Política

No ceder la palestra a los obsesionados con Israel

En el Reino Unido, la crítica obsesiva a Israel está lo bastante presente sin necesidad de promoverla en los actos culturales judíos. Si las instituciones judías reputadas ceden la palestra a aquellos que demonizar a Israel.

Isi Leibler
Durante una reciente visita a Londres, me deprimió observar que el pensamiento profundamente distorsionado políticamente correcto acerca de Israel que prevalece en Gran Bretaña ha empezado influenciar a los líderes anglo-judíos. Esto queda reflejado en la creciente tendencia a la respetabilidad de difamadores judíos marginales del estado judío, honrándoles con invitaciones a participar en actos comunitarios culturales y educativos de importancia.

El ejemplo típico es Limmud, un prodigio de la comunidad anglo judía, una congregación anual de mucho éxito que implica a miles de judíos en seminarios educativos y conferencias que cubren todo el abanico de la civilización judía.

Si uno acepta la premisa de que la educación judía está diseñada para reforzar la educación judía, es incomprensible que los organizadores de Limmud inviten regularmente a oradores que representan la antítesis de los valores judíos.

El precedente se originó hace algunos años, al extender una invitación al periodista antiisraelí no judío Robert Fisk. Fue seguido de una sesión posterior cuando Limmud invitó a Jacqueline Rose, la autora judía de un libro atrozmente antisionista que hoy es un icono establecido de la literatura promocional de los enemigos del estado judío. Rose fue también una de las fundadoras de Independent Jewish Voices, una considerable proporción de cuyos miembros solamente se implican activamente en la vida judía de refilón al condenar el apoyo judío de referencia a Israel.

En la conferencia de Limmud de diciembre de 2007, uno de los principales ponentes fue Avrum Burg, ex director de la Agencia Judía y anterior portavoz de la Knesset. Hasta los aliados políticos israelíes anteriores más próximo de Burg le condenan inequívocamente por equiparar el comportamiento de los israelíes con los Nazis e instar a sus parientes a hacerse con pasaportes europeos.

Los organizadores de Limmud llevaron más allá la parcialidad invitando al portavoz de la Autoridad Palestina Saeb Erekat, jactándose de que sería “la primera vez que Erekat se ha dirigido a una audiencia exclusivamente judía”. Erekat acababa de proclamar su determinación a no reconocer nunca a Israel como estado judío, moviendo al columnista del London Jewish Chronicle Geoffrey Alderman a expresar su “disgusto… decepción… y consternación” porque el Limmud pudiera invitar como ponente “a uno de los enemigos vivos más destacados del pueblo judío”.

Erekat aceptó la invitación en primera instancia, pero la rechazó en el último momento, presumiblemente en deferencia a su electorado antisemita.

Ciertamente es grotesco que Limmud justifique tal participación con la excusa de que “por el bien de la educación… intentamos lograr un abanico muy variado de participantes”. Aún más barroca es la sugerencia “de que los políticos, los nuestros y los suyos [de los palestinos], adopten una línea dura en sus declaraciones públicas” y que “es importante destacar el contacto humano informal”.

El mismo enfoque se manifestaba en la Semana del libro judío, otro acto cultural judío destacado que acompaña a muchos escritores y docentes judíos internacionales y anglo judíos. De nuevo aquí, la organización vio apropiado invitar a un buen número de invitados que nunca habían participado anteriormente en tal acto. Incluyeron a Jacqueline Rose, que está invitada para debatir el concepto de mal y terroristas suicida. Para presidir la sesión, los organizadores invitaron al Dr. Anthony Lerman, el polémico director del laboratorio de ideas Jewish Policy Research.

Lerman estuvo el año pasado en el centro de una gran polémica cuando rehusó dimitir de su cargo tras haber adoptado una postura pública pidiendo el desmantelamiento del estado judío — al que denominó visión sionista fallida — y su reemplazo por un estado binacional.

Como colofón, el principal ponente en la sesión de clausura de la Semana, titulada “La última palabra”, es Alan Rusbridger, editor del Guardian, un periódico que se ha ganado una cierta reputación en relación a su cobertura de Israel. Con el fin de “equilibrar” a Rusbridger , la réplica en el panel la da nada menos que el editor del Haaretz David Landau, quien recientemente se veía implicado en un escándalo mediático global cuando se conocía que había dicho a la Secretario de Estado norteamericana Condolizza Rice que Israel necesita ser “violado” imponiendo un acuerdo con los palestinos.

La participación de estos individuos es desconcertante. No porque su presencia persuada a los participantes de rechazar a Israel, y no porque los programas sean parciales en un amplio abanico de puntos de vista presentados. Sino porque los valores judíos son rebajados cuando las congregaciones judías elevan y proporcionan respetabilidad a aquellos que constantemente demonizan y deslegitiman a Israel — especialmente en el clima de posmodernismo de hoy.

Tampoco es un tema de libertad de expresión. En el Reino Unido, la crítica obsesiva a Israel está lo bastante presente sin necesidad de promoverla en los actos culturales judíos. Si las instituciones judías reputadas ceden la palestra a aquellos que demonizar a Israel, pasa a ser imposible protestar cuando entidades mediáticas de referencia como la BBC utilizan a judíos antiisraelíes que no representan a nadie como portavoces oficiosos de la comunidad judía.

El reciente debate en la Oxford University Union sobre la moción “Esta Cámara acepta que el Estado de Israel tiene derecho a existir” es otro ejemplo. Indignante como el título es, aún más absurdo es que todos los participantes — los que están a favor de la moción y en contra — predican la deslegitimación y el boicot al estado judío. Norman Finkelstein, que “defendía” a Israel (pero votaba en contra de la moción) e Ilán Pappe, que debatía contra el derecho de Israel a existir, se han establecido hace tiempo como difamadores de la empresa sionista.

Ceder espacios a los judíos contra Sión en los principales eventos culturales también proporciona un cierto peso a tales actos escandalosos como el nombramiento al British Council de Judy Price, una activista de Judíos en defensa de la justicia para los palestinos, como conservadora de las proyecciones de archivo para el festival de cine del 60 aniversario de Israel.

Esta lamentable situación también se relaciona indiscutiblemente con la crisis de la directiva israelí. Hace 20 años, sin duda, los líderes y los embajadores israelíes habrían intervenido e instado a los líderes judíos locales a encontrar el valor para plantar cara y hacerse notar.

Durante años he sido crítico con los fracasos de la dirección anglo judía, plasmados por la British Board of Deputies, que es reticente a tomar parte en protestas públicas e insiste en que los medios más eficaces de combatir a los adversarios de Israel y los antisemitas son “susurrar” en lugar de “gritar”. Lamentablemente, la Junta también viene evitando hacer sonar su voz en el tema de arriba, no condenando o siquiera cuestionando la moralidad de invitar a demonizares judíos de Israel a asumir papeles importantes en actos culturales o comunitarios judíos.

La responsabilidad de tomar acciones de remedio se encuentra en la mayoría silenciosa de los judíos británicos que siguen apoyando a Israel y que incuestionablemente se ponen enfermos ante estos sucesos. Es imperativo que se hagan oír e insistan a sus líderes en actuar.

A falta de eso, deben exigir la destitución de esos líderes A menos que esta corrupción sea corregida pronto, el declive de la comunidad anglo judía lamentablemente se acelerará.

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