Economía y Sociedad, Política

La tarea del gobierno: afrontar el desarrollo

Pablo de San Román

Una de las enseñanzas que dejó la década del 90 es que perfectamente es posible crecer sin desarrollo. Es decir, experimentar un tipo de crecimiento disociado del progreso general y de una verdadera transformación productiva. Los inicios fueron pragmáticos en el control de la inflación y en una cierta vocación de cambio estructural; la relación de precios estable y la moneda fijada a un compromiso cambiario inamovible. Estas pautas, juntos a las privatizaciones y a la llegada de capital, sostuvieron una etapa radical en cuanto a transformaciones y decisiva en cuanto al futuro.


 


Los balances eran propicios. El mercado financiero había experimentado una importante diversificación y la llegada de la banca externa abría un nuevo panorama en el circuito financiero nacional. A ello se sumó un apoyo irrestricto de la principal potencia mundial y una consideración especial por parte de los organismos internacionales. Todo estaba dado, al menos en las circunstancias, como para pensar en un cierto camino hacia el progreso. ¿Qué pasó entonces? ¿Qué produjo la tremenda frustración posterior y el detonante de la crisis siguiente?


 


Pues dos hechos pueden mencionarse prioritariamente: la desvinculación de todo el proceso de las bases de la sociedad; y la evidente incapacidad por reformar un modelo que había cumplido su objetivo –reestablecer la estabilidad- y que exigía una renovación profunda. Los saldos positivos de aquella primera etapa (de controles y austeridades presumidas) terminaron por cegar el paso a las reformas, y constituirse en fines en sí mismos. La tarea del desarrollo quedó relegada por la euforia precipitada de la estabilidad.


 


Argentina no se desarrolló. Desarrolló algunos sectores favorecidos con el cambio y conmovió unas estructuras obsoletas que mantenían a la economía, y a la sociedad, en el atraso más desgraciado. Las modernizaciones sirvieron para comprobar la utilidad de ciertas medidas (la liberación de las fuerzas del mercado) y para probar una estrategia transformadora (desde el punto de vista político). Pero resultaron insuficientes para promover una verdadera instancia de desarrollo.


 


Las euforias fueron irrespetuosas de un principio fundamental de la economía actual: el crecimiento por desequilibrios. Es decir, la búsqueda constante de riqueza, generalmente por sectores, hasta encaminar la economía en un sendero de crecimiento sostenido. Estas pautas (defendidas muy bien por Albert Hirschman) tienen como propósito evitar el predominio de un sector sobre otro, y favorecer la competencia de todas las partes de la economía. Es decir, buscar una integración dinámica.


 


El segundo principio desconocido fue el más tradicional efecto de “destrucción creativa”. Es decir, cambiar para evolucionar. Transferir a los agentes más dinámicos de la sociedad, los emprendedores, la iniciativa privada, el peso de la innovación y el desarrollo. La sociedad, admirada por las facilidades del cambio fijo, resignó su papel más importante. Nada es más fácil, hubiese dicho Prebisch, que satisfacer la inclinación al consumo. Nada más difícil que enderezarla hacia la producción.


 


Éste es, una vez más, el fundamental desafío del gobierno. El panorama es centralmente opuesto. Las épocas distintas y los contextos diferentes. El desplome del 2001 produjo una conmoción e inflingió un nuevo daño a la sociedad. La variación inexplicada y la incertidumbre estructural produjeron un sismo en cuanta institución estable quedaba en el país. Sin embargo los contextos fueron favorables, el país resistió (sus instituciones políticas funcionaron), y a la debacle se opuso una nueva oportunidad. El costo de aquella rigidez (transformada en desidia) fue el acostumbrado en América Latina: el aumento de la pobreza.


 


Hoy Argentina figura entre los que más crecen en el panorama regional. Favorecida por una escala oportuna de precios externos, y estimulada por un mayor dinamismo en sectores del consumo, el país recuperó una iniciativa inusual para su tiempo. Crece y esto alimenta las expectativas de las personas. Produce una ilusión desacostumbrada y genera el deseo de que no se termine. De que persista en el tiempo como sucede en los países avanzados. Y ésta es, precisamente, la responsabilidad más importante, y más delicada, que tiene el gobierno entre sus manos.


 


La presión es hacia delante. Hacia una disección entre lo que resulta y lo que actúa de pesada carga. Dos consideraciones son fundamentales aquí: trabajar por la seguridad y estabilidad de la sociedad (en su fuerza de progreso) y asumir el compromiso de las más comprometidas transformaciones restantes. No hay espacio, en  la carrera del desarrollo, para la demagogia. No hay espacio para el desperdicio de los avales. El crecimiento y la paz política constituyen las dos condiciones esenciales del progreso en el siglo XXI. Argentina las tiene providencialmente. Desperdiciarlas constituiría una necedad.

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