Sigue la polémica en la Universidad española sobre la insuficiente financiación y la subida de las tasas. Pero puede ser también la ocasión para plantearse si se trata de financiar toda la oferta universitaria existente, que multiplica las mismas titulaciones, o si es necesario diversificar los objetivos y las prioridades de las universidades.
La Fundación Europea de Sociedad y Educación, a través de un centro de investigación llamado Studia XXI, edita periódicamente unos cuadernos sobre la universidad. En el sexto de ellos, publicado recientemente, Guy Haug –experto en política educativa europea– reflexiona sobre la uniformidad del sistema español de enseñanza superior y las alternativas internacionales, fundamentalmente europeas.
En España una alta proporción de jóvenes se inclinan por la enseñanza universitaria, en detrimento de la formación profesional. La cantidad no se corresponde con la calidad: las universidades españolas no aparecen bien situadas en los rankings internacionales. Frecuentemente se ha tratado de romper esta situación a base de proyectos de “excelencia” específicos, pero la clave puede estar en diseñar una red universitaria más realista, donde no todos los centros aspiren a los mismos objetivos.
Dos tendencias opuestas
Para Haug, la evolución de la educación superior europea desde la Declaración de Bolonia (1999) se ha caracterizado por dos tendencias opuestas, pero que en algunos países han ocurrido de forma simultánea.
Por un lado, las instituciones educativas se han estandarizado: mientras muchos centros de carácter eminentemente profesional han adoptado un planteamiento académico, convirtiéndose en cuasi-universidades, las universidades tradicionales se han profesionalizado para adaptarse mejor a la demanda del mercado laboral. Además, el trasvase cada vez más numeroso de alumnos de FP a la universidad ha provocado que esta haya adaptado su oferta con intención de captar la atención (y el dinero) de estos estudiantes. La necesidad de buscar financiación también ha llevado a los centros universitarios a buscar patrocinios en el sector empresarial, con la contrapartida de haberse centrado en una investigación más profesional que académica.
Por otro lado, precisamente esta crisis de identidad universitaria ha producido una reacción por parte de algunas instituciones para diferenciarse de la educación profesional. La presión de los rankings internacionales ha hecho que algunas universidades buscaran formas de especializarse, ya sea en un campo concreto del saber o en un determinado método pedagógico. Otras han optado por la internacionalización como factor identitario.
La tendencia a la profesionalización ha tenido una consecuencia práctica en gran parte de Europa desde que comenzó el “proceso Bolonia”: la creación de las llamadas “universidades de ciencia aplicada”, un tipo de institución a caballo entre la FP y la universidad propiamente dicha. Son las Polytechnics en RU, las UIT en Francia, las Hogescholen en Holanda, o las Fachhochschulen en Alemania. La mayor parte de ellas ofrecen títulos del campo técnico –aunque también algunos artísticos– asimilables al grado o incluso al máster, pero no doctorado. Durante la crisis económica, han mantenido una alta tasa de empleabilidad entre sus graduados.
Diversificar la oferta
¿Es necesario aplicar en España el modelo de las “universidades aplicadas”? Para Haug la respuesta es no. Bastaría con mantener la diferencia actual entre la FP y el sistema universitario. Eso sí, siempre que se cumplan dos premisas: que se diversifique la oferta universitaria y que se establezcan más pasarelas para acceder desde la FP.
En primer lugar, las universidades deberían adoptar distintos perfiles en cuanto al currículum. La gran mayoría de ellas deberían centrarse en las necesidades regionales –las de los estudiantes y las del mercado laboral–, en la docencia y en la formación continua. Estas convivirían con unas pocas universidades de excelencia, que aspiraran a competir con las mejores del mundo, que invirtieran para atraer al alumnado extranjero y desarrollaran programas innovadores de investigación y de alta tecnología.
Para las primeras, Haug recomienda diseñar programas de grado pensando no solo en los estudiantes recién salidos de la secundaria, sino también en las personas que no encuentran un trabajo satisfactorio y quieren reciclarse, o en quienes están empleados pero demandan formación continua para estar al día.
Para las segundas, Haug sugiere que presten atención al mercado laboral internacional, y no solo al español. Para las dos, que planteen sus cursos como el primer paso de un aprendizaje a lo largo de la vida (enseñando más destrezas que datos y apoyándose en las tecnologías educativas), y que abandonen el “enciclopedismo” que caracteriza a la universidad española.
Cribar los postgrados
En cuanto a los estudios de postgrado, Haug propone cribar la abundantísima y mediocre oferta actual. En vez de tantos másters inanes y sobre-especializados (60 créditos ECTS), menos oferta pero de más profundidad y duración (de 90 a 120 créditos ECTS). Por otro lado, España debería copiar el modelo de las “escuelas doctorales”: en lugar de que cada universidad ofrezca sus doctorados, existirían unos centros que los agruparían con un enfoque interdisciplinar.
Otra asignatura pendiente es la internacionalización. Aunque no tiene por qué ser un objetivo para todas las universidades, las que se embarquen en este proceso tienen que entender que no se trata solo de atraer alumnos extranjeros, sino de internacionalizarse desde dentro (“internationalization at home”). Y no es solo dar las clases en inglés: tanto el contenido de los cursos, como la docencia y la investigación “mirarán al mundo”.
Por último, Haug recomienda que se creen más pasarelas entre los dos sistemas de educación superior. Además del tránsito, cada vez más frecuente en Europa y en España, de estudiantes de FP a la universidad, en algunos países también empieza a ser habitual que algunos egresados universitarios accedan a unos cursos profesionales para poner en práctica los conocimientos adquiridos en el grado, y acercarse al mundo laboral. Como fruto de esta colaboración, han surgido consorcios de universidades y centros de enseñanza vocacional; algo que, según Haug, debería importar España.
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