Gustavo de Arístegui San Román
El siglo XXI comienza condicionado por problemas que no fuimos capaces de resolver en el siglo XX. Si no los resolvemos de forma integral, la historia nos ha enseñado que acabarán reproduciéndose con mayor virulencia y gravedad.
Los nuevos actores internacionales
Para poder realizar un análisis mínimamente riguroso, es preciso comprender que los lastres, desequilibrios, y problemas irresueltos del siglo pasado, han provocado otros nuevos, han agravado no pocos de los viejos y todo esto aderezado por un escenario internacional en el que han surgido con gran fuerza nuevos actores no estatales. Las multinacionales y su protagonismo económico, y en consecuencia político, el prestigio de algunos líderes religiosos, la influencia social de algunas estrellas del deporte, la música y el cine, sin olvidar el protagonismo social creciente de las ONG, han hecho variar tanto el panorama, que si estos factores no fuesen tenidos en cuenta, las conclusiones serían inevitablemente erróneas.
El inicio del siglo XXI está siendo marcado por la globalización del terrorismo, circunstancia que está condicionando el planteamiento, análisis y solución de los otros muchos retos, desafíos y amenazas, a los que habrá de enfrentarse la democracia y la libertad, en este siglo que comienza.
La Guerra Fría instaló en las mentes de casi todos los hombres la idea de que un conflicto entre los dos bloques era inevitable. Muchos políticos, analistas y periodistas nacieron, se desarrollaron y produjeron intelectualmente bajo la sombra de la tensión Este/Oeste. La confrontación entre bloques tiñó el análisis y deformó los conflictos que, con independencia de sus verdaderas causas y naturaleza, se convirtieron en meros apéndices del conflicto que dominó la Historia de la Humanidad durante 44 años. En ese sentido, conflictos fronterizos, étnicos, religiosos, coloniales o neocoloniales, históricos o económicos, se convirtieron en una expresión más de la guerra fría. Otros, por el contrario, nacieron claramente como consecuencia de la tensión Este/Oeste y de la fuerte confrontación ideológica y estratégica que ésta llevaba aparejada. Así, el tablero geoestratégico mundial se convirtió en una prolongación de la guerra fría, los grandes luchaban por conflictos interpuestos.
La caída del muro de Berlín en octubre de 1989 supuso un hito histórico que sin embargo dio inicio a una etapa de exceso de confianza y de irresponsable complacencia por parte de Occidente. El mundo libre, Europa, Estados Unidos y otras democracias, pensaron de forma más bien frívola, que habían ganado la Guerra Fría. Dormimos una plácida y, como se demostraría trágicamente, temeraria siesta entre 1989 y septiembre de 2001.
Este exceso de confianza nos llevó a ignorar factores esenciales que estaban en la base del nacimiento o enquistamiento de graves problemas de la humanidad. Occidente hizo oídos sordos a señales muy claras de cambios profundos que se estaban operando a lo largo y ancho del mundo. La evolución no siempre producía efectos positivos, a la globalización de los mercados se unió la del terrorismo, la inestabilidad y el alcance mundial de las ideologías fanáticas, que encontraron nuevas facilidades con el avance espectacular y abaratamiento de los sistemas de comunicación y un mundo sin fronteras informativas.
Los más viejos y feroces enemigos de la democracia se adaptaban para ser más mortíferos. Algunos de los más graves problemas a los que se enfrenta el mundo hoy se desarrollaron frente a todos sin que muchas veces nos diéramos cuenta, y si alguno de éstos era detectado, no conseguíamos entenderlos en toda su dimensión. Sólo algunas mentes muy lúcidas y algunas organizaciones como al OTAN, a la que algunos han puesto en cuestión, se anticiparon a su tiempo. La Cumbre de la Alianza Atlántica celebrada en Washington en abril de 1999 reflejó con claridad en sus conclusiones, que el terrorismo, la proliferación o el crimen organizado, estarían entre los mayores riegos a los que la democracia y la libertad habrían de enfrentarse a lo largo de este Siglo XXI.
Las circunstancias del mundo en el que vivimos se modifican de forma constante por lo que la Política Exterior de Seguridad y Defensa de las democracias más avanzadas, deben ser flexibles para evolucionar, y adaptarse a las nuevas realidades estratégicas, sin que eso suponga la renuncia a los principios básicos, sus prioridades históricas o de intereses, en los que se fundamentan sus ejes fundamentales.
