“La esencia del Thatcherismo consiste en oponerse al estatus quo y apostar por la libertad”, destacaba en sus necrológicas el Economist esta semana
LA AMÉRICA DE JIMMY CARTER estaba descontenta y en horas bajas, su economía estaba castigada por el estancamiento, su cuerpo diplomático era rehén de Teherán y su confuso presidente estaba perdido ante un imperio soviético en apariencia imparable. “Enfermedad” era la palabra en boga, y a la simple pero devastadora pregunta de Ronald Reagan –“¿Está usted mejor ahora que hace 4 años?” — los estadounidenses respondieron de forma aplastante: No.
Pero el pesimismo era mucho peor en Gran Bretaña, un caos fiscal y moral que recibía el sobrenombre de “el enfermo de Europa“. Asfixiada por el socialismo del Partido Laborista, paralizada por las huelgas del sector público y aplastada bajo unos impuestos altos y una inflación superior al 10%, Gran Bretaña atravesaba horas visiblemente bajas a nivel nacional y en el extranjero era cada vez más irrelevante. Ese país desmoralizado y debilitado acudió en 1979 a Margaret Thatcher, enviándola al número 10 de Downing en lo que resultaría ser el mandato más longevo que ha tenido ningún primer ministro británico del siglo XX.
De la confianza en sí misma, la ambición y las opiniones firmes de Thatcher, nunca pudo haber grandes dudas. ¿Pero quién habría predicho que no sólo iba a sacar del agujero al país, sino que lo devolvería a la grandeza? ¿Quién vaticinó que esta hija de un tendero de Grantham se convertiría, junto a Winston Churchill, en uno de los dos grandes estatistas británicos del siglo XX?
“No soy político de consensos“, le gustaba decir a Thatcher. “Soy político de convicciones“. Esas convicciones estaban claras, y dieron un dramático vuelco a la historia de Gran Bretaña. Thatcher estaba convencida del capitalismo y de la libertad, de recompensar a los que corrían riesgos y de alentar a los que tenían iniciativa, de los impuestos bajos y de la propiedad privada. Amaba a su país, adoraba la civilización anglo-americana y despreciaba el apaciguamiento. Sentía un rechazo visceral al comunismo y rechazaba a los partidarios del acomodo que consideraban el apogeo soviético — y el lento declive de Occidente — la realidad de la vida.
“La esencia del Thatcherismo consiste en oponerse al estatus quo y apostar por la libertad“, destacaba en sus necrológicas el Economist esta semana. “Pensaba que las naciones solamente serían grandes si los individuos eran libres. Sus luchas tenían un hilo conductor: el derecho del individuo a llevar su vida todo lo libre de la gestión al milímetro impuesta desde el Estado que sea posible“. Eso también era la esencia del Reaganismo.
Décadas más tarde, puede parecer evidente que Thatcher y Reagan tenían razón — que se podía ganar la Guerra Fría, que la democracia liberal no era una causa perdida, que el libre mercado es imprescindible para la prosperidad nacional. Pero por entonces no se consideraba evidente.
En 1983, el filósofo francés Jean-Francois Revel publicó Cómo mueren las democracias, una influyente obra que afirmaba de forma melancólica que el libre mercado carecía de la fortaleza y el dinamismo necesarios para imponerse a sus enemigos a largo plazo. “A lo mejor ha sido un accidente de la historia de la democracia, un breve paréntesis que se cierra ante nuestros propios ojos“, escribe Revel. “El comunismo es una mejor maquinaria de conquista mundial que la democracia, y esto es lo que va a decidir el resultado final del enfrentamiento“.
Thatcher y Reagan rechazaban con desprecio esas opiniones, y eran objeto del escarnio de sus rivales como tontos, belicistas o cosas peores. Un diputado Laborista llamó a Thatcher “la vieja chocha“; Reagan era notoriamente despreciado como “el tonto simpático“. En 1985, la Universidad de Oxford se negó a conceder a Thatcher una distinción emérita, la primera vez en décadas que un primer ministro educado en Oxford era apuñalado así.
Otros líderes se habrían venido abajo ante tanta hostilidad. Hizo falta una infrecuente fortaleza por parte de Thatcher para invertir lo asentado del socialismo británico, y un considerable temple para ir a la guerra cuando Argentina se hizo con las Malvinas. Ni Reagan ni ella tenían garantías de que Occidente fuera a triunfar en la Guerra Fría. Lo que sí tuvieron es la claridad moral para entender que podía triunfar — y que si ellos no cedían, si no cejaban de llamar al mal por su nombre, podían cambiar a mejor el mundo.
Derrotistas y pesimistas siempre ha habido entre nosotros. Puede resultar nocivamente tentador imaginar a veces que nuestros problemas están demasiado instalados para poder ser corregidos, que la erosión ha llegado demasiado lejos para invertirse, que nuestros enemigos son demasiado fuertes para poder ser derrotados. Pero la historia no está decidida de antemano. La “Enfermedad” puede dar paso al “Amanecer de América“. El “enfermo de Europa” puede recuperar la salud.
Además de todo lo que lograron, Thatcher y Reagan nos recuerdan que las cosas pueden cambiar a mejor, y que los grandes líderes saben cambiarlas. Que Gran Bretaña y América iban a revivir de la tónica deprimente de la década de los 70 no era algo predestinado. Pero los votantes de ambos países eligieron a líderes de convicción, no de consenso. Eso marcó una diferencia extraordinaria, e hizo muchísimo bien.
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