paternalismo.
A ambas Colombias les golpea una serie de enfermedades sociales, que como pandemias le azotan el diario vivir. A pesar que una aprovecha mejor las condiciones, el miedo y la zozobra parecen ser la tónica. No importa que un estudio majadero haya dicho que los colombianos están entre las gentes más felices del mundo. Es una verdadera estupidez. Aunque claro, el solo hecho de sobrevivir a las adversidades nos haga recibir con gran histrión lo que venga. Si eso es felicidad, pues bueno, hasta tendrán razón. A eso los psicólogos le llaman resiliencia…, la capacidad de sobreponerse a la adversidad.
Lo que es común en el colombiano es su capacidad de esfuerzo, creatividad, inventiva. Pero al final, si se quiere, de un pueblo sufrido, podría decirse que la palabra que nos resuma, es que somos sobrevivientes a la adversidad y la barbarie de unos cuantos que tomaron por norte el hacerle daño al resto.
Una reducida minoría se mueve a sus anchas en medio de un clima propicio y que se vale del dinero, el miedo, el terror y la muerte: la barbarie.
Barbarie, es el calificativo que debería darse a lo que el exparlamentario Lizcano que acaba de fugarse de las FARC, ha revelado por boca de su hijo, “para no sentir que se estaba volviendo loco, debió poner tres palos y hablarles y darles clases”. Tal es el nivel de deshumanización al que han llegado los secuestradores colombianos. No bastaba con separarlo de su familia, de aislarlo en la selva, de someterlo a amenazas, insultos y vejámenes de toda clase, no, que no pudiera hablar con nadie!
Barbarie, es lo que cometieron los grupos de “autodefensas”, conocidos como paramilitares, en alianza con algunos militares, que con motosierras mutilaron en serie a más de 300 personas, y los arrojaron al río en el municipio de Trujillo, Valle.
En Colombia, en el último medio siglo, se ha incubado y desarrollado una cultura de la muerte que arroja miles de muertos, mutilados, secuestrados, mutilados, desaparecidos, desplazados.
Pareciera una región azotada por las siete plagas. Nuestros principales males son males humanos, no son de carencias de la tierra o la geografía. Vamos a describirlas brevemente para tener una ligera idea de lo que pasa en este país y que exige un repensar, un reconstruir, un renacer, pues de seguro con pequeños cambios incrementales, no vamos a salir de este embrollo.
Una sociedad excluyente, donde abundan las inequidades, los abusos y excesos. Un Estado que se construyó con base en guerras entre regiones en el siglo XIX y registra enfrentamientos violentos por la toma del poder, como la de los años 50s del siglo veinte, crearon una cultura de la muerte, el miedo, el terror. Por la fuerza y la amenaza se tomaban tierras, se imponían gobiernos.
A pesar de las enormes riquezas de que disponía esta tierra, la inmensa mayoría de personas, residentes en los campos y veredas, estaban excluidas de la gran mayoría de beneficios de la sociedad urbana. En los años sesenta y a consecuencia de la “Violencia”, se da un masivo desplazamiento a las ciudades, hasta pasar de un país rural, con más del 60% de pobladores que vivían en el campo, a un 70% que ahora vive en los centros urbanos. Desde mitad de los setentas, con una política de financiación de vivienda durante cerca de 25 años se logra formar la clase media, cercana a los 10 millones de habitantes, que antes no existía. En la ciudad las personas se vuelven ciudadanos, sujeto de derechos y obligaciones, con capacidad de exigir respuestas y resultados concretos a sus demandas. A diferencia de quienes vivían sometidos en los campos, como súbditos, sin ninguna clase de derechos.
Las oportunidades se hicieron cada vez más escasas, frente a las expectativas que les presentaba el “espejismo” de la ciudad, como le llamaban los dirigentes que abogaban por el “regreso al campo” como la solución a los males modernos. En esas circunstancias, sumadas al bicentenario abandono de lo rural, se empiezan a cocinar angustias y rabias colectivas. La gente siente que con el trabajo diario, si lo hay, no se puede mantener y menos ascender en la escala socio-económica. Por tanto, piensa que hay que buscar alguna medida, incluso extrema para mejorar.
A esa situación se agrega la impunidad. La gente percibe que el crimen paga. En Colombia es más fácil crear una banda criminal que una pequeña empresa. Y una vez creada, la que está por fuera de la ley fácilmente puede burlar la justicia, en tanto que el que trabaja honestamente es perseguido por un Estado metido y “tragón”, por los criminales de toda suerte que buscan despojarlo y acorralarlo. Se agrega el ejemplo del enriquecimiento rápido e impune de narcotraficantes, contrabandistas, corruptos.
Acaba de terminar una huelga de los funcionarios de la justicia que duró mes y medio. Y la verdad, no pasó nada. El gobierno y algunos sectores estaban alarmados porque muchos criminales estaban siendo liberados por falta de jueces que les resolvieran su situación. De hecho, la policía y los cuerpos de investigación, hace tiempo se vienen quejando que los bandidos son liberados por los jueces por falta de pruebas, pues es muy difícil armar un proceso en medio de un sistema “garantista” que se preocupa más por los derechos y el debido proceso de los incriminados que de las víctimas. En los aberrantes casos de narcotráfico, paramilitarismo, guerrilla y corrupción, los grandes crímenes, los asesinatos masivos permiten a los bandidos purgar penas irrisorias frente a las que se aplican a quienes cometen delitos menores. La llamada justicia de “cuello blanco” es un hecho. Se dijo desde tiempo atrás que la ley es “para los de ruana”, es decir para los pobres. Las otras cinco plagas se alimentan de la falta de oportunidades y de la impunidad.
Narcotráfico y corrupción son dos males que se propagan con volúmenes absolutamente sorprendentes y de dinero. De una parte, el narcotráfico con sus delirantes cantidades de efectivo y su capacidad corruptora puede comprar personas, conciencias, empresas, fallos judiciales, en fin.
El lavado de dinero ha cambiado la forma histórica de generación de riqueza que se conocía. La ecuación era elemental, ganar más de lo que se gastaba, la famosa plusvalía. Para legalizar dinero, que se tasa por volumen, ni siquiera por cifras, hay que gastar y gastar. De tener un contenedor lleno de dólares que no puede gastar, es preferible tener unos millones de pesos blanqueados o lavados, disponibles en el mercado.
Es tal el poder del dinero sucio que a unas gentes equivocadas y con un rígido esquema mental e ideológico, que algunos confundían con Robin Hood, los guerrilleros, les volvió en vulgares traficantes del dolor y la muerte. El peor mal que sufre Colombia es el narcotráfico. Mientras el mercado internacional de los países ricos se alimenta de sus enormes recursos, nosotros sufrimos las peores consecuencias de la enfermedad. Al fin y al cabo en cada escenario hay ganadores y perdedores, y ganan los que están mejor preparados frentre a las circunstancias. Nosotros, pero preparados llevamos la peor parte. Solo notar un estudio que afirmaba que la cadena de sembrado, procesamiento, empaque y despacho que hacen los colombianos, les deja un 14% del precio final de la droga al usuario en las calles de Nueva Cork o Ámsterdam, el resto, el 86% queda para los inversionistas y empresarios de los países ricos.
Ernesto Samper le hizo un enorme mal a su país. El ejemplo “vicario” de un presidente, que como un papá borracho le exige a sus hijos compostura, pone de relieve el que si el presidente hizo lo que hizo y no le pasó nada, cualquiera puede seguir su ejemplo.
Su excusa para que la campaña presidencial recibiera el apoyo del narcotráfico se sintetiza en tres razones, de verdad cínicas. La primera, el cuento que todos estábamos untados, y que por tanto no tenían por qué ser tan rigurosos al juzgar lo que había sucedido. La segunda, que todo lo ocurrido fue a sus espaldas, hecho que ya un cardenal de la Iglesia Católica, describió como el paso de un elefante por la sala de su casa sin que se diera cuenta. El tercer argumento era que desde hacía años atrás, las campañas recibían apoyo del narcotráfico. Es probable que así fuera. Sin embargo, no es igual que se hubieran recibido sumas marginales al costo total de una campaña, versus el financiamiento de más del 80%, pues de una campaña que costó ocho millones de dólares, los narcotraficantes le dieron cinco millones a la campaña de “Samper Presidente”.
