La política no es un lugar para timoratos. Al autorizar incrementos monumentales en el gasto militar durante los últimos cuatro años, los miembros del Congreso se han servido generosas raciones de fondos públicos para la defensa que ellos habían sancionado.
Opinión: Robert Higgs
“Pues donde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su
corazón.” —San Mateo 6:21
El pasado mes de octubre, durante la
campaña electoral, el Vicepresidente Dick Cheney provocó una pequeña conmoción
cuando, refiriéndose a la guerra de Irak, declaró: “Considero que hasta el
momento, cuando uno observa todo lo que se ha logrado en términos generales, la
misma ha sido una historia de destacable éxito.” En vistas de la feroz violencia
rampante en Irak, la propagada devastación de los recursos humanos y materiales
del país, y las sombrías perspectivas para su paz y prosperidad futuras, la
declaración de Cheney parecía bizarra, y los demócratas se aferraron a ella como
a otro ejemplo más de la desconexión entre la administración Bush y la
realidad.
No obstante ello, observándola más de cerca, podemos ver que la
guerra ha sido en efecto un éxito enorme, aunque no exactamente bajo la forma en
la que el vicepresidente pretendió plantearla. Del modo inconsciente que le es
característico, el propio Presidente George W. Bush tropezó con una resolución
de la supuesta paradoja cuando le expresó, el pasado verano boreal, a un
entrevistador de la revista Time que la guerra había resultado ser un “éxito
catastrófico.”
Por medio de esa incongruencia, procuró expresar la idea
de que en la invasión, las fuerzas militares estadounidenses habían superado al
enemigo de una forma inesperadamente rápida, “siendo tan exitosas, tan
expeditas, que un enemigo que debería haberse rendido o tornado exhausto, se
escapó y vivió para pelear en otro día.” Pese a que esta hipótesis parece ser
ofrecida como una explicación de la naturaleza y extensión de la resistencia que
actualmente está siendo librada contra las fuerzas estadounidenses de ocupación
y sus colaboradores en Irak, el termino “éxito catastrófico” expresa con
precisión el carácter de la guerra. Tan sólo debemos tener en mente que la
catástrofe aflige a un grupo de individuos, mientras que el éxito le es
adjudicado a otro grupo enteramente distinto.
Además, para apreciar el
éxito de la guerra, debemos de mantener a la vanguardia de nuestro pensamiento a
la racionalidad instrumental de sus perpetradores. Debemos preguntarnos:
¿Quiénes cargan con la responsabilidad de haber iniciado y de continuar con la
guerra? ¿Qué es lo que pretenden conseguir esas personas? ¿Y han alcanzado, en
los hechos, sus objetivos? Si respondiésemos correctamente a estos
interrogantes, estaríamos obligados a concluir que la guerra ha sido un enorme
éxito para quienes la provocaron, aunque la misma, sin embargo, ha sido
desastrosa para muchos otros, especialmente para el infortunado pueblo de
Irak.
Un breve listado de los perpetradores de la guerra debe incluir al
presidente y a sus consejeros cercanos; a los intrigantes neoconservadores que
atizaron y continúan alimentando el apoyo para la guerra tanto por parte de las
élites como de la opinión pública; a los miembros del Congreso que abdicaron de
su exclusiva responsabilidad constitucional de declarar la guerra y autorizaron
al presidente a llevar a la nación a la conflagración si le daba en gana, y que
luego financiaron la guerra mediante una serie de enormes apropiaciones de la
Tesorería; y a ciertas personas políticamente bien ubicadas en las industrias de
armamentos y en los grupos de interés que han elegido apoyar, a veces por
razones basadas en creencias religiosas, a una guerra a la que perciben como que
promueve los intereses de Israel o como que permite el cumplimiento de una
profecía bíblica. Cada una de estas partes responsables se ha beneficiado
enormemente con la guerra.
El Presidente Bush buscó por sobre todo ser
reelecto. En su campaña de 2004, no dio disculpas por la guerra; en cambio,
procuró obtener crédito por iniciarla y por pelearla pertinazmente desde el
momento de la invasión. El Vicepresidente Cheney hizo también campaña
activamente sobre los mismos fundamentos. Los esfuerzos de Bush y de Cheney les
han rendido ahora el premio que buscaban.
