Pablo de San Román
En uno de sus últimos libros, Giovanni Sartori dilucida los secretos de una democracia estable. Lo hace con toda franqueza y no deja de admitir la influencia que la realidad italiana ejerció sobre su pensamiento y sobre sus formas de concebir el sistema político. Lo interesante de Sartori es su universalidad, y la capacidad de ejercer una cierta influencia sobre quienes se preocupan por la estabilidad y durabilidad de la democracia. Dicha inclinación universal le significó –entre otros, pero más recientemente- el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales.
Sartori dice que, antes que nada, la democracia consiste en una limitación del Estado con respecto al individuo. O mejor dicho, en la posibilidad de los ciudadanos de ejercer una limitación sobre una estructura superior, que tiende, si no se la limita, a concentrar poder. Dicha concentración constituye la principal desgracia de toda sociedad y el principal obstáculo para una verdadera experimentación democrática. Sartori inscribe esta primera consideración en la historia política del siglo XVIII, consolidada en el XIX. Señala que estos principios son fundamentales frente al intento (perverso) de justificar el avance del Estado como principal mecanismo para el desarrollo de las naciones. Con mucho cuidado, responde que es precisamente en lo contrario, en la capacidad cada vez más libre de la sociedad (sociedad abierta para Popper) donde todo desarrollo político y económico encuentra su lugar.
La segunda gran atribución asignada a la democracia es la capacidad de los ciudadanos de influenciar sobre la constitución del poder. Es decir, la forma en que la voluntad popular se traduce en una alteración –más o menos significativa- de la composición del poder en el Estado. Esta segunda distinción se produce más centralmente durante el siglo XX donde aparece, con perdón de Ortega, una cultura de masas cuya vocación es participar en las decisiones políticas. Las democracias más consolidadas son, luego, aquellas que resguardan las capacidades individuales y garantizan una influencia razonable en los temas del poder. La gran tensión se sitúa –a expensas de esta argumentación- en la forma en que una sociedad protege la autonomía del individuo o postula formas más colectivas.
La pregunta que puede hacerse un latinoamericano es distinta, y responde a su contexto. A la enorme dificultad que la democracia experimenta para constituirse en un régimen de oportunidades e integración social. El cuestionamiento sistemático hacia el orden político se basa en la exclusión de amplios sectores de la población pauperizados en la indigencia. En la constante marginación de las oportunidades sociales y económicas. El último informe elaborado por el PNUD insiste en que gran parte de la comunidad latinoamericana estaría dispuesta a resignar la democracia si ello supusiera terminar con el hambre y la miseria. Y que estaría dispuesta a cambiar de régimen si ello prodigara riquezas y mayores oportunidades. El fracaso en el orden social y económico se transfiere al sistema político.
Dicha percepción remite al argumento de Sartori: ¿es que no logró la democracia limitar la progresiva expansión del Estado? ¿Es que no pudo la democracia permitir un protagonismo suficiente de la voluntad popular sobre las decisiones de poder? Pues en ambos casos, y para el contexto latinoamericano, parece que no. En primer lugar, cada vez con mayor actualidad, la expansión del Estado es el principal deseo de la comunidad. La falta de respuestas a las necesidades urgentes hace que, lejos de optarse por una verdadera vía de protagonismo social, se opte por agravar la responsabilidad del Estado. Y éste –los responsables políticos- deciden asumirlo naturalmente. En segundo término, tampoco parece que la voluntad popular haya encontrado buenos causes en América Latina. La vergonzosa desigualdad en la distribución del ingreso y la incapacidad por generar un mercado equilibrado producen una fractura política (crónica) justificada en la diferencia de ingresos y en la falta de oportunidades. Aquellos que gozan de un status satisfactorio acordarán con el régimen; aquellos que viven en la pobreza –una mayoría aturdidora- dirán que no hay sistema que justifique esa situación.
Todo ello sin mencionar la corrupción escandalosa y las prácticas prevendistas que hieren, casi terminalmente, la cultura del mérito. Parece no asumirse, en las circunstancias actuales, que la democracia está en peligro. Nos contentamos con una experimentación procedural del sistema –votar y protestar- ignorando que su legitimidad consiste en devolver a la sociedad (lo máximo posible) la iniciativa originaria. En volcar todos los recursos no para sostener al Estado sino para que cada individuo pueda desarrollar su iniciativa. Y ello tiene, como se entenderá, un componente de libertad económica fundamental.
No se atrevería uno a preguntarle a Sartori cómo ve la democracia en América Latina. Simplemente porque a nadie le gusta recibir, por parte de los que más saben, malas noticias. Pero sí podríamos comenzar por señalar el engaño. Por denunciar que no es la utilización populista del Estado lo que sacará a los pueblos de la pobreza. Por el contrario, será la utilización de sus recursos e instituciones para edificar sociedades más fuertes e independientes. Éste será, en virtud de lo dicho, el principal y mejor método para controlar los desvíos que disparan la protesta.
Pablo de San Román
Investigador del Centro Universitario Ortega y Gasset de Madrid.
*El libro al que se alude es Elementos de Teoría Política publicado por Alianza Editorial en 2005.



















