Gustavo de Arístegui San Román
En el ámbito Europeo, algunas de las inspiraciones de políticos españoles como la necesidad de que los terroristas que fuesen capturados en cualquier país europeo, fuesen puestos a disposición de la justicia del país en el que se hubiese cometido el delito más grave. Se han convertido en realidades tangibles que supusieron un hito en la construcción del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia. Desde que Jaime Mayor Oreja hiciese este comentario en el Primer Consejo de Ministros de Justicia e Interior al que acudió como titular de esa Cartera, en Luxemburgo en mayo de 1996, y con el decidido impulso de Mariano Rajoy y de Ángel Acebes, la orden Europea de detención y entrega se hizo realidad. El espacio de libertad, seguridad y justicia que estamos construyendo los europeos entre todos, será sin duda uno de los instrumentos más eficaces para garantizar la libertad y la seguridad de todos los europeos.
En el ámbito multilateral que es, muchas veces, el gran olvidado en la cooperación internacional en la lucha contra el terrorismo, requiere de un renovado impulso para que los países que no forman parte de organizaciones supranacionales regionales, como la UE, tengan también instrumentos internacionales adecuados con los que defenderse de estas lacras. Durante décadas, los estados miembros de las Naciones Unidas fueron incapaces de aprobar Convenciones que definiesen el terrorismo y regulasen la lucha contra ese fenómeno. Las interminables discusiones de Convenciones sobre el terrorismo no solían pasar del artículo primero, es decir la definición de terrorismo y de acto terrorista. Después de los terribles atentados del 11 de Septiembre el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó las Resoluciones 1368 y 1373 de septiembre de ese mismo año. El Comité antiterrorista del Consejo de Seguridad, que preside en la actualidad España, es un instrumento al que sólo recientemente se ha dotado del protagonismo político deseable.
Una especial mención merece el capítulo de la financiación del terrorismo y del crimen organizado. Ambos fenómenos, además de cometer los delitos más lucrativos para financiarse, han contado, y es más que probable que sigan contando en el futuro, con el apoyo y la financiación de estados fallidos y criminales. La ingeniería financiera de última generación consigue borrar eficazmente las huellas que el blanqueo de dinero y el dinero de procedencia ilícita, puedan dejar en el sistema financiero.
A lo largo de estos años, estas organizaciones han ido descubriendo fuentes alternativas de financiación. Las más novedosas son las donaciones por Internet a través de páginas web aparentemente inocentes, pero vinculadas a organizaciones criminales. Han establecido bazares cibernéticos de venta de objetos religiosos y de otra naturaleza. Sin embargo, la fuente más preocupante es el aumento exponencial de donaciones privadas, Algunas de las cuales son de buena fe y otras, por el contrario, se hacen con pleno conocimiento de causa sobre el destinatario real de su dinero.
Especial mención merece el capítulo de ciertas organizaciones no gubernamentales, que han sido creadas o colonizadas por grupos terroristas o sindicatos del crimen, para blanquear dinero y canalizar fondos. Informes de Inteligencia citados por autores de relevancia como el titular de la Cátedra St. Andrews de Terrorismo y Violencia, Rohan Gunaratna advierten que en torno al 20% de las ONG del mundo islámico, pudieran estar controladas por organizaciones terroristas de corte islamista radical.
Para luchar con eficacia contra la financiación ilegal de las peores formas delictivas, hay que dotar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, a los Bancos centrales, a las autoridades financieras, de los medios materiales, legales y humanos necesarios.
Cooperación entre servicios de inteligencia. Una de las críticas mas repetidas después del 11 S, fue justamente que los servicios de inteligencia fueran incapaces de detectar los movimientos que desembocaron en tan terribles atentados. Como consecuencia del exceso de confianza, producto del derrumbamiento del bloque soviético, algunos países empezaron a reformar y reestructurar a la baja sus servicios de inteligencia. En la opinión pública de algunos países, se llegó a reclamar la reducción drástica de los ejércitos o, incluso, la sustitución o transformación en fuerza policial de los servicios de inteligencia. Es obligado reivindicar desde esta tribuna que los servicios de inteligencia de una nación democrática, son uno de los instrumentos más importantes para la defensa de la seguridad y de los derechos y libertades fundamentales de sus ciudadanos. En el actual escenario de seguridad es aconsejable intensificar la cooperación entre servicios, pero no sólo el intercambio de información, sino que, sobre todo, el análisis e incluso coordinar acciones operativas.