La corrupción, metida en todos los sectores, hace agua cualquier presupuesto o forma de negociar en lo público o privado. La corrupción pública se alimenta del despilfarro y el desgreño administrativo. Basta con gastar, que al fin de cuentas, de lo que se roba, se deja un porcentaje para el abogado y si pierde y va a la cárcel, en una corta temporada de tres o cuatro años recobra la libertad y sale rico. Esa es la contabilidad de los corruptos y los bandidos. El crimen paga. Y si es en gran medida, cuanto mejor.
Desde que el presidente Turbay (1978-82) ofreciera reducir la corrupción a sus “justas proporciones”, hasta el periodo Samper (1994-1998) en que su propio Contralor General denunció cifras que significan que en su cuatrienio se robaron el equivalente a una cuarta parte del presupuesto nacional de la época. Claro, como su situación era tan débil, la de Samper, y lo único que le interesaba era terminar a como diera lugar, le entregaba cada entidad al que le pidiera algo, sin autoridad moral para reclamar un mínimo de decencia y compostura frente al erario público. Con razón, al final de su mandato en un reportaje decía que Colombia era ingobernable y que el período no era de cuatro años, pues cada uno equivalía a cuatro.
Pero la corrupción no es solo en el sector público. Cada semana se denuncian casos de constructores de viviendas de interés social que se roban el dinero y dejan las casas sin terminar, bancos que ganan billones de pesos por trimestre mientras la superintendencia les pone pequeñas multas por abusos y excesos. Los ciudadanos que falsean documentos para exigir pensiones distintas. En fin.
Los otros tres males que nos azotan son la guerrilla, el paramilitarismo y la delincuencia organizada por calles y caminos, llamada “común”.
La guerrilla en cincuenta años ha dejado mucho más de 50.000 muertos, mutilados y secuestrados, ha volado pueblos enteros, hospitales, escuelas, iglesias bancos, puentes, torres de energía. Ha sometido al miedo y las amenazas a los labriegos imponiendo su ley del miedo. Ha realizado asesinatos “selectivos” de concejales y alcaldes en los municipios, con tiros de gracia. Ha sembrado caminos y veredas con minas “quiebrapatas”. Ha puesto bombas y explosivos en restaurantes, calles y puentes.
Y se volvió la campeona del secuestro, ese criminal modo de usar a las personas como productos para el chantaje, sometiéndolos a toda clase de humillaciones y torturas. Lo que es peor, todo ello lo hacen en nombre del “pueblo”. Y muchos en Europa y América Latina todavía les consideran salvadores de los pobres de Colombia. Qué ironía.
Al final, en su desespero por mantener un modus vivendi aprendido durante medio siglo, se volvieron terroristas, torturadores, secuestradores, traficantes de armas y de drogas.
Los paramilitares, por su parte, ejércitos privados que se crearon para hacer frente al secuestro y luego a la guerrilla, terminaron copiando las prácticas criminales de los guerrilleros y llevándolas a extremos superiores de ignominia y deshumanización.
Su consigna ya no era solo contener la guerrilla sino masacrar a todo el que tuviera o se sospechara de algún contacto con ella. Cientos y miles de campesinos que por fuerza y ante la falta de presencia del Estado, debían reconocer como la única autoridad en la región a los “muchachos”, como coloquialmente se les llamaba a los guerrilleros y, terminaban conviviendo con ellos, por miedo o lo que fuera. Esos campesinos quedaron entre dos fuegos, la guerrilla y los paramilitares.
Estas fuerzas tenebrosas, en la mitad del tiempo de la guerrilla, mataron de manera macabra a casi 15 mil colombianos, en más de 2.500 masacres. Muchas de ellas se realizaron en connivencia y apoyo con oficiales de las fuerzas militares que habían pasado a la defensiva que, incapaces de contener el avance desmesurado de la narcoguerrilla, encontraban un aliado inmisericorde que les ayudaba a hacer el trabajo sucio.
