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Martin Menem, presidente de la cámara de diputados

Martin Menem, presidente de la cámara de diputados

¿Contra reloj…?

El camino que el Gobierno quiere seguir es el más corto,  como debe ser ante la crisis que hace vulnerable al país,  el diagnostico esta hecho, vemos el apoyo que existe cuando se les pregunta a gente de distintos sectores sociales sobre las medidas que toma el presidente..  El remedio es aceptado con excepción de los resentidos que supeditan el país,  su presente y futuro,  al mezquino interés de su círculo de amigos,  grupitos movidos por complejo de inferioridad a los cuales oímos en estos días vociferar tonterías y agravios en el Congreso, sin olvidar a los que se oponen por intereses personales como los líderes sindicales quienes sufren porque con las reformas se  desnutrirán sus bolsillos.  No se deberían paralizar las soluciones urgentes, es necesario contar con las reformas estructurales cuanto antes,  si se pierde tiempo la presión de la situación económica y social  asfixiante y perturbadora lo  será más aun.  Apremia  poner en marcha al país para mostrar a la sociedad que se va por el buen camino,  de ello  depende la persistencia del gobierno y de las instituciones democráticas, la estabilidad jurídica y la credibilidad en el exterior.  El Gobierno no quiere discutir caprichos personales sino los problemas  que hacen al desarrollo rápido del país, está trabajando con inteligencia,  honestidad,  y patriotismo,  dejando atrás tabúes e ideologismos.

Sentar las bases de una economía ordenada, de una moneda estable, que aliente y favorezca en un clima de estabilidad jurídica inversiones de capitales,  indispensables para equilibrar la producción con el consumo,  es lo correcto. No habrá inversiones de capital extranjero  mientras la economía no de la seguridad de que el capital y las ganancias estarán representados en una moneda no depreciada,  que conserve su valor. Pero,  esto exige tiempo,  mucho más del que se dispone, la solución no consiste solo en un ajuste de nuestras finanzas,  habrá que incrementar nuestras riquezas, de entre las cuales,  las que más pueden darnos rápidamente sustento surgirán del campo y del petróleo. Es patente a esta altura que el factor tiempo es importantísimo, el gobierno lo sabe, el Congreso abarrotado de incapaces, no.

Nada se le puede dar a los trabajadores si no se explotan nuestras riquezas, ésta no es obra de magia, en el proceso de producción tiene tanta importancia el capital como el trabajo, se necesitan mutuamente. No es malo que los trabajadores estén organizados,  lo inconveniente es que haya organizaciones creadas para hacer el mal: se oponen a la propiedad privada, a la iniciativa individual,  y a la esperanza de recompensa, las cuales han sido el motor del progreso humano material, espiritual  y mental.   Los argentinos,  en general,  debido a la socialización autoritaria que tuvieron, sienten como insoportable asumir la responsabilidad de bastarse a sí mismos, deben aprender a no temerle a la libertad ni a tomar la responsabilidad de la propia vida, a soltarse de la mano del Estado y animarse a dejar de ser monigotes de funcionarios planificadores, que anulan  lo inesperado, lo sorprendente, por  el miserable proyecto de la no creación.

Si queremos aprender de los terribles años pasados que dejaron un país arruinado y empobrecido,  debemos dejar de guiarnos por las intenciones de políticos derivadas de la fantasía, cantos de sirena, en vez,  tratar de ver qué relación tienen con la realidad para no caer en el mismo pozo. Por otro lado,  también,  abandonar la utopía de creer que en pocos días el nuevo gobierno traerá el paraíso a la tierra: para arreglar la barahúnda kirchnerista, como sucede con  todos los problemas de la vida humana, se necesita tiempo, sin olvidar que siempre tendrá ineludibles costos.  El Gobierno,  en vez de aullar de espanto ante la adversidad actual,  se ha decidido a enfrentarla creativa y trabajosamente,   la indiferencia o el terror son ineptos para la búsqueda de soluciones y ofrecen un costo muchísimo mayor.  Javier  Milei pretende encarar los desafíos que tiene por delante de la mejor manera posible,  sin predicar las profecías de la utopía como hacia el gobierno anterior,  va en la dirección correcta. No se puede entender una Argentina alejada del proceso de expansión del mundo internacional, el cual  desde el siglo XX hace inútil todo intento de autarquía y nacionalismo económico.

A la sociedad le  corresponde ayudar a vivir en un país mejor,  luchar junto al Gobierno si continua por la misma avenida,   animarlo a triunfar contra los enemigos invisibles y visibles:  el resentimiento que nace de la injusticia y sobretodo de la ignorancia de unos,  quienes nutren doctrinas colectivistas y socialistas y  de otros que sueñan con gobiernos autoritarios. El populismo y el corporativismo conducen a una inevitable concentración de poder, arbitrariedad y corrupción,  toda reducción o eliminación del corporativismo,  como toda privatización o consolidación de la propiedad privada,  disminuirá sus grados y posibilidades. Tantos años de intervencionismo no solo han minado las cabezas de legisladores sino también de algunos sectores donde se les ha aniquilado la individualidad  para convertirlos en masa,  con la consiguiente exterminio de la potencia creadora que solo florece en libertad, desprendida de la tutela del Estado.

Si Javier Milei y su equipo afrontan,  aun perdiendo popularidad,  el problema económico con valor y decisión como hasta ahora, a despecho de opositores interesados en réditos personales o en venganzas inútiles, al fin de la administración serán aplaudidos por la mayoría de la población. Hacen bien en hacerle ver a la gente que no es  solución sacarles a unos para ayudar a otros porque de ese modo solo se redistribuye miseria,  hay que combatir en el Congreso planteos mezquinos como este. Los legisladores cobran salarios altísimos, sin embargo dificultan a sabiendas el drenaje legislativo que necesita el Presidente para cambiar las cosas sin que les importe  que para ello lo votó la mayoría. Debe hacérseles saber  que la gente está esperando angustiada y ansiosa resoluciones de envergadura que la coloquen ante la seguridad de que los hombres que se han elegido para mejorar el destino del país piensen en ello,  en vez  de en una hibrida actividad destinada solo a entorpecer  y dilatar el gran cambio que se precisa. Ojalá  termine  el exagerado verbalismo del nuestros legisladores y se vaya “a los bifes”, como dicen en el campo,  sin dejar de tener presente que hablar de futuro  no es bajar el telón y olvidar lo que hubo detrás, no deben volver a levantarlo para repetir el drama en que nos han sumido los kirchneristas.  Robaron, empobrecieron,   defraudaron y engañaron a los argentinos,  y lo peor,  no solo no hubo arrepentimiento sino que ahora se dedican a tratar de hacerle la vida imposible al nuevo gobierno pretendiendo, lo antes posible,  una nueva función; no apuestan a la reconstrucción del país que incendiaron,  sino al fracaso del Presidente,  con la perversa intención de recuperar sus roles y lograr el permanente propósito: un gobierno autoritario que mantenga al pueblo  obediente y servil.

Por último, tengamos en claro: el futuro de Argentina no dependerá de las “fuerzas productivas” y “las fuerzas de producción”,  como predicaba Marx,  sino  de lo que piense la gente,  porque lo que cuenta son las ideas y  la correspondencia de ellas con respecto de la realidad,  no  los meros deseos, por buenos que estos sean. Es por ello mismo que la democracia es indispensable,  permite  lo esencial: discutirlas.

Elena Valero Narváez. Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia. Miembro del Instituto de Economía  de la Academia de Ciencias. Morales y Políticas. Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas). Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed. Lumiere, 2006).

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