El sainete castrista es penoso y dramático. Efecto de un poderoso engaño que sumergió a la isla en una lamentable privación y la hizo parte de valores engañosos mientras los revolucionarios se transformaban en dictadores.
Editorial
No hace mucho, Guy Sorman enumeraba los problemas económicos de la India sosteniendo que el principal impedimento era la necesidad de pedir licencias para desempeñar cualquier actividad. Estas licencias eran concedidas por el Estado que tenía la potestad de determinar si las entregaba o no.
El régimen de licencias producía –y aún produce- una cadena fenomenal de corruptela que hace sumamente oneroso iniciar cualquier empresa. La economía india se veía enrollada en un espiral de permisos discrecionalmente asignados que inhibía el espíritu de empresa. Así y todo, los indios consideraban que crecer al 3% era más que suficiente porque era un crecimiento superior al de la población. Así estuvieron, señala Sorman, más de 40 años.
Pues bien, en Cuba todo es mucho más descabellado. Raúl Castro ha lanzado una ley que amplía la edad jubilatoria porque, dice, hay problemas de productividad. Porque la gente ya no se aplica como debería en el trabajo y esto impide que la isla florezca económicamente o, al menos, que no se derrumbe. Esto podría atribuirse a un episodio de ciencia ficción si no hubiese sido publicado en la gaceta oficial.
El régimen atribuye a la falta de un período más prolongado de tiempo en el trabajo las deficiencias productivas. Interpreta que estos son lujos que la población no puede darse y que es hora de contribuir. Pero omite señalar, claro está, que el Estado controla casi el 100 por ciento de las actividades y que los sueldos que paga a cada empleado no superan los 20 pesos cubanos. Esto sin hablar de las innumerables pruebas de fidelidad que un emprendedor debe superar si desea comenzar una actividad.
Pues así las cosas, Castro (Raúl) emprende su revolución. No hace mucho pidió a sus ciudadanos ajustarse el cinturón para superar la crisis. Una afirmación que los disidentes no pudieron calificar más que como “irónica” y “disparatada”. Uno de ellos dijo que ya no había agujeros a los que apelar para estrechar las debilitadas barrigas.
El sainete castrista es penoso y dramático. Efecto de un poderoso engaño que sumergió a esa isla, a sus habitantes, en una lamentable privación y los hizo parte de una reafirmación de valores engañosos mientras los revolucionarios se transformaban en dictadores. Todo patéticamente planificado por Castro que no tuvo otra virtud más que la de controlar las armas y ejercer de caudillo emancipador.
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