Al reconstituir a su gabinete
para un segundo mandato, el presidente ha retenido al beligerante Donald
Rumsfeld como Secretario de Defensa. Paul Wolfowitz, Douglas Feith, y otros
belicistas claves permanecen en sus altos cargos en el Pentágono, mientras otros
guerreros de escritorio neoconservadores, tales como Lewis “Scooter” Libby, el
Jefe de Staff de Cheney, y Elliott Abrams, Asistente Especial del Presidente en
el Consejo de Seguridad Nacional, conservan sus cargos importantes en otras
áreas del gobierno—un éxito continuo para todos ellos. Incluso George “Pato
Rengo” Tenet, quien renunciara como Director de la Central de Inteligencia por
su propia decisión, y no debido a que el presidente lo responsabilizara por los
manifiestos fracasos de los esfuerzos de la inteligencia estadounidense durante
su gestión, emergió recientemente una vez más para aceptar la Medalla
Presidencial de la Libertad en reconocimiento de lo que el presidente describió
como “los incansables esfuerzos” de Tenet para servir a la nación—Dios nos ayude
si los incansables esfuerzos del próximo jefe de la inteligencia brindan
resultados igual de fatales.
Los miembros del Congreso no se arrepienten
ni de haber autorizado a Bush para atacar a Irak ni de continuar financiando
generosamente la guerra. Estos políticos de carrera ansiaban nada más que su
anhelada reelección al cargo, y prácticamente todos los titulares que buscaron
la reelección en los comicios del 2004 alcanzaron este objetivo supremo: todos,
excepto uno (Tom Daschle), de los 26 senadores que volvieron a postularse y
todos, excepto seis, de los 402 representantes nuevamente postulados
triunfaron—resultados que implican un índice de reelección superior al 98 por
ciento para los titulares de cargos en ambas cámaras combinadas.
El
respaldar la guerra ha demostrado obviamente ser algo enteramente compatible,
cuando no absolutamente esencial, con la búsqueda por parte de los legisladores
de continuar en sus puestos. Si como consecuencia de estas acciones políticas,
miles de niños iraquíes han perdido su vista o sus piernas o incluso sus vidas,
bien, c´est la guerre. La política no es un lugar para timoratos. Al autorizar
incrementos monumentales en el gasto militar durante los últimos cuatro años,
los miembros del Congreso se han servido generosas raciones de fondos públicos
proporcionados por las leyes de apropiaciones para la defensa que ellos habían
sancionado.
De acuerdo con Winslow T. Wheeler del Center for Defense
Information en Washington, D.C., “para la época en que el Congreso había
concluido con la ley [de apropiaciones para el Departamento de Defensa para el
ejercicio fiscal 2005] en el mes de julio [2004], los miembros de la Cámara de
Representantes y del Senado habían añadido más de 2.000 de estos ´apartados´”
para proyectos en sus respectivos distritos, y de esta forma se otorgaron a sí
mismos “un record de $8,9 mil millones en fondos públicos” para emplear en la
compra de votos de sus electores. En este saqueo diario a los contribuyentes,
enteramente en beneficio propio, las palomas al igual que los halcones
parlamentarios, tanto demócratas como republicanos, se dan el gusto de tener la
oportunidad de actuar como halcones ávidos de negociados.
Entre los años
fiscales 2001 y 2004, los desembolsos para la defensa nacional, definidos
escuetamente en los informes oficiales del gobierno, se elevaron cerca de un 50
por ciento (aproximadamente un 40 por ciento tras el ajuste por inflación.) Este
arrebato continuo se encuentra al mismo nivel de las grandes concentraciones
militares de los años 60 y 80. La belleza de todo este exagerado dispendio
radica, por supuesto, en que cada dólar del mismo aterriza en el bolsillo de
alguien. Aquellos a los que les pertenecen esos bolsillos hacen una práctica del
ejercicio de la presión política en favor de un gasto militar creciente, y se
encuentran preparados para compensar de distintas formas, algunas legales y
otras no, a los políticos y burócratas que dirigen el dinero hacia su
camino.
