¿Habrá algo en que fácilmente nos podamos poner de acuerdo? Yo creo que sí, pero solamente en las normas milenarias que rigen conducta, como respetar la persona y vida ajena
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Jueves, 12 de marzo 2026

¿Habrá algo en que fácilmente nos podamos poner de acuerdo? Yo creo que sí, pero solamente en las normas milenarias que rigen conducta, como respetar la persona y vida ajena
Se dice y repite, con ingenuidad sorprendente, que la solución a nuestros problemas depende de lograr consenso sobre la forma de gobernar. Pero aunque se diga con convicción, aplomo y seriedad, simplemente decirlo no resuelve nada. Muchos piensan que la intransigencia de otros es lo que impide lograr consenso. No la de ellos. Otros creen que sería fácil, si los demás optaran por lo que ellos proponen.
¿Habrá algo en que fácilmente nos podamos poner de acuerdo? Yo creo que sí, pero solamente en las normas milenarias que rigen conducta, como respetar la persona y vida ajena, que nadie pueda quitar a otros sus legítimas posesiones; que nadie pueda impunemente usar violencia, fraude o coerción; que las leyes se apliquen a todos por igual, con reciprocidad y sin discriminación. Que la fuerza —pública o privada— no se utilice para subordinar los intereses de unos a los de otros. Todo ello me parece que ya está contenido en la frase atribuida a Confucio (500 años antes de Cristo): No hagas a otros lo que no quieres te hagan a ti: que todos hagan lo que quieran en tanto no violen iguales y recíprocos derechos de otros. Creo que ese acuerdo es el único fácil de lograr, porque todos deseamos ser respetados, y si todos nos respetamos, nada muy malo puede ocurrir.
Al considerar las consecuencias de adicionales acuerdos comienzan los peros de la mayoría, que quisiera ver que todos vivan y hagan como a ellos o a ellas les parece que conviene. Abogan porque en nuestro imperfecto mundo el Gobierno, además de proteger los derechos de las personas, se encargue de dirigir las actividades pacíficas de todos en la ingenua creencia de que lo haría a su particular gusto. No se cuestiona: primero, si será el gusto de otros el que va a prevalecer; segundo, si un gobierno politizado, como por naturaleza es la democracia, es un ente idóneo para esa tarea, dada la extensa complejidad del diario actuar ciudadano y de las limitaciones del conocimiento del ser humano ante la extensa dispersión del conocimiento cuya utilización es necesaria para progresar; tercero, que frente a la incompatibilidad de intereses (no así de derechos) entre los miembros de la sociedad, le es imposible complacer a unos sin afectar a otros. No debemos olvidar que ese anhelado grado de involucramiento del Gobierno en el pastoreo de la vida privada de los ciudadanos es la esencia del totalitarismo.
La tarea de proteger los iguales derechos de las personas (vida, posesiones, contratos, etc.) es de por sí una compleja y extensa actividad en la que suelen fracasar los gobiernos, a pesar de ser la única función en la que es fácil ponernos de acuerdo. Pretender encargarle mayor número de asuntos al Gobierno dificulta lograr acuerdos. Extender el involucramiento del Gobierno a más actividades obliga a emplear más funcionarios y burócratas, y a dotarlos de más extensa autoridad discrecional, con el agravante de que, a medida que crece la burocracia, su nivel de competencia necesariamente disminuye, porque para lograr emplear a un mayor número se tiene que ser menos exigente en sus calificaciones. La combinación de esos factores tiene innumerables consecuencias empobrecedoras, y no deja a las personas en libertad de, pacíficamente, solucionar sus problemas. Adicionalmente, incentiva la corrupción aun en gobiernos totalitarios. El cuidado de nuestros derechos es lo más que se puede lograr.
Fuente: HACER
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