La pasada semana se cumplió un año del triunfo del Scottish National Party (S.N.P) en las elecciones autonómicas escocesas por un escaño de diferencia sobre el Scottish Labour Party. Desde entonces, los nacionalistas han gobernado en minoría en el otrora bastión laborista, al mismo tiempo que esta formación ha visto como su crisis parece no tener final, extendiéndose por todos los niveles (local, autonómico y estatal) de gobierno.
El S.N.P tiene como finalidad la independencia de Escocia y la constitución de un Estado propio, objetivo éste al que históricamente se han opuesto los conservadores (en especial, durante los años de John Major) y los laboristas. Éstos, tras su triunfo en las generales de 1997, se convirtieron en los adalices de una suerte de unionismo modernizado, en función del cual, defendían el restablecimiento del Parlamento en Escocia, como forma de organización política que permitiera a sus habitantes gestionar mejor sus asuntos domésticos, pero en ningún caso como el paso previo a la independencia.
Con la llegada al poder en Edimburgo de los nacionalistas, la palabra que más ha sonado en el ambiente político escocés ha sido “independencia” e iba a asociada a otro concepto: referéndum. Esta es la estrategia que baraja el S.N.P, convocar una consulta popular en principio para 2010 y en su defensa estaban solos hasta que la semana pasada la líder del laborismo en Escocia, Wendy Alexander, pidió la celebración de un referéndum, cuando dos meses antes se había opuesto a ello.
¿Se ha convertido en criptonacionalista la citada política?, ¿es un ejemplo más de que el Laborismo no tiene ya programa político propio y trata de asimilarse al nacionalismo para recuperar el poder en su antiguo fortín?, ¿se trata de una maniobra para desacreditar al S.N.P utilizando sus mismas armas? Sin duda, de las tres opciones planteadas, la tercera de ellas es la que ha guiado el modus operandi de la señora Alexander, pues sabe bien que si convoca un referéndum, ganará la postura que ella y su partido defiende: no a la ruptura del Reino Unido. Al mismo tiempo que dejará en el mayor descrédito político al nacionalismo que verá como es incapaz de realizar su gran objetivo.
De la misma manera, si se convoca la consulta, ello obligará a que el actual gobierno de Alex Salmond centre en ella todas sus energías, descuidando las tareas propias para las que fue elegido, en especial aquellos problemas que más preocupan al electorado escocés como el paro, la vivienda o el crecimiento económico… y todo ello con la amenaza en el horizonte de una derrota, que si se hace realidad como es previsible, sumiría (una vez más) al S.N.P en una de sus crisis periódicas a las que nos tiene tan acostumbrados.
Sin embargo, pese a lo astuto de la medida, no es menos cierto que las consecuencias intralaboristas pueden ir mucho lejos de lo que haya podido vaticinar Alexander puesto que son muchos y muy importantes los que en su partido se oponen al referéndum, empezando por el que fuera Primer Ministro de Escocia Henry McLeish.
En definitiva, el contexto político británico sigue produciendo noticias de impacto mayúsculo cada semana y casi siempre vinculadas al laborismo, quien para hacer frente a la crisis de identidad por la que atraviesa tras la salida de Blair, no duda en apostar por medidas que van en contra del corpus teórico y político recientemente defendido.
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