El gobierno de Pastrana (1998-2002) reconoce la guerrilla como uno de los problemas centrales del país y trata sin éxito de conseguir una negociación hacia la paz, recompone las fuerzas armadas y las pone, de la defensiva, en condiciones ofensivas. La situación empeora, aumentan los secuestros, y un éxodo masivo de personas de clase media, profesionales y pequeños empresarios abandonan el país y viajan a Norteamérica y Europa en busca de una vida tranquila.
Los campesinos ahora quedan entre tres fuegos, guerrilla, paramilitares, fuerzas de seguridad del Estado. Se dispara entonces, sin remedio, el desplazamiento masivo hacia las grandes ciudades.
La última de las plagas que nos afecta, la inseguridad ciudadana. Robos, atracos, asesinatos, estafas, son el pan de cada día. En los últimos años se ha dedicado un gran esfuerzo militar por liquidar la guerrilla, se mantiene la persecución de los narcotraficantes y se ha tratado de neutralizar los paramilitares, sobre todo a base de beneficios judiciales. Las ciudades han quedado en manos de pequeños grupos de policías y alcaldes sin capacidad de enfrentar la inseguridad creciente.
El actual alcalde de Bogotá, Samuel Moreno, en reciente reportaje dice con descaro que es simplemente una percepción y que Bogotá es más segura que muchas otras ciudades de América Latina y el mundo. La única salida ha sido crear y crear empresas de vigilancia privadas, que escasamente cuidan de puertas para adentro. A todos nos da miedo salir a la tienda de la esquina a comprar algo urgente y, mucho más, si es de noche.
Uribe, encontró un clima de descrédito de la guerrilla y las fuerzas armadas en proceso de modernización, usa su discurso de convertirse en el “primer soldado de la patria”, como base de su política de “seguridad democrática” que al fin les pone a los guerrilleros en situación crítica, luego de período y medio de gobierno.
Para ello, el gobierno dedica porcentajes importantes del PIB, y mucho discurso sobre lo social en los “encuentros comunitarios”, reuniones semanales que realiza en cada pueblo de Colombia, en los que regaña ministros y altos funcionarios, como un maestro de escuela, frente a los asistentes y las cámaras de televisión. La gente siente que ha obtenido resultados, que trabajo mucho y que la escucha. Parecieran ser las claves de lo que se llama el efecto “teflón”, el que permite que casi todo lo malo de su gobierno, resbale y no se pegue y que le mantiene los altos e insospechados índices de popularidad.
Pareciera que Uribe está terminando la tarea con la guerrilla, por lo que Colombia, la una y la otra, no lo van a necesitar más. No más reelecciones. Pues, si a dos años de terminar su segundo período ha desbocado ese espíritu pendenciero y regañón, por decir lo menos, que tal dentro de tres años cuando lleve un año de su tercer período. Habrá que “pagar escondenderos a peso”. Ese sería un nuevo problema que no deberíamos dejar avanzar.
Como gran conclusión, podemos decir que nos golpean las siete plagas, como langostas nos carcomen y depredan. Son plagas humanas. Así como durante casi cuarenta años los gobiernos se hicieron los de la vista gorda frente al tema de la guerrilla, aplicaron el “síndrome del avestruz”, como política de gobierno, ahora no se puede seguir con la misma actitud, en relación con los otros problemas y dejar como única regla el “sálvese quien pueda”.
Uno de los desafíos de este país está, prioritariamente, en resolver las graves enfermedades, para construir una sociedad basada en la confianza, el respeto y la tolerancia. Muy seguramente no son solo las medidas de fuerza y el gasto militar las respuestas. Se necesita inteligencia, audacia, sinceridad, educación, justicia, y algo de fe en este pueblo, mucha fe.
P.S. En futuro texto reflexionaré sobre otros cuatro desafíos que le quedan a la Colombia del 2019, además del urgente, la superación de las plagas descritas.
Fuente: Fundación ATLAS
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