La defensa de Europa frente al terrorismo islámico ha sido abandonada en América: los gastos americanos en defensa en función de tanto por ciento del Producto Interior Bruto son del 4,1% en comparación con el 1,8 por ciento de la UE.
Joseph Puder
El 25 de marzo se cumplía el 50 aniversario de la firma del Tratado de Roma, el cual dio a luz a una Europa unificada. El 25 de marzo de 1957, seis países europeos — Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo — resolvían dejar atrás su sangriento pasado y pasar página en la historia europea.
En apenas dos generaciones, han tenido éxito en sentidos que nunca podrían haber imaginado. El nacionalismo extremo de Europa que produjo el Nazismo y el Fascismo cedió el paso al extremo opuesto: una Europa feminizada que aborrece el uso de la fuerza. Tal nacionalismo, como permanece en Europa, puede encontrarse en el campo de fútbol, donde las banderas nacionales son ampliamente enarboladas y el orgullo étnico celebrado.
Este nuevo pacifismo europeo se presume es la reacción a la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Irónicamente, en los últimos años, el antisemitismo de Europa — disfrazado en ocasiones como “antisionismo” — ha alcanzado máximos nunca vistos desde los años treinta. Francia, la cuna del “liberte, e´galite, fraternite ou la mor!”, se ha convertido en un hogar hostil para los judíos. Mientras que el odio y la violencia de hoy proceden en gran medida de inmigrantes islámico-árabes, el hecho sigue siendo que los judíos franceses, junto con los judíos de los países restantes de Europa Occidental, ya no se sienten seguros en el continente que una vez conspiró para asesinar a sus correligionarios.
Los europeos, se dijo, quedaron avergonzados por su brutalidad, su intolerancia religiosa y su racismo. Pero en lugar de apoyar y sustentar a Israel, una democracia homóloga levantada sobre las cenizas del Holocausto, los europeos dirigieron su culpa y su vergüenza cortejando al mundo árabe y musulmán. Israel es demonizado y vilificado por la prensa europea. Los gobiernos de la Unión Europea han adoptado un curso claramente proárabe, convirtiendo a los palestinos en el objeto de su afecto.
Algunos en la UE habrán olvidado el Plan Marshall y cómo América salvó al continente de la ruina económica y el control político de la Unión Soviética. Las acciones de Francia y Alemania en los últimos años, su oposición antiamericana a la guerra de Irak en particular, son buena indicación de esto. La izquierda política de Europa viene mostrando mayor solidaridad con los enemigos de América que con Estados Unidos. La prensa europea califica a Estados Unidos en general y la administración Bush en particular como “el enemigo público número uno”. Vaya con la gratitud europea.
Mientras tanto, los burócratas de la UE como Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, se felicitan a sí mismos: “En 50 años, Europa ha pasado del desconcierto político y el desorden económico a un alto grado de integración económica y monetaria y se ha convertido en el ejemplo mundial de la cooperación política pacífica”, observaba Trichet recientemente en el Wall Street Journal. “El pueblo de Europa puede sentirse orgulloso de esta metamorfosis. Superando todas las dificultades, los líderes con visión, poniendo cimientos sólidos, han llevado a Europa aún más lejos”.
El autobombo de Trichet es sin embargo prematuro. Considere el coste social que la integración europea ha impuesto a las sociedades europeas. La religión, el cristianismo en especial, que dio a Europa sus valores y orden, has sido descartado (excepto en Irlanda) y reemplazado con un ethos socialista “humanista”. Este ethos se refleja en la negativa tasa de natalidad se pronto al reafirmará otro ethos europeo negado desde hace mucho tiempo: a saber, la disposición de los europeos a abandonar Europa en manos de hordas islamistas que lenta pero seguramente desbordan al continente. Al mantra de la mentalidad apaciguadora de los europeos durante la Guerra Fría — “mejor rojos que muertos” — podría suceder de pronto un nuevo eslogan: “mejor musulmanes que muertos”.
Los europeos luchan por conservar sus vacaciones — la temporada anual de vacaciones de Italia es de 42 días, 37 en Francia y 35 en Alemania — pero no se defenderán frente a los enemigos islamistas de hoy. La defensa de Europa frente al terrorismo islámico ha sido abandonada en América: los gastos americanos en defensa en función de tanto por ciento del Producto Interior Bruto son del 4,1% en comparación con el 1,8 por ciento de la UE. Hace apenas unos cuantos años, cifras significativas de ancianos parisinos fallecían durante una ola del calor veraniego mientras sus hijos estaban de vacaciones en la Cote d´Azur. Si los europeos no luchan por su pasado (sus progenitores) ni su futuro (su descendencia), uno se ve obligado a preguntarse: ¿por qué lucharán?
Una sociedad sana pretende garantizar su futuro demográfico. En la Europa de hoy, sin embargo, las tasas de natalidad de los europeos originarios se encuentran por debajo de la tasa de reemplazo, una tendencia que, de continuar, garantizará la desaparición definitiva del continente. En las escuelas públicas de toda la UE, Bélgica y Francia en especial, los inmigrantes musulmanes suponen ya más del 50% del cuerpo estudiantil. Y con las tasas de natalidad musulmanas en la UE en expansión, es probable que Europa sufra un cambio demográfico dramático en cuestión de una generación o dos. En las mezquitas radicales de toda Europa, se predica el triunfo definitivo del islam en Europa.
La clase intelectual de Europa prefiere fijarse en el lado positivo. Según el historiador de Oxford Timothy Garton Ash, “La Unión Europea es el ejemplo más exitoso de cambio pacífico de régimen de nuestro tiempo… en cada rincón del continente, la mayor parte de la gente está mejor y es más libre de lo que no estuvo hace medio siglo”. Mientras que eso puede ser cierto, es igualmente correcto citar la declaración del Primer Ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker: “la UE no se encuentra en una crisis. Se encuentra en una profunda crisis”. También acechando al presunto éxito de la UE se encuentra que el rechazo a la Constitución europea por parte de los votantes franceses y holandeses en el verano del 2005, que puso punto y final a los planes de mayor integración política europea.
Jacque Delors, presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1994, ha observado, “no existe ningún sueño y ninguna visión que estimule a la ciudadanía europea de hoy en el sentido en que la reconciliación y el final de la guerra lo hacía hace 50 años. La mayor parte de los líderes de ahora dedican su tiempo a atacar a Bruselas y todo su trabajo”. Un motivo es el pobre avance económico de las grandes economías europeas, los llamados “estados motor” como Francia, Alemania o Italia. Una tasa de paro obstinadamente elevada, un lento crecimiento del PIB y crecientes gastos sociales, sobre todo en los inmigrantes no productivos, han echado a perder el entusiasmo de mayores expansiones de la UE más allá de sus 27 estados (siendo la entrada más reciente Bulgaria con Rumania en el 2007).
En última instancia, no obstante, el éxito o el fracaso de la UE debe medirse en función de algo más que estadísticas económicas. Los problemas sociales de Europa hoy son, en algunos sentidos, peores que en la América pre-derechos civiles. Las poblaciones musulmanas inmigrantes, alcanzando los 20:30 millones, no pueden ser asimiladas, y no hay nada que les impida buscar la implementación de la ley islámica en Europa y convertir este continente infiel en parte del dominio del islam. Mientras celebran el 50 aniversario de la unificación europea, los europeos harán bien en considerar que el continente podría no sobrevivir a otros 50 años.
Joseph Puder es director de la Interfaith Taskforce y columnista del Evening Bulletin.