En los momentos más difíciles y de mayor incertidumbre es más importante que nunca un sólido, serio y equilibrado liderazgo político. Éste es uno de los elementos centrales en la defensa de los sistemas democráticos, el que una sociedad sienta que su gobierno y sus líderes políticos dan confianza, se enfrentan a los problemas desde la serenidad y combinan la imaginación y la responsabilidad para combatir las más graves amenazas. Los españoles no hemos sido ajenos a este fenómeno, el liderazgo político como el del Presidente Aznar, ha sido clave para que entre todos, gobierno, oposición, medios de comunicación y ciudadanía, nos hayamos enfrentado con decisión y con firmeza democrática a quienes pretendían arrebatar nuestra libertad y destruir nuestro sistema de convivencia. En estos momentos, en los que el horizonte de la escena internacional, está llena de incertidumbres, es cuando los líderes políticos y de opinión deben hacer gala de mayor responsabilidad y altura de miras. Esta es la hora de los hombres de estado, de la visión de futuro, de la responsabilidad y sobre todo de la serenidad.
En pocos países como en España se habrá producido un fenómeno más claro de compromiso inequívoco de los medios de comunicación en la lucha contra el terrorismo u otras amenazas a la democracia. No es fácil, encontrar otro ejemplo de mayor coraje, valor cívico, responsabilidad, sentido de estado y de trascendencia histórica por parte, tanto de los líderes de opinión como también de periodistas de base. El papel esencial que juegan los medios de comunicación como formadores de opinión, además de encarnar el derecho a la información y la libertad de expresión, es un instrumento de vital importancia en manos de una sociedad democrática para derrotar al fanatismo, el radicalismo y el odio que alimentan a la violencia. Creo sinceramente que la sociedad española puede sentirse legítimamente orgullosa de sus medios de comunicación, y de sus profesionales, puesto que uno de los derechos fundamentales más amenazados por el terrorismo es el de la libertad de expresión.
La movilización social y la toma de conciencia por parte de la opinión pública de la gravedad de los problemas a los que nos enfrentamos, y las expresiones de su voluntad inequívoca de oponerse a estos retos y desafíos, no son una pérdida de tiempo, ni una “muesca mas en el revólver” de la vanidad de terroristas y criminales. Las manifestaciones y expresiones públicas de dolor y de rechazo, son un acto de reafirmación democrática, por medio del cual los amantes de la libertad nos reconocemos y nos apoyamos, con independencia de nuestra ideología, de nuestra procedencia o de nuestras convicciones. España es un país que ha sufrido durante décadas el azote de esta lacra, por eso, más quizás que ninguna otra sociedad democrática, ha demostrado una extraordinaria madurez al enfrentarse al terrorismo desde, la serenidad y el compromiso con los valores democráticos, sin caer en la histeria colectiva, en los excesos o abusos que sirven de macabro pero eficaz combustible a los fanáticos.
Un aspecto esencial, es el de la atención y reconocimiento de las víctimas del terrorismo, a quienes las sociedades democráticas deben prestar su máximo apoyo. Es de justicia señalar que España es, en este ámbito también, un referente. La educación es un factor esencial en la lucha a medio y largo plazo contra la violencia, el fanatismo, las tiranías, el radicalismo, la intolerancia, y su hijo predilecto, el terrorismo. Educar a las generaciones futuras en el respeto mutuo, en el pluralismo, en el respeto al diferente, en la tolerancia y el amor a la libertad, es la mejor de las garantías para asegurarnos un futuro en paz, estable y democrático. Los libros de texto, el ambiente en ciertas aulas y las inclinaciones de profesores, incitan a la violencia, enseñan odio y hacen arraigar profundamente la intolerancia. Todas las ramas del radicalismo, sea ideológico o de excusa religiosa, tienen el mismo fin, aunque sus circunstancias sociales, económicas o geográficas sean distintas. La conquista de las mentes y corazones de las generaciones futuras es una obsesión común de todos los fanáticos.