Una de estas nuevas circunstancias es que, por medio de un análisis riguroso de los conflictos de los últimos 60 años, nos revela una conclusión tan sorprendente como inquietante. Hasta 1980 en más del 70% de los conflictos la superioridad militar y la potencia de fuego garantizaban la victoria. Desde 1980 se invierte la tendencia y en más del 50% de los casos estudiados, era el contendiente más débil el que se imponía. Los nuevos riesgos son globales, pero no son omnicomprensivos, de ahí que convenga guardar la cabeza fría ante las amenazas, para no permitir que consigan uno de sus objetivos más importantes: la extensión del miedo a través de la obsesión por el terrorismo. Existe un riesgo cierto de que se instale en las opiniones públicas de las democracias más avanzadas, una suerte de psicosis colectiva, que puede acabar minando las bases esenciales de nuestra convivencia.
Los ideólogos del terrorismo llaman eufemísticamente a sus delitos, guerra asimétrica, que no es otra cosa que la justificación de la barbarie para la consecución de objetivos supuestamente lícitos, contra enemigos mucho más poderosos. Pero centrarnos exclusivamente en los riesgos más visibles, ignorando sus causas, olvidando los derechos humanos, la democracia y la libertad como objetivos esenciales, sin proponer soluciones ni alternativas, es una receta segura para el fracaso. Hay que analizar, y en consecuencia actuar siempre de acuerdo con una planificación flexible, con perspectiva, con profundidad y largo alcance estratégico, pero siempre desde de la coherencia con los principios democráticos básicos del Estado de Derecho. El más obvio de esos nuevos riesgos es el del nuevo terrorismo que más que nuevo es el resultado de una mutación constante de uno de los más viejos enemigos de la democracia y la libertad.
El terrorismo clásico era ideológico, estaba organizado piramidalmente, tenía un liderazgo paramilitar, intentaba provocar la desestabilización ideológica y en no pocas ocasiones estaba vinculado a la guerra fría. Sin embargo, también el terrorismo clásico ha tratado de adaptarse a los nuevos tiempos para sobrevivir. El terrorismo busca los resquicios del Estado de Derecho y se aprovecha de las oportunidades de la globalización para ser más eficaz y mortífero.
Por otra parte el nuevo terrorismo es ideológico-religioso, o si se quiere, de inestabilidad y dominio geoestratégico con cobertura o excusa religiosa. El fundamento de su liderazgo es “espiritual”, goza de fuentes más diversificadas de financiación, tiene mayor flexibilidad operativa, fomenta formas temerarias de actuación, incluidos los ataques suicidas, y ha adquirido como pocas veces antes en la historia de la humanidad, una profunda y preocupante capacidad de desestabilización. La proliferación de armas no convencionales (eso que casi nadie se atreve a llamar ya, armas de destrucción masiva) es un riesgo real al que nos enfrentamos, puesto que la desaparición de la guerra fría, una vez más, convirtió en obsoleta la doctrina de la disuasión por la destrucción mutua asegurada (MAD). Y esto es así ya que a escala regional y en conflictos limitados, el uso de armas químicas, bacteriológicas o de armamento nuclear táctico hace asumible el riesgo de un primer ataque por parte de algunos de los estados más agresivos.
La disuasión armada es imposible en los muchos focos de tensión que hay hoy en el mundo, pero muy especialmente en Oriente Medio. Sin embargo el mayor riesgo real es la posible combinación entre el terrorismo y las armas no convencionales. Un ataque químico, bacteriológico o nuclear táctico, en un puerto, aeropuerto o en el centro urbano de alguna ciudad, tendría implicaciones catastróficas para nuestra civilización. Afectaría de forma grave al comercio mundial, a los viajes, al turismo, y a un principio fundamental de la economía como es la confianza. Algunos estados criminales pueden haberse convertido en los nuevos supermercados de armas de alto poder destructivo para grupos terroristas. Nada de esto es ciencia-ficción: bajo la autoridad del comité militar de Al-Q´aeda existe un grupo de expertos dedicados a intentar procurarse de armas no convencionales. Mucho se ha hablado de los estados fallidos y de los estados criminales, que son realidades bien distintas a las que con demasiada frecuencia se confunde. Ambos son amenazas para la paz y la estabilidad del mundo, pero por razones bien distintas. Los estados fallidos carecen de cohesión interna, de solidez institucional, y generalmente son dictaduras o gobiernos débiles, todo lo cual les convierte en víctimas perfectas para los señores de la guerra sin escrúpulos, grupos terroristas, de vecinos ambiciosos o de todo a la vez. Los estados criminales son terribles dictaduras, estados policiales que ejercen un feroz y férreo control y represión sobre su población. Son regímenes agresivos y expansivos, que muestran una preocupante y constante propensión al armamentismo y que suponen un riesgo para su población, sus vecinos, la estabilidad de sus regiones y puesto que suelen estar en las zonas más delicadas y convulsas del Planeta, suponen también un serio riesgo para el Mundo entero. El estado criminal acaba convirtiéndose en un estado terrorista y el estado fallido en un instrumento en las manos de los terroristas, el caso más claro de esto último, lo constituye el depuesto régimen talibán de Afganistán. Cuando se habla de crimen organizado, pocas veces se entiende las profundas implicaciones políticas que su actividad criminal estructurada puede llegar a tener.
Éste es un fenómeno que ha evolucionado de forma espeluznante en los últimos 50 años. Los sindicatos del crimen se han sofisticado, recurren a los mejores servicios jurídicos y contables que el dinero puede pagar, así como a la ingeniería financiera de última generación. Algunos son pequeños y eficientes, otros son grandes y organizados en red, muy al estilo de las más peligrosas organizaciones terroristas. El blanqueo de dinero, las fuentes de financiación alternativas, o el camuflaje crecientemente eficaz de sus actividades ilícitas, hacen que los sindicatos del crimen sean cada vez más peligrosos. Tanto el crimen organizado como el terrorismo necesitan de ingentes cantidades de dinero para poder seguir existiendo. En este sentido, tanto los unos como los otros se dedican al tráfico de drogas, al tráfico de armas, convencionales o no, al tráfico de seres humanos y la explotación sexual, al fraude y estafa a gran escala, al blanqueo de capitales a través de la ingeniería financiera de última generación, y al robo y extorsión organizadas. La interrelación entre uno o varios de estos elementos es y seguirá siendo durante mucho tiempo, una auténtica pesadilla para los gobiernos democráticos. El acercamiento y el acuerdo táctico, que en ocasiones llega a ser incluso estratégico, entre estados criminales y fallidos, de una parte y grupos terroristas y organizaciones criminales de otra, es uno de los desafíos más graves a los que se puede enfrentar nuestra civilización en los próximos 50 años. Pero el mundo se enfrenta a problemas y amenazas quizá más sutiles, menos visibles en los titulares de la prensa y de consecuencias que pueden ser igualmente desastrosas.
La inestabilidad geopolítica y geoestratégica del mundo no sólo es uno de los objetivos de estados criminales y grupos terroristas, es la consecuencia directa de la pobreza y las desigualdades, del auge de las ideologías totalitarias, opresivas, fanáticas, tiránicas, violentas y radicales. Las enormes diferencias de renta entre países fronterizos, son un factor capaz de generar fortísimas tensiones. Desde la oposición se habla de la necesidad de abordar ese problema a través de la creación de un Tratado de Libre Comercio en el Mediterráneo. Es cierto que las diferencias de renta entre México y los Estados Unidos se redujeron sustancialmente como consecuencia del ALCA y las “maquilas” de 10 a 1 hasta 4 a 1. En nuestro ámbito, el Mediterráneo, las diferencias de renta oscilan entre 10 a 1 y 15 a 1. Sin embargo, para lograr atajar ese problema es indispensable consolidar el Estado de Derecho, y crear un ambiente favorable a la inversión y aunque se han producido avances notables en el Magreb, aún queda un trecho que recorrer para lograr que se consolide el ciclo de la prosperidad en esa región. El Estado de Derecho, el imperio de la ley, el Poder Judicial independiente y una Legislación que proteja las inversiones, son elementos esenciales para atraerlas. Todo esto tiene un alto precio económico. Los atentados del 11 de Septiembre afectaron gravemente al transporte aéreo y a la industria del turismo, pero muy especialmente la de los países de Oriente Medio y del Mediterráneo, para los que los ingresos por ese concepto representan una proporción vital de sus Productos Interiores Brutos (PIB). En ocasiones son el turismo y la economía el principal objetivo de los grupos terroristas, como ocurrió en Egipto, cuando Gama´a Islamiya y la Yihad Islámica egipcia emprendieron una brutal campaña contra los turistas extranjeros en ese país. En otras, son consecuencias indirectas pero que acaban teniendo un impacto mayor que ningún otro tipo de crisis económica conocida. El ejemplo más claro de esto es la economía israelí que tras el recrudecimiento de la campaña de atentados suicidas por parte de Hamas y Yihad Islámica Palestina y Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, pasó de un crecimiento económico cercano al 7% a un crecimiento negativo cercano al 7%. Es decir una pérdida del 15% real del PIB de un año para otro. Hemos mencionado el riesgo que corren el comercio, el turismo y en definitiva la economía mundial, si llega a producirse un atentado con armamento no convencional en Puertos o Aeropuertos. Correríamos el riesgo cierto de volver a instaurar rígidos requisitos para viajar, y las restricciones sobre el comercio internacional y tráfico de contenedores ahogarían a la economía mundial. Sería un paso atrás, una vuelta a la autarquía y una regresión en el progreso de la humanidad. Una de las novedades más preocupantes de este panorama, es el riesgo existencial que estas nuevas amenazas y desafíos suponen para las democracias y para nuestros sistemas de convivencia en libertad.
El aumento exponencial del potencial destructivo, ha provocado también un incremento igual en la capacidad de desestabilización que aún no ha sido calibrada y que si no es abordada de forma multidimensional podría provocar el agravamiento de tensiones existentes, la profundización de ciertos conflictos e incluso la caída de algún gobierno en manos de regímenes radicales. Autores como Ian Lesser o Bruce Hofman, definieron en 1998 el concepto de riesgo existencial. Ambos autores advertían que la percepción colectiva de ese riesgo era distinta en función de los países.
Esta circunstancia se ha puesto dramáticamente de manifiesto en la reciente crisis y Guerra de Iraq. Paradójicamente antes del 11 de Septiembre éramos los europeos los que teníamos una sensación más intensa de riesgo terrorista. Hoy son los estadounidenses los que señalan que los europeos no comprendemos la verdadera dimensión de estos riesgos. Antonio Muñoz Molina, lo dijo muy lúcidamente en la presentación del último y excelente libro de J. Mª. Calleja “Héroes a su pesar”, y parafraseo: “el terrorismo es una cuestión de perspectiva, si está lejos, lo llaman guerrilla, violencia o conflicto, si se ve cerca, es terrorismo”. El riesgo existencial era evidente y visible para unos pocos países antes del 11 de Septiembre. Lamentablemente otros muchos tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta que ese no era un problema privativo o exclusivo de unos pocos países. Hoy debemos aceptar que afecta a todas las democracias. A medida que nuestra eficacia aumente, también disiparemos el riesgo existencial, siempre que se haga exclusivamente por medios democráticos. El crimen organizado desea notoriedad sin fama, porque sólo haciendo sentir su amenaza es económicamente rentable en sus empresas delictivas. El terrorismo necesita, además, de la exposición pública, de la propaganda, estar presente en los medios de comunicación. La amenaza del uso de la violencia, la comisión de atentados selectivos o indiscriminados, tienen como fin extender el terror, y forzar el desistimiento y la claudicación de las sociedades democráticas y de sus gobiernos. Se trata de sojuzgar y someter a la mayoría democrática por medio del terror. La cooperación entre democracias para crear las condiciones más favorables para el fomento y consolidación de la democracia y del más escrupuloso respeto a los derechos humanos, no es, en modo alguno imposible, y por difícil que parezca a priori, es un objetivo esencial para lograr que la estabilidad política arraigue en las regiones más problemáticas, contribuyendo, así, a cerrar las espitas de la incertidumbre, la pobreza, la desesperación y del odio que alimentan al terrorismo y a la inestabilidad. Los instrumentos para articular estas alianzas ya existen, son plenamente operativos y han dado excelentes resultados a lo largo de las últimas cinco décadas. En nuestro continente la Unión Europea ha sido y lo será más aún en el futuro, un elemento central para reforzar la estrecha cooperación entre nuestras democracias en la lucha contra estos riesgos y para diferir, disipar y prevenir nuestras consecuencias.