La expansión de China es, sobre todo, de carácter económico y busca fomentar vínculos de este tipo, sin enfrentarse con Estados Unidos.
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Martes, 21 de julio 2026

La expansión de China es, sobre todo, de carácter económico y busca fomentar vínculos de este tipo, sin enfrentarse con Estados Unidos.
La Cumbre EE.UU.-China de los pasados 7 y 8 de junio, celebrada en Sunnylands, una mansión privada cerca de Palm Springs (California), se ha caracterizado por un clima distendido, asociado a una “diplomacia en mangas de camisa”, que valora la repercusión mediática de las imágenes de los dos líderes, Obama y Xi Jinping, El presidente americano dio la bienvenida al ascenso pacífico de China como potencia mundial y reiteró que una China estable y próspera no solo es bueno para el propio país sino también para EE.UU.. Por su parte, Xi, mucho más comedido, se refirió a los objetivos comunes del crecimiento y la estabilidad económica mundial.
La cumbre parece ser el preludio para otras posteriores, con independencia de sus resultados tangibles plasmados en una declaración que habla de objetivos comunes al tiempo que resalta las diferencias. China suele poner énfasis en los principios generales de la relación y se fija menos en los detalles concretos. Por el contrario, EE.UU. hace hincapié en asuntos específicos, entre otros, la detención del programa nuclear de Irán y del desafío de Corea del Norte, la lucha contra el cambio climático, el respeto de los chinos por los derechos humanos y la propiedad intelectual, los ataques en el ciberespacio…
La respuesta china a los reproches americanos suele ser que Washington practica de forma hipócrita los mismos comportamientos. Pese a todo, lo importante en las relaciones entre las dos superpotencias es la existencia de un cauce de diálogo permanente para evitar los malentendidos y disminuir las suspicacias. Esto es una necesidad desde los tiempos del historiador Tucídides, que ya se refería a los efectos del miedo, como el de Esparta ante la hegemonía de Atenas que llevó a las guerras del Peloponeso.
La visión china del mundo hace que Pekín tenga pocos aliados
Pocos aliados con China
Resulta prematuro hablar de un G-2 entre EE.UU. y China, pues la desconfianza mutua es una realidad. Fareed Zakaria, un analista influyente en la Administración Obama, aunque reconoce que el país asiático es una gran potencia (Washington Post, 5-6-2013), advierte que si quiere ser una superpotencia del siglo XXI, debe adoptar los estándares propios de la misma y no aferrarse a prácticas exteriores de la época del mercantilismo, por su afán en la búsqueda de materias primas y fuentes de energía en todos los continentes.
El pragmatismo chino en política exterior es muy apreciado por algunos países porque no hacen preguntas sobre la democracia y los derechos humanos, lo que sí suelen plantear EE.UU. y la UE. Pero la visión china del mundo hace que Pekín, pese a su proyección económica global, tenga pocos aliados. Ni siquiera países como Corea del Norte, Pakistán o Rusia, podrían considerarse como aliados estables del coloso chino. La actitud china la entiende bien Lee Kuan Yew, el ex primer ministro de Singapur y artífice de la independencia de su país: China aspira a ser por sí misma una gran potencia y no desea que le concedan el rango de miembro honorario de Occidente.
Es cierto que Xi Jinping es más afable que su antecesor, Hu Jintao, pero esto no cambiará sus objetivos políticos. ¿Qué significa “el sueño chino” del que Xi habló en su toma de posesión como presidente? ¿Significa una sociedad más abierta y comprometida con el resto del mundo, o simplemente es el anuncio de un escenario de rivalidad entre la nueva potencia emergente y la potencia establecida? En cualquier caso, Xi busca tranquilizar e insiste en que China está poniendo en marcha un camino pacífico hacia el desarrollo, lo que supondrá una continuidad en las reformas.
En los cálculos chinos no figura un enfrentamiento directo con los americanos por el control de Asia Oriental
EE.UU., potencia del Pacífico
Para hacer hincapié en que no es conservador, los biógrafos del líder chino destacan las penalidades que tuvo que sufrir durante la revolución cultural, en la que su familia también fue perseguida. Hay que recordar además que el primer ministro, Li Keqiang, figuraba, hace casi un cuarto de siglo, entre los dirigentes comunistas que propugnaban una mayor liberalización del sistema hasta que se produjo la masacre de Tiananmen. Sin embargo, el actual poder chino no apostará por ningún tipo de liberalización.