La obtención de bienes y servicios de parte de contratistas
privados ha sido el rubro central en el incrementado gasto militar de los años
recientes. En el ejercicio fiscal 2000, los diez principales contratistas
recibieron en conjunto selectos contratos por $50,6 mil millones; tan sólo tres
años más tarde, en el ejercicio fiscal 2003, obtuvieron $82,7 mil millones—un
aumento del 63 por ciento (bien por encima del 50 por ciento incluso tras un
generoso ajuste por inflación).
Lockheed Martin, Boeing, Northrop
Grumman, General Dynamics, y Raytheon son los muchachotes del barrio por estos
días, pero en caso de que alguien piense que un colega más pequeño no puede
aspirar a jugar en esta categoría, dejemos que Halliburton sirva como un
inspirador ejemplo en contrario.
Allá por el ejercicio fiscal 2001, esta
compañía ocupaba el puesto 37º entre los principales contratistas del
Departamento de Defensa. Gracias a la guerra y al pie en la puerta que
Halliburton posee como experta en la atención de campos petroleros y como
proveedora de alimentos para las tropas en Irak y sus entornos, la empresa
escaló hasta el puesto 7º en la tabla de posiciones en el año fiscal 2003, con
contratos primordiales en ese año valuados en $3,9 mil millones. Además, incluso
este éxito empresarial extraordinario pareciera no haber sido otra cosa que un
trampolín para logros mayores. Para finales de 2004, los contratos de
Halliburton por tareas en Irak habían acumulado aproximadamente $10,8 mil
millones, con más por hacer aún.
No obstante el suceso que Halliburton,
Bechtel, Dyncorp, y otros “viejos muchachos” contratistas de servicios han
logrado en conexión con la guerra de Irak, el dinero militar realmente grande
aún se canaliza hacia los proveedores de destellantes plataformas de armamentos
y de bienes relacionados: aeronaves, cohetes, embarcaciones, tanques y otros
vehículos de combate, satélites y comunicaciones y otro equipamiento
electrónico, junto con software, mantenimiento, entrenamiento y actualizaciones
para los productos previos. En esta arena de amiguismo institucionalizado,
emergen los muertos vivos del cementerio de la Guerra Fría para rondar por los
salones del Congreso siempre que los subcomités de apropiaciones para la defensa
se encuentran en sesión. Usted podría preguntarse cómo los militares emplearán,
digamos, un avión de combate F/A-22, un bombardero B-2, o un submarino de ataque
SSN-774 para protegerlo de un maletín nuclear o de una ampolleta de ántrax
deslizados en el país junto con los numerosos cargamentos de bienes de
contrabando que ingresan sin ser vistos por los agentes gubernamentales. Pero no
importa; sólo sigamos repitiendo: hay una conexión entre la Guerra contra el
Terrorismo y los cientos de miles de millones que están siendo gastados en
armamento inservible de la Guerra Fría. Es importante para el Congreso, el
Pentágono, y los grandes contratistas que usted haga esta conexión.
Al
igual que los soldados cristianos (con un designio divino) que marchan hacia la
guerra—en este caso, es más que una metáfora—a fin de mitigar las tribulaciones
del “Pueblo escogido de Dios” respecto de los vecinos hostiles de Israel o para
acelerar la gloriosa mutilación del profetizado “fin de los tiempos,” basta con
decir que estos fundamentalistas trabajaron duro para llevar a la presidencia a
su hombre favorito, y tuvieron éxito al lograrlo. En verdad, uno difícilmente
pueda imaginar a un político nacional viable que estuviese más cerca de
satisfacer a este grupo de interés que George W. “Basado en la Fe”
Bush.
En síntesis, cuando nos preguntamos quiénes llevaron a los Estados
Unidos a la guerra en Irak (y los mantienen allí involucrados) y qué esperaban
ganar con ello esos individuos, apreciamos rápidamente que esta aventura ha
sido, y continúa siéndolo, un formidable éxito para todos ellos.
Sin
embargo, en vista de la muerte y destrucción sin fin que está siendo infligida
sobre el desventurado pueblo de Irak, para no mencionar a la colosal y creciente
cantidad de decesos, de heridos y de enfermos mentales entre los efectivos
estadounidenses en esos campos de la muerte mesopotámicos, bien podríamos
describir a esta aventura como un éxito catastrófico.
Robert Higgs es
Asociado Senior en Política Económica en The Independent Institute, autor de
Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del
journal académico trimestral, The Independent Review.