“La condena de la directiva terrorista de la Jihad Islámica que operaba fuera de Estados Unidos desde 1984 carece de precedentes en alcance y magnitud. En 50 cargos (166 páginas), revela con fascinante detalle las conversaciones internas, discusiones, la planificación y la financiación encubierta de una de las empresas terroristas más criminales del mundo”.
Seguridad
La condena de la directiva terrorista de la Jihad Islámica que operaba fuera de Estados Unidos desde 1984 carece de precedentes en alcance y magnitud. En 50 cargos (166 páginas), revela con fascinante detalle las conversaciones internas, discusiones, la planificación y la financiación encubierta de una de las empresas terroristas más criminales del mundo. Descubre un mundo que nunca lograremos ver: cómo se crea, mantiene, financia y coordina una empresa terrorista desde la seguridad de Estados Unidos.
Desde cómo publicar circulares de prensa a favor de las operaciones suicida hasta argumentar cómo eran empleados sus fondos por las facciones de la Jihad Islámica, la condena – con 19 años de retraso – muestra un elemento clave del éxito de los terroristas islámicos a la hora de presentarse en el corazón de Occidente: la capacidad de engañar al público, a los medios y al gobierno, retratándose a sí mismos como parte del mosaico étnico plural de América.
La Jihad Islámica tenía su cuartel general oficialmente en Damasco, Siria, pero la condena deja claro que su CEO era un profesor de la Universidad del Sur de Florida en Tampa, Sami Al-Arián – que gestionaba los mecanismos de terror bajo el aspecto externo de estar gestionando tres entidades de apariencia inocente: un instituto académico musulmán, un grupo de ayuda humanitaria palestino y un centro islámico religioso. Como las pruebas de ayer dejan prístinamente claro, Al-Arián y compañía utilizaron estas entidades como tapadera perfecta para manejar un grupo terrorista violento que ha matado a más de 100 civiles, dos americanos incluidos.
La condena contiene conversación tras conversaciones de Al-Arián conspirando con líderes de la Jihad Islámica de fuera de Estados Unidos para coordinar y financiera el grupo Jihad Islámica. En 42 estados: “Los miembros de la empresa, al tiempo que ocultaban su asociación con la YIP [Jihad Islámica Palestina], intentarían e intentaron obtener el apoyo de particulares influyentes en Estados Unidos bajo el pretexto de proteger y promover los derechos árabes. Los miembros de la empresa harían e hicieron falsas declaraciones y alteraron hechos ante los representantes de los medios con el fin de promover los fines de la YIP”.
Allá por 1994, produje y divulgué “La jihad en América”, un documental de la PBS que denunciaba la célula secreta de la Jihad Islámica que Al-Arián gestionaba desde Tampa. Entrevisté a Al-Arián – que por supuesto, negó cualquier afiliación terrorista. Pero el documental también revelaba declaraciones de Al-Arián en defensa del terrorismo, la existencia de publicaciones de la Jihad Islámica distribuidas desde su oficina, el uso de su instituto académico como tapadera para la Jihad Islámica y videos reales de conferencias terroristas de la Jihad Islámica que él organizaba en Estados Unidos.
Virtualmente cada grupo islámico de “derechos civiles” – creado con la misma astucia que fomentó el éxito de la organización de Al-Arián – respondió clamando que estábamos “atacando el islam” y que estábamos estereotipando a todos los musulmanes. Ese patrón de deferencia hacia el terrorismo fue repetido ayer tras la publicación de la condena.
Ocultos tras una delgada capa de promoción de los derechos árabes y musulmanes, estos grupos reunieron partidarios impresionantes entre los medios, el Congreso y la élite intelectual, que se subieron al lema “Al-Arián es la víctima”, animando a continuación a salirse con la suya literalmente en el crimen.
La lista de sinvergüenzas que protegieron asidua y sistemáticamente a la empresa terrorista de Al-Arