Si un coloso como Europa es incapaz de resolver en unas horas un suceso semejante, se pone en una deplorable evidencia la debilidad extrema o, lo que es peor, la ausencia absoluta, de una política de inmigración común y eficaz para afrontar un desafío real y creciente .
Santi Lucas
El pesquero de Santa Pola que auxilió a 51 ilegales que se encontraban a la deriva en las aguas de Malta ha protagonizado, muy lejos de pretenderlo, el contraste de sensaciones más impactante en materia de inmigración irregular de los últimos tiempos. Lo positivo del episodio ha sido comprobar la ejemplaridad, generosidad y humanidad de una tripulación que actuó con altruismo y abnegación. El resto de la experiencia es lamentable y requiere una meditación profunda que impida su reproducción.
Si un coloso como Europa es incapaz de resolver en unas horas un suceso semejante, se pone en una deplorable evidencia la debilidad extrema o, lo que es peor, la ausencia absoluta, de una política de inmigración común y eficaz para afrontar un desafío real y creciente sobre el que nadie se puede llamara a andana. Aquí ha fallado todo y a la vez.
La cooperación internacional, que enunciamos enfática y reiteradamente, ha brillado por su ausencia. La primera y penosa lección que nos brinda el caso de este barco español, tras siete días de angustia y sordera internacional, es la de lanzar un aviso a navegantes sobre las consecuencias de efectuar un rescate similar. Cualquiera puede entender que es muy grave que la peripecia del “Francisco y Catalina” escarmiente otras iniciativas humanitarias que pudieran darse en circunstancias similares. Como lo es también dar por hecho que España es el único destino hospitalario, la única opción de acogida, para cualquier inmigrante ilegal que se desplace por el mundo.
La apariencia, sin embargo, es que no se ha provocado un revulsivo bastante en la Unión Europea para hacer una autocrítica exigente y tomar la decisión firme y positiva de no repetir en el futuro los mismos y clamorosos errores que se han acreditado. La devaluada representación española en la cumbre europea de inmigración que se celebró el pasado lunes no parece alumbrar tampoco una preocupación prioritaria de nuestro Gobierno a este respecto.
La Unión Europea se debe a sí misma otra solidaridad, otra agilidad y otra ayuda ante la inmigración ilegal, otros reflejos y otro modelo de reacción para afrontar este tipo de situaciones. Desentenderse o ignorar el problema, como ha sucedido ahora, debiera replantear de raíz las bases de esas pomposas declaraciones sobre mutua asistencia de los países miembros para atender el interés general común.
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