Wu Wei, un antiguo colaborador de Zhao Ziyang, el primer ministro caído en desgracia tras la represión del movimiento estudiantil, recordaba que nadie llega a la cúspide del poder si es sospechoso de herejías ideológicas y que el sistema cambia a la gente, hasta el punto de que defender la continuidad del partido es defenderse a sí mismo (The New York Times, 3-6-2013). No se llega a la cúspide del poder bajo sospecha de profesar herejías ideológicas. A este respecto, cuando Xi visitó el sur de China en su primer viaje como líder del país, insistió en la necesidad de salvaguardar la herencia del partido y recordó el ejemplo de la desintegración de la URSS. No esperemos cambios sustanciales ni en la política interna ni en la exterior.
En los últimos años se ha hablado mucho del estatus de EE.UU. como potencia del Pacífico, para lo que el poder naval resulta indispensable, y de esa constelación de pactos estratégicos con países que circundan China. Sin embargo, hay expertos sinólogos como Robert S. Ross que ponen en duda su eficacia. Este autor no considera vital para la seguridad americana el incremento de su presencia militar en Asia, que conlleva el peligro de que Washington se implique en las disputas marítimas entre China y sus vecinos, con los riesgos del nacionalismo ascendente que se observa en Japón, Filipinas y Vietnam. Ross propugna, en consecuencia, la cooperación y no una estrategia de contención hacia China, aunque la Administración Obama parece haber cultivado ambas facetas en los últimos años. De hecho, Washington aspira a desplegar en el Pacífico para 2020 el 60% de los efectivos navales americanos.
La principal baza de China es la del diálogo bilateral con sus vecinos, y no con las organizaciones regionales en que están representados
Área de libre comercio en el Pacífico
Pero los acontecimientos en la región no se desarrollan solo al compás de maniobras navales. Los acuerdos económicos y comerciales juegan un destacado papel en la era de la globalización. El presidente Obama quiere dar un gran impulso al Trans-Pacific Partnership (TPP), un área de libre comercio que uniría a países ribereños del Pacífico como Australia, Brunei, Chile, Malasia, Nueva Zelanda, Perú, y Singapur, además de a Canadá y México, que forman parte del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), junto con EE.UU.. El libre comercio, impulsado a través del TPP, adquiere un papel geopolítico trascendental, que se vería aún más incrementado si contara entre sus adherentes a Corea del Sur y Japón.
Con todo, existe un inconveniente para el avance del TPP en el espacio asiático: la competencia que puede entablarse con el Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), el proyecto de las diez naciones del sureste asiático que integran la ASEAN, al que se asociarían otros seis Estados como Japón, China, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda e India, y que fue presentado en la cumbre de Phnom Penh en noviembre de 2012. Por lo demás, la principal baza de China es la del diálogo bilateral con sus vecinos, y no con las organizaciones regionales en que están representados. La Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) nunca será un bloque político-económico que tenga una sola voz frente a China, pues algunos de sus miembros como Laos y Camboya son muy dependientes de Pekín.
Subir sin enfrentamientos
Por mucho que EE.UU. construya alianzas militares o económicas en la región del Pacífico, en los cálculos chinos no figura un enfrentamiento directo con los americanos por el control de Asia Oriental. Su expansión es, sobre todo, de carácter económico y busca fomentar vínculos de este tipo, sin olvidar que ofrece a sus vecinos la atractiva baza de un mercado de 1300 millones de consumidores. El comercio es el instrumento de China para lograr al mismo tiempo la hegemonía y la paz. En términos de poder, el factor clave es el PNB, y no tanto la tecnología militar.
Los soviéticos ya cometieron el error de dar preferencia a la industria de armamentos sobre la tecnología civil. Por tanto, la diplomacia china seguirá siendo cautelosa y comedida en cualquier parte del mundo. Su objetivo, nada sencillo, es no despertar suspicacias y como recuerda el analista estratégico Wang Jisi, ha sustituido el eslogan de “ascenso pacífico” por el de “desarrollo pacífico”, como si quisiera tranquilizar sobre la categoría de sus ambiciones.
Este mismo planteamiento conlleva no emplear una actitud asertiva en su política exterior respecto a EE.UU.. El orgullo nacionalista se despliega para el consumo interno, pero nunca formando coaliciones diplomáticas antiamericanas como han hecho Irán o Venezuela. Desafiar a quien es económica y tecnológicamente superior solo perjudicará el ascenso pacífico de China. Se diría que los chinos tienen en cuenta las lecciones de la Historia, del fracaso de Alemania y Japón al desafiar el orden existente en la escena internacional. De ahí que las relaciones China-EE.UU. estén marcadas por el doble prisma de la cooperación y la competición.
Antonio R. Rubio es
autor del blog Política Exterior, teatro de sombras
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