Europa, Pensamiento y Cultura

Günter Grass, azote de la conciencia alemana

El escritor alemán recién fallecido fue autor de obras densas que desbordan imaginación y un intelectual de izquierda aficionado a provocar polémicas.

Para unos, la figura de Günter Grass, premio Nobel de Literatura en 1999, fallecido ayer a los 87 años, está íntimamente ligada, con sus luces y sus sombras, a la literatura y a la política alemana de la segunda mitad del siglo XX, periodo de especiales turbulencias tras la demolición física e intelectual que supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Para otros, Grass se sentía muy cómodo en el papel de ácido aguafiestas de la sociedad alemana, provocando constantes polémicas, útiles o estériles, que indirectamente favorecían la venta de sus libros.


No fue un escritor complaciente o ensimismado, que se haya desinteresado de los problemas de la sociedad alemana. Al contrario, ha intervenido, quizá demasiado, poniéndose la mayoría de las veces en el lado del partido socialdemócrata alemán, con su gran amigo Willy Brandt.

Hasta hace bien poco no había tenido reparo en manifestarse en posiciones políticas comprometidas y polémicas (como su crítica a Israel o, antes, al modo en que estaba realizándose el proceso de reunificación alemana).
 

Pero lo que provocó más revuelo fue el descubrimiento que Grass había pertenecido a los 17 años, de manera voluntaria, a las Waffen-SS. Esta información causó un sonoro escándalo dentro y fuera de Alemania, pues buena parte de la literatura de este mediático escritor se había centrado en analizar de manera muy crítica el pasado de su país y la actitud complaciente de sus compatriotas (no la suya).
 
Grass muestra una visión desesperanzada del ser humano que deja poco espacio para la ternura, los sentimientos y la espiritualidad
 
Visión desesperanzada


Nacido en 1927 en la ciudad de Gdańsk, hoy polaca, Grass estudió dibujo y escultura antes de publicar su primera y exitosa novela, El tambor de hojalata (1959), original parábola tremendista sobre la sociedad alemana durante la Segunda Guerra Mundial. El protagonista es un niño, Oskar Matzerath, que se niega a crecer para no pertenecer al mundo de los adultos. Dos años después publicó otra de sus grandes novelas, El gato y el ratón, y en 1963, la tercera de la denominada trilogía de Gdańsk, Años de perro.
 
En estas primeras novelas, Grass muestra, con talante provocador, una visión desesperanzada del ser humano en el contexto de una situación crítica donde hay poco espacio para la ternura, los sentimientos y la espiritualidad, a veces ridiculizada. Las relaciones humanas son agrias, tristes, a menudo acompañadas de una sexualidad directa. Y el estilo incluye juegos experimentales vanguardistas y una construcción barroca que incrementa su densidad.
 
A pesar de su dedicación a la literatura, y cada vez más a la política en unos años cruciales para la sociedad alemana, Grass nunca abandonó ni el dibujo ni la poesía ni la escultura, como cuenta en un libro más o menos biográfico, Cinco decenios (2003).
 
En 1977 apareció otra de sus mejores novelas, El rodaballo, a la que siguieron La Ratesa (1986), Es cuento largo (1995, sobre la reunificación de las dos Alemanias y el pasado reciente de una y otra), Mi siglo (1999) y A paso de cangrejo(2002), sobre las víctimas alemanas de la Segunda Guerra Mundial.
 
A estas novelas hay que sumar una larga lista de ensayos sobre todo tipo de cuestiones artísticas, literarias y políticas, y sus libros autobiográficos Pelando la cebolla (2006) y La caja de los deseos (2008). En el primer volumen, Grass reveló su militancia en las juventudes hitlerianas y contó también sus primeros pasos literarios. En el segundo, Grass deja de ser el narrador y cede el relato a ocho personajes que son trasuntos ficticios de sus propios hijos, fruto de sus cuatro matrimonios.
 
Sus primeras novelas son desbordantes, vanguardistas, a menudo farragosas, escritas con un derroche de imaginación. En las últimas, el estilo y el argumento son más asequibles
 
Revivir críticamente el pasado


Para Grass, una de las misiones de la literatura, como para los demás integrantes del Grupo 47 en el que militó, es revivir críticamente el pasado para que no caiga en el olvido. Hasta el final de sus días, esto es lo que pretendió en sus novelas más celebradas, sabiendo que se enfrentaba a un tema espinoso en Alemania, casi siempre detonador de encendidas polémicas, en las que él participó con mucho gusto.
 
Sus primeras novelas son desbordantes, vanguardistas, a menudo farragosas, escritas con un derroche de imaginación y con un estilo lleno de digresiones históricas que puede desalentar a muchos lectores. Son obras densas, con un gran contenido ético, histórico y político. En sus últimas novelas, especialmente Mi siglo y A paso de cangrejo, su propuesta literaria –estilo y argumento– es bastante más asequible.
 
En cuanto al fondo, las ideas de Grass están cercanas a un existencialismo de corte ácido y desesperanzado, donde no tienen cabida las inquietudes religiosas y donde las cuestiones éticas y culturales adolecen de un acomodaticio y amargo relativismo.

Este artículo está en Aceprensa

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