Dimensión estratégica.
No se puede negar que la lucha contra el terrorismo, la violencia, el fanatismo y el crimen organizado tienen, en algunos casos, una dimensión claramente estratégica, negarlo sería, además de irresponsable, ciertamente peligroso. Algunos focos de tensión y de violencia tienen una componente geoestratégica que debe ser tenida en cuenta.
Los problemas de inestabilidad, violencia y proliferación, se producen en un contexto, en un ambiente político, social y económico que sirve de terreno abonado para que crezca con criminal tenacidad la ideología fanática, el espíritu del odio y el ánimo violento que los inspiran. Muchos especulan sobre cuáles son las verdaderas causas que provocan la aparición, expansión del terrorismo, la violencia y la inestabilidad. Un análisis inadecuado podría transformar estos problemas en males crónicos.
La Escuela de Frankfurt y el neomarxismo en general, se empeña en señalar a los factores socioeconómicos, como la causa principal de la aparición del terrorismo y de la ideología que lo alimenta. No se trata de minimizar el peso que la falta de perspectivas económicas, el paro estructural, la pobreza y la marginación, tienen en una sociedad. Sin embargo, hay otros factores que tienen la misma o mayor importancia que éstos.
La inmensa mayoría de los Estados miembros de las Naciones Unidas han sido territorios colonizados por potencias europeas o dominados por otras potencias hegemónicas en algún momento de su historia. Las heridas que dejó el colonialismo tardaron mucho tiempo en sanar y hoy sus cicatrices siguen siendo visibles a no pocos ciudadanos de esas nuevas naciones. El rechazo al colonialismo y la crítica que se sigue haciendo en sus círculos intelectuales y políticos al proceso de descolonización, tienen continuidad en el presente a través de un profundo rechazo a lo que ellos consideran la continuación del colonialismo a través del imperialismo, económico, político o militar. Poco importa que el análisis que ellos hacen tenga o no bases sólidas, puesto que los sentimientos subjetivos inspiran y marcan el comportamiento de esos pueblos, que se sienten pisoteados, olvidados, menospreciados o agredidos, aunque ésa no sea la realidad.
En el mundo árabe es conocido el impacto negativo que sigue teniendo hoy el Pacto Sykes-Picot firmado entre británicos y franceses en 1916 para repartirse los despojos del Imperio Otomano. El rechazo a ese acuerdo llega hasta tal punto que sirve de excusa a los más intransigentes líderes islamistas y jefes de grupos terroristas, como de hecho se puso de manifiesto al ser mencionado por Osama Bin Laden en el comunicado que hizo público tras los atentados del 11-S. No son pocos los intelectuales árabes que siguen diciendo en la actualidad que dicho pacto constituye “la traición histórica más grave que el mundo árabe jamás ha sufrido”.
Uno de los factores de mayor peso en la inestabilidad política de amplias regiones del planeta, ha sido el fracaso de los sucesivos sistemas políticos ensayados por las naciones que accedían por vez primera o que recuperaban la independencia. Las dictaduras personalistas, de izquierdas o de derechas, los regímenes de partido único, nacionalistas, islamistas radicales o nacionalista árabe-socialista. También han fracasado las democracias formales importadas a esos países, sin ninguna adaptación o transformación a sus realidades. Esta inestabilidad institucional ha generado el grado de incertidumbre y de convulsión que ha favorecido, también la aparición de la violencia, el odio y el terrorismo.
Hay escépticos que aseguran que es imposible impulsar reformas democráticas en países que han sufrido largas dictaduras o que, en su opinión, carecen de las condiciones objetivas para consolidarla. Sin embargo, no parece haber otro camino para lograr una creciente estabilidad, que el de fomentar una paulatina evolución política, lo más pacífica posible hacia la democracia, siempre que se respeten las particularidades y especificidades de esas sociedades. Todo esto tiene que hacerse sin caer en el paternalismo, el eurocentrismo, o la imposición. Es una tarea muy difícil, llena de complejidades pero no imposible. Los avances más importantes que se han logrado en materia de institucionalización democrática en los países que hoy son los más estables en las regiones más convulsas del mundo, se han logrado por el propio impulso interno de dirigentes políticos moderados que han demostrado un profundo sentido de la responsabilidad política e histórica. Uno de los temas esenciales que han de centrar este debate es que debemos poner el acento en que ésta es una lucha por la libertad y por la democracia, éste es el fin, no el medio. Debemos fortalecer la democracia, sus principios y valores, y el Estado de Derecho, como casa común de todos los demócratas. Y no podemos caer en la tentación de convertir nuestras democracias en estados policiales. El binomio libertad-seguridad, dentro y fuera de las fronteras de cualquier nación democrática, no es un punto de equilibrio lineal, es el vértice de una pirámide, punto donde se encuentra el máximo grado de libertad y seguridad. De hecho, si se desciende hacia la base se tendrá menos libertad y menos seguridad, sea cual sea el eje en el que se ponga el acento.
Muchos analistas son los que piensan que nuestras sociedades están llenas de debilidades, y sin embargo hay que estar convencidos que éstas, que en apariencia podrían serlo, son nuestros puntos de fortaleza más claros, son la fuerza dinámica que impulsa al espíritu de superación de los humanos, cuyo combustible alimento inagotable es la libertad.
El terrorismo lo vamos a derrotar.
Sin la derrota del terrorismo no podemos construir el mundo del siglo XXI con los niveles de desarrollo y bienestar, a los que los ciudadanos y la sociedad pueden aspirar legítimamente.
La obligación de un político, es anticiparse y preparar al mundo para abordar los otros retos que las democracias en el siglo XXI tienen y que han sido eclipsadas por la amenaza terrorista.
Permítanme que de forma muy breve enuncie cuáles son esos otros retos:
Primero: La reforma de la ONU El nuevo siglo requiere de una arquitectura multilateral más flexible y eficaz, para ello es indispensable proceder a su reforma y muy especialmente la de su Consejo de Seguridad. A mi juicio se hace cada vez más evidente la necesidad de ponderar el derecho de veto de los cinco miembros permanentes. De tal manera que fuese imprescindible la concurrencia de por lo menos dos de sus miembros permanentes para poder vetar cualquier resolución que se adopte bajo el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que se refiere a de los asuntos que se consideran de especial trascendencia para la paz y la seguridad mundial. En cuanto a su composición sería interesante la posibilidad de dar cabida a nuevos actores, una vez superado el criterio de pertenencia al club nuclear de las potencias victoriosas de la Segunda Guerra Mundial. Ello significaría dar entrada a países como Japón, segunda economía del mundo, La India, la democracia más poblada del planeta, un representante del Continente Africano, (La República Sudafricana), y un país líder de América Latina, (entre los que podrían estar Brasil o México), así como algún otro país europeo. No podemos permitirnos el lujo de relegar al olvido el multilateralismo por el simple hecho de que la ONU carezca de las estructuras necesarias para el eficaz cumplimiento de las tareas que le encomienda la Carta.
Segundo reto, la sanidad en un mundo globalizado.
Otro de los retos más inquietantes a los que se enfrenta la Comunidad Internacional es el de las nuevas epidemias, provocadas por la mutación de virus hasta ahora desconocidos. Entre ellas cabe destacar el Síndrome Agudo Respiratorio Severo, más conocido por sus siglas inglesas SARS, o la reciente aparición de la gripe de las aves. El impacto del SIDA en las zonas menos desarrollados, en especial África, donde hay países en los que se produce una alta incidencia de la enfermedad entre funcionarios, policías o militares. A las consecuencias derivadas de tal tragedia humanitaria se une en estos casos la parálisis administrativa, insuficiencias en la gestión o la incapacidad de mantener niveles mínimos de seguridad ciudadana por la desaparición de una parte importante de sus militares y funcionarios. Y Todo ello sin olvidar la catástrofe económica que supondrá para los países más afectados en especial Kenia, Uganda, Ruanda, Burundi, República del Congo, entre otros. La desaparición de personas económicamente productivas y muchas de ellas educadas y formadas suponen un gran coste para unos países de economías tan débiles. Todo ello tiene repercusiones económicas de extraordinario calado, como se pudo comprobar en el primer brote del SARS, en los países más avanzados de Asia y incluso Canadá. El nivel de desarrollo económico no nos inmuniza de las graves repercusiones provocadas por tan nefastas pandemias.
