Política

Fidel Castro, un político mesiánico y afortunado

Siempre fue un militar más bien mediocre, además de un economista iluso, pero nadie podría negar su genio para la propaganda. Amnistiado por Batista a comienzos de 1955, Fidel Castro emigró a México y desde ahí pudo organizar el asalto final, no, esta vez, a un cuartel de provincia, sino al país entero.

Un análisis riguroso de Jorge Edwards sobre la vida política del dictador cubano
Algunos podrían pensar que la buena estrella no es parte de una verdadera biografía. Pero hay políticos de buena estrella, por escasamente racional que sea la definición, y otros que parecen marcados por el signo contrario. El Che Guevara perteneció a esta última categoría: la de los dirigentes populares que parecían destinados a fracasar y que de alguna manera, de un modo quizás inconsciente y hasta suicida, buscaban el fracaso. Salvador Allende, en otro contexto, con un estilo muy diferente, también.

Fidel Castro, en cambio, el comandante en jefe, el líder máximo, es el hombre de la suerte, de la buena estrella prolongada. Su revolución puede estar maltrecha, en retroceso, abandonada por sus antiguos aliados, pero él, en la víspera de sus ochenta años, resiste, aspira a mantener o a recuperar el control total del poder y gozó hasta hace muy pocos días, al menos en apariencia, de excelente salud. Sea cual fuere el desenlace de su enfermedad actual, es un caso único en la historia contemporánea.

Las claves del fenómeno se podrían explicar, pero ninguna explicación sería suficiente si no agregamos el carisma personal, la intuición rápida, el talento para utilizar el discurso público, para actuar en la escena mediática. Hemos visto que en cumbres iberoamericanas recientes, a pesar de encontrarse al lado de jefes de Estado de calidad, de indudable prestigio, el que recibía las ovaciones más estruendosas, el que provocaba mayor revuelo entre los medios de prensa, después de más de cuarenta años en el centro del escenario, era el comandante en jefe.

Y esto a pesar de todo: de la desaparición de sus antiguos aliados comunistas, de la situación desastrosa de su economía, de la entrada del país en un “período especial” equivalente a un túnel oscuro, sin salida visible en ninguna parte. Hay que preguntarse por qué, pero la respuesta, como ya digo, aunque no sea una cuestión de magia, tampoco es un tema exclusivo de ciencia política.

Ya en el asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en 1953, en plena dictadura de Fulgencio Batista, la suerte de Fidel Castro, sumada a su astucia, a su notable rapidez para aprovechar las circunstancias favorables, quedó demostrada en forma concluyente. La operación militar en sí misma, el plan de acción ideado por Fidel y sus amigos, fue el más perfecto desastre. Estuvo mal calculado, mal concebido desde el principio, y mucho peor realizado. Desde luego, la defensa del cuartel era bastante más sólida de lo que habían imaginado los rebeldes.

Uno de los dieciséis vehículos que conducían a los asaltantes torció por una calle equivocada y se extravió en la ciudad de Santiago de Cuba. Otros entraron al cuartel por una puerta que no correspondía al plan de ataque. Como consecuencia de todos estos errores, muchos de los rebeldes fueron masacrados en el primer momento. Otros fueron detenidos y salvajemente torturados hasta la muerte. En una sociedad menos violenta, en un país más cercano a las ideas occidentales ilustradas, el proyecto de Fidel en su conjunto, el asalto suicida a un cuartel armado hasta los dientes, bastión de la dictadura, habría merecido un juicio histórico severo.

Así fue, por lo demás, en esa época, el juicio de la izquierda comunista organizada. Pero Fidel consiguió escapar a las montañas con dos o tres de sus amigos y encontró ahí un escondite favorable. Recordemos que había nacido y se había formado en aquella región, donde su padre, español emigrado, había terminado por convertirse en un campesino rico, aunque, según algunos historiadores, de pocas letras y no demasiados escrúpulos. Un talento asombroso Las siniestras torturas sufridas por los asaltantes capturados, miembros, algunos de ellos, de familias provincianas influyentes, fueron conocidas a los pocos días, a pesar de la censura de prensa, y el escándalo obligó a los esbirros de Batista a proceder con más prudencia.

Fidel Castro, descubierto cinco días después del asalto, recibió un trato mucho más favorable que el de los detenidos anteriores. Según testimonios confiables, él mismo se sorprendió porque sus captores no lo habían liquidado de inmediato. Después, desde la cárcel, por extraordinario que esto parezca, pudo dar numerosas entrevistas a la prensa cubana y norteamericana. La censura del régimen de Batista estaba lejos de ser tan severa como la que después, en nombre de la liberación de la isla, instalaría el joven encarcelado.

En cuestión de horas, Castro se convirtió en una gran figura nacional nueva, heroica, romántica. Cuando Batista se dio cuenta y prohibió el acceso de los periodistas a la celda de Castro, ya era demasiado tarde. Uno de los grandes mitos del siglo XX, el de Fidel Castro Ruz, ya había comenzado a funcionar a toda máquina. Poco tiempo después del asalto, durante el proceso judicial, el nuevo líder sacó a relucir todo su talento de orador al hacer su propia defensa. También es sorprendente que la dictadura le haya permitido pronunciar este largo discurso y que el texto escrito se haya publicado en toda la isla.

Al cabo de los años, el comandante en jefe contó que había estudiado a los oradores clásicos, pero que aprendió su estilo oratorio en la práctica, frente a sus jueces, primero, y más tarde frente a las masas populares. En el tribunal de la ciudad de Santiago, en la intervención que se transformaría en una de las defensas más célebres de nuestra época, denunció sin pelos en la lengua los crímenes de la dictadura de Batista. Dijo que los jueces podrían condenarlo, pero que el tribunal de la historia sin duda lo absolvería. Algunos han encontrado en estas palabras de Fidel ecos remotos de un discurso de Adolfo Hitler pronunciado en circunstancias comparables. Pero lo importante está en otro lado: está en el asombroso talento de Castro para transformar una operación mal planeada, seguida de una derrota desastrosa, en una plataforma política de primera clase. Siempre fue un militar más bien mediocre, además de un economista iluso, pero nadie podría negar su genio para la propaganda. Amnistiado por Batista a comienzos de 1955, Fidel Castro emigró a México y desde ahí pudo organizar el asalto final, no, esta vez, a un cuartel de provincia, sino al país entero.

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