Política

Hay que corregir el déficit del liderazgo

Existe un viejo dicho yídish que dice que un pescado apesta desde la cabeza. Esto se aplica ciertamente a nuestra nación, cuyos líderes no están capacitados para gobernar

Isi Leibler

Es algo barroco escuchar a nuestro primer ministro emplear su renombrado talento para la confusión mediática y retratar sin vergüenza alguna el informe de la Comisión Winograd diciendo que “ha limpiado mi nombre” y “apartado de mí el estigma moral“. Mientras que el informe sí exonera a Ehud Olmert de estar motivado por consideraciones personales a la hora de lanzar la controvertida operación sobre el terreno al final de la guerra que se saldó con la muerte de 33 soldados, ciertamente ese nunca fue el asunto central. En la práctica pudiera haber sido una pista falsa.


 


El devastador informe, compilado por un comité elegido personalmente a dedo por el primer ministro, reitera su condena inicial al desastroso juicio de Olmert a lo largo de todo el curso de la guerra, que redundó en “una importante y principal oportunidad perdida” de infligir una importante derrota a Hezbolá y restaurar la rota disuasión de Israel.


 


Winograd sigue adelante para destacar que “nuestra reticencia a establecer responsabilidades individuales no debe ser interpretada como conclusión de que tales responsabilidades no existan“. El informe, que emplea la palabra “fracaso” 190 veces y “defecto” 213 veces, afirma inequívocamente que “los mismos fallos y errores serios” en “los procedimientos de toma de decisiones” y en “el pensamiento de la planificación estratégica” identificados en las conclusiones preliminares prevalecieron a lo largo de cada uno de los 34 días de guerra.


 


Nunca un tribunal israelí independiente ha sido tan explícito a la hora de culpar a nuestros líderes políticos del fracaso en una guerra. Para Olmert, que prometía de manera arrogante que permanecería en el cargo al margen de los descubrimientos del informe, afirmar cínicamente que tales conclusiones le exoneran e incluso le reivindican supone una mofa a la transparencia pública y compromete seriamente el ethos democrático de la nación. Ello solamente va a intensificar la extendida rabia de los israelíes a lo largo de todo el espectro político.


 


Más espantoso es que durante los 18 meses desde el conflicto Olmert no haya interiorizado las lecciones de la guerra. Hoy sigue implementando políticas que nunca han sido aprobadas formalmente ni debatidas en el marco adecuado siquiera la Knesset. Una vez más volvemos a visitar el desacreditado camino del apaciguamiento, haciendo concesiones a un socio deshonesto que sólo cuenta con su palabra, que es incapaz de retribuir algo, y que al hacerlo, refuerza a los terroristas.


 


Las concesiones de Olmert a Mahmoud Abbás incluyen rendir nuestra insistencia absoluta hasta la fecha de conservar fronteras defendibles; abandonar exigencias de seguridad antes no negociables que ya han costado vidas israelíes; lanzar globos sonda de dividir Jerusalén y entregar a los palestinos la jurisdicción del Monte del Templo; liberar a cientos de terroristas y prepararse para liberar a más; y proporcionar armamento a los palestinos que, en el futuro, es casi seguro que será empleado contra nosotros.


 


¿Qué nos ha ofrecido Mahmoud Abbás a cambio? ¡Exactamente nada! Pero nuestro impotente socio de paz sí reiteraba que nunca reconocería a Israel como estado judío y describía cómo no negociable el “derecho de retorno” de refugiados palestinos, lo cual redunda en la destrucción del estado judío. Las fuerzas de seguridad en su nómina siguen matando judíos, y la incitación en las zonas bajo su jurisdicción, lejos de desaparecer, se encuentra en la práctica en un punto álgido nunca visto, con jardines de infancia que siguen moldeando a los niños para que aspiren al martirio matando judíos.


 


Y cuando Israel sopesa una posible invasión de Gaza para detener el lanzamiento de misiles de Hamas contra Sderot, Abbás dice que se alinearía con Hamas.


 


Finalmente, la ciudadanía israelí de Sderot y las zonas colindantes ha sido convertida en refugiados en su propio país. Conforme la calidad de los misiles y sus radios de acción mejoran, zonas más grandes de Israel se encuentran dentro del alcance del ataque de los misiles. Habiendo acostumbrado durante años a la comunidad internacional a que se lancen misiles contra civiles israelíes, se espera ahora que sigamos prestando servicios a los palestinos de esas zonas con electricidad y combustibles por “motivos humanitarios” — algo que ninguna otra nación normal del mundo tolera de manera concebible.


 


Lo que es peor, mientras Hamas intenta copiar la infraestructura de Hezbolá en Gaza, el gobierno Olmert, con las amargas consecuencias conocidas de haber fracasado a la hora de tomar medidas preventivas en el Líbano, de nuevo permanece pasivo a la espera de que terroristas de Hamas reforzados nos ataquen en el momento que elijan.


 


El ataque de este lunes contra Dimona bien podría ser la primera señal de un Hamas reforzado por sus últimos avances en Rafah.


 


Alternativamente, el gobierno israelí podría estar a la espera del inevitable desastre cuando, que Dios no lo quiera, un misil aterrice finalmente contra un jardín de infancia, un hospital o una infraestructura importante, obligando responder.


 


Si Olmert permanece en el cargo, ello garantiza virtualmente que nuestra relación con nuestros vecinos y el mundo siga hundiéndose en un pozo sin fondo. Durante estos tortuosos tiempos en los que afrontamos verdaderamente amenazas existenciales, no podemos permitirnos ser como un barco sin timón. Si nuestros hijos acaban obligados a luchar en una guerra futura, más que nunca deberemos escuchar atentamente el Informe Winograd, que reza claramente que necesitamos un primer ministro en el que la gente pueda confiar. También necesitamos un líder en el que la nación confíe que sea capaz de negociar una paz sin ser desviada constantemente su atención por asuntos relativos a su supervivencia política.


 


La dirección política tiene que estar vinculada a nuestro descuidado marco económico y social, que también necesita de atención con urgencia. Hay necesidad de reformar el sistema educativo, cuyos estándares se han erosionado hasta un nivel espantoso. La ausencia de un plan de estudios central para unificar las corrientes educativas secular, nacional-religiosa, haredi y árabe está estimulando una tribalización donde debería estar unificando.


 


La erosión del diálogo y el acomodo mutuo entre los religiosos y los seculares estimula la creciente polarización y el extremismo. Hace mucho tiempo que es hora de un reacondicionamiento de los sistemas sanitario, social, de abastecimiento y conservación. Existe una necesidad real de planificación y reforma a largo plazo. No podemos esperar de manera realista y cualquiera de estos asuntos cruciales sea tratado adecuadamente por este gobierno.


 


Bajo Olmert, Israel seguirá siendo una nación bajo acoso encabezada por un líder fracasado y que no ha absorbido las amargas lecciones de errores pasados. El peso de la responsabilidad del cambio descansa en esos miembros de la Knesset que hasta la fecha no han actuado en favor del interés nacional a causa de su egoísta agenda personal.


 


El cinismo definitivo queda plasmado en Ehud Barak, que violaba sin tapujos su promesa de dimitir tras conocerse el informe; y por el Partido Shas, el cual traiciona a sus beligerantes partidarios a cambio de asignaciones económicas de fondos públicos a corto plazo; y por esos santurrones miembros del Kadima que esperan a ver en qué sentido sopla el viento.


 


El otro factor que opera en favor de Olmert es el odio obsesivo a, y la agitación frente a su sucesor más probable, Binyamin Netanyahu, según lo reflejado en los medios hebreos.


 


Se nos ha bendecido con una gente increíblemente firme y creativa. Ahora, antes de que sea demasiado tarde, nosotros los ciudadanos israelíes tenemos que ejercer el poder popular, presionando a esos fracasados y disfuncionales miembros de la Knesset que están más preocupados por conservar sus carteras que por promover el interés de la nación en derribar el gobierno.


 


Fue otro líder fracasado, el ministro de defensa Ehud Barak, el que no hace mucho decía: “Necesitamos un nuevo líder en el que podamos confiar y que sitúe los intereses de la nación por delante de su agenda personal y su supervivencia política“.


 


Pero, paradójicamente, el político más responsable hoy de conservar a Olmert en el poder no es otro que el propio Ehud Barak.


 


 


Isi Leibler preside el comité de relaciones diáspora-Israel del Jerusalem Center for Public Affairs.

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