Tercero, la inmigración.
En un mundo crecientemente globalizado con fronteras cada vez menos definidas, se está produciendo un crecimiento sin precedentes de los flujos migratorios. La correcta gestión de los mismos es otra de las tareas pendientes de la Comunidad Internacional. Deben primar criterios de eficacia e integración. Las políticas migratorias del siglo XXI deberán ser flexibles, eficientes y con una profunda vocación de integración, que es lo contrario de la asimilación. El control riguroso de nuestras fronteras exteriores, las ya mencionadas políticas de integración, la lucha contra el abyecto tráfico de seres humanos, y la gestión eficaz de los flujos migratorios, en consonancia con lo ya realizado en países como Australia, Canadá, Los Estados Unidos, Nueva Zelanda y Alemania. Tales premisas deben ser los pilares básicos de actuación en este terreno.
Al calor de esta realidad, es imprescindible crear un marco jurídico-político que permita establecer reglas de convivencia claras, justas y flexibles, que a su vez hagan posible una plena integración de las minorías. En definitiva, el respetar las normas de convivencia democráticas evitando, así, cualquier brote de conflicto de carácter religioso, identitario y sectario.
Para los europeos el reto de la aprobación de una Constitución Europea que nace con la vocación de articular la nueva Europa, deberá necesariamente tener en cuenta los retos de convivencia que se nos van a presentar entre todas nuestras distintas comunidades, así como entre europeos y nuestros nuevos socios. Esta cuestión, deberá ser objetivo prioritario de todos los esfuerzos necesarios para que el proceso concluya de la forma más beneficiosa para todos los estados miembros de la UE, evitando así que el proceso se cierre en falso.
Cuarto: Desarrollo sostenible y medio ambiente.
El gran reto económico de este siglo que comienza, es lograr que el desarrollo económico, el crecimiento y la búsqueda de la prosperidad, sean plenamente compatibles con los graves problemas medioambientales de nuestro planeta, tratando de respetar los frágiles equilibrios del ecosistema. No es ni razonable ni responsable que acuerdos tan necesarios como insuficientes, como los Protocolos de Kioto, sean sistemáticamente ignorados por algunos actores internacionales, como tampoco lo es centrar las culpas en un solo actor.
Quinto: desequilibrios económicos. Los desequilibrios económicos no se producen exclusivamente entre individuos y países, se dan también, y de manera creciente, entre regiones. Se empieza a vislumbrar una nueva división del mundo en dos bloques antagónicos; el de los países que producen barato, y el de los que consumen caro. Esta realidad puede acabar convirtiéndose en uno de los factores más profundamente desestabilizadores de la nueva geoestrategia internacional. A esto hay que sumar la necesaria humanización de los mercados globalizados y, sin caer en el intervencionismo, poner coto a los abusos y malas prácticas empresariales que se han descubierto en la última década.
Sexto: La corrupción política y económica ha sido un grave lastre al desarrollo de muchísimos países en el siglo XX. A las cláusulas, democrática y de derechos humanos, existentes en tratados y acuerdos comerciales y de cooperación, habría que articular instrumentos jurídicos que impidieran la corrupción con el dinero de la cooperación y de los créditos FAD, e incluso comerciales.
Todos estos retos pueden ser abordados, con buena parte de los instrumentos que he enumerado en la estrategia multidimensional. La cooperación internacional, el multilateralismo, la educación, y la solidaridad son, entre otros muchos, los recursos que las democracias tienen a su disposición para lograr que la herencia que le dejemos a las generaciones futuras sea un mundo en paz, más justo, más equilibrado, más estable, más seguro, más solidario y más libre.
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