América, Política

El debate de la política exterior entre Obama y Romney

Al igual que sucediera en 2008, Obama está ganando la batalla de la imagen en política exterior

El discurso del presidente Obama ante la Asamblea General de la ONU, el pasado 25 de septiembre, ha tenido un marcado tinte electoralista, al estar destinado a defender su política exterior. Afirmó, entre otras cosas, el apoyo a las “fuerzas del cambio” en Túnez, Libia y Egipto; el final de la guerra de Irak; la retirada extranjera de Afganistán para finales de 2014; la eliminación de Osama bin Laden y el acuerdo con Rusia para frenar la proliferación de armas nucleares. Tampoco desaprovechó el mandatario americano la ocasión de mostrarse firme contra Irán, subrayando que “hará lo que deba de hacer” para evitar que tenga armas nucleares y que el tiempo de las iniciativas diplomáticas no es ilimitado.

Después de este discurso, se puede confirmar que Obama está sobrepasando al candidato republicano Mitt Romney en asuntos de política exterior, no tanto por la relación de éxitos, que serían discutibles, sino porque ha consolidado su estrategia de combinar el pragmatismo con un retórica idealista que hace hincapié en la defensa de la democracia y los derechos humanos.

Medidas blandas y duras

Sin embargo, ese idealismo está lejos de servir de fundamento a cruzadas ideológicas en defensa de la democracia. No es un discurso que habla de establecer “cabezas de puentes democráticas” en el escenario geopolítico, con o sin uso de la fuerza. Pero tampoco es el mensaje de Carter, aquel presidente demócrata que hablaba continuamente de derechos humanos y no podía evitar que el mundo, y sus propios conciudadanos, le tacharan de idealista o de misionero, cuando no de débil ante las crisis exteriores.

El discurso de Obama es otro ejemplo más de la smart diplomacy de la que el presidente hace gala, una combinación de medios diplomáticos (soft power) con la voluntad de utilizar los medios militares (hard power) en nombre de la seguridad nacional de EEUU, y que no necesariamente ha de ajustarse a reglas estrictas derivadas de la limitación del uso de la fuerza, presentes en la Carta de las Naciones Unidas. El presidente tiene la última palabra a la hora de autorizar, por ejemplo, vuelos no tripulados que ataquen a organizaciones islamistas enemigas o para desencadenar ataques cibernéticos obstaculizadores del desarrollo del programa nuclear de Irán.

La hábil combinación de medidas blandas y duras ha servido a Obama para arrebatar a los republicanos esa especie de monopolio de los temas de la seguridad nacional que tenían desde hace décadas. El presidente ha evolucionado muy deprisa desde sus años de senador y de candidato a la Casa Blanca, un tiempo en el que hasta Hillary Clinton, su oponente en la lucha por la candidatura demócrata, llegó a cuestionar la capacidad de Obama de usar el hard power en caso de crisis, además de no tener ninguna experiencia en política exterior.

Obama gana la batalla de la imagen

Sin embargo, a Obama no le tembló el pulso para localizar y eliminar a Bin Laden. En cambio, se mostró cauteloso ante los acontecimientos de la Primavera Árabe, prefirió dejar a Francia y Gran Bretaña la iniciativa en la guerra de Libia, y se resistió a dejarse de llevar por el clamor por una intervención “humanitaria” ante las atrocidades del régimen de Asad en Siria. No ha sido tanto una cuestión de temor, como alegarían sus adversarios, sino la expresión de un pragmatismo que analiza costes y beneficios, y que tiene demasiado en cuenta el pesado fardo, sobre la economía y la opinión pública, de las intervenciones militares en Afganistán e Irak.

Al igual que sucediera en 2008, Obama está ganando la batalla de la imagen en política exterior. Mucha gente, sobre todo en Europa, no lo contempla como un pragmático calculador sino como un idealista. En cualquier caso mucho mejor en sus acciones y propósitos que un candidato republicano, tachado de belicista por aquellos que siguen teniendo muy presente el recuerdo de los primeros años de George W. Bush. Estos olvidan que aquel presidente republicano se ajustó a posturas diplomáticas más templadas con la presencia de Condoleezza Rice en la secretaría de Estado durante su segundo mandato.

Pero Bush, y ahora el aspirante Romney, están atrapados en la tópica imagen del cowboy global, argumento esgrimido por el propio Obama frente a su rival republicano, que le había acusado de mantener una postura débil tras el asesinato del embajador americano en Libia.

Éxitos cuestionables

En realidad, muchos de los éxitos de la diplomacia de Obama serían cuestionables. Citemos algunos ejemplos. Pakistán no termina de estabilizarse y existe el riesgo de anarquía en una potencia nuclear, si bien un golpe militar, como en otras épocas de su historia, no sería ahora la solución y conduciría al país a un punto muerto. Obama tampoco ha convencido a China para moderar sus prácticas comerciales y respetar la propiedad intelectual, ni el gigante asiático ha dado muestras de querer incorporarse al club de las grandes potencias, donde caben actuaciones coordinadas, pues sigue dando preferencia a las relaciones bilaterales en defensa de sus intereses.

El presidente además ha decepcionado en el mundo musulmán, al dar la imagen de mantenerse a la expectativa en los acontecimientos de la Primavera Árabe. Se ha visto obligado a abandonar a algunos de sus aliados, como en los casos de Túnez y Egipto, pero no ha hecho otro tanto con Arabia Saudí y otras monarquías petroleras del Golfo Pérsico, donde pesan más los intereses energéticos y la presencia de bases militares. Corea del Norte no ha puesto fin a sus habituales prácticas de chantaje nuclear, y será difícil en el futuro porque China seguirá preservando al viejo régimen comunista, única garantía de que la península no se reunificará y quedará bajo la influencia de Washington.

Es evidente que Obama no ha frenado los designios nucleares de Irán, e incluso se diría que, tarde o temprano, terminará por aceptar implícitamente las nuevas realidades, tal y como se desprende de la distinción que hace poco hiciera entre la capacidad nuclear en sí misma y la capacidad para fabricar armas nucleares. ¿Y qué decir de las relaciones con Rusia, supuestamente marcadas por un nuevo comienzo al asumir Obama la presidencia? Hay quien asegura que EEUU pecó de confiado con el presidente Medvedev, que finalmente sería sustituido por Putin, con su habitual retórica de soberanismo y antiamericanismo.

Pero quizás el mayor fracaso de Obama sea no haber logrado un acuerdo entre palestinos e israelíes. No era sencillo alcanzarlo con unos líderes palestinos marcados por la división territorial de Gaza y Cisjordania, pero menos todavía con un primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, con el que Obama no ha podido entenderse. En realidad, los cambios vertiginosos en Oriente Medio han puesto en segundo plano el viejo conflicto, y ninguno de sus protagonistas está interesado en adoptar resoluciones concretas en el contexto de un panorama geopolítico marcado por la incertidumbre.

Romney y el excepcionalismo americano

Pese a la smart diplomacy de Obama, Romney sigue presentándose como el candidato defensor del excepcionalismo americano en política exterior, que tradicionalmente daba a EEUU la categoría de país líder del mundo libre. A este mensaje le hubiera convenido la asimilación de Obama con Carter, en la línea de la campaña de Reagan de 1980, cuando el aspirante republicano utilizó el prolongado cautiverio de los rehenes de la embajada en Teherán como el principal argumento para criticar al presidente. Romney no parece haber podido convencer a muchos electores de que el asesinato del embajador americano en Libia es un hecho semejante. Ha triunfado una vez más la imagen del “belicista” que se contrapone al “americano tranquilo”, el presidente Obama.

Pese a todo, Romney sigue manteniendo el mensaje de que Obama ha decepcionado a los aliados de EEUU como Gran Bretaña, Israel o Polonia, países a los que el candidato republicano viajó este verano como parte de su campaña electoral. Aquel periplo se caracterizó por algunos mensajes poco afortunados de Romney con los medios de comunicación y con políticos locales. Sin embargo, estos aliados se caracterizan por una flexibilidad que no los hace completamente dependientes de Washington, y Polonia es el caso más significativo, pues aspira a jugar un papel relevante en la UE y en su espacio geopolítico próximo.

Indefinición del aspirante

Quizás el principal defecto de la campaña de Romney en política exterior es su indefinición. No apuesta claramente por el retorno de los neoconservadores de la era Bush, aunque en su equipo figuren nombres de entonces como Robert Kagan, John Lehman y Dan Senor; pero tampoco ha podido convencer de que él representaría el triunfo del realismo en política exterior, en la tradición del partido republicano personificada por secretarios de Estado como Foster Dulles, Schultz o Baker.

La batalla del realismo la ha ganado con creces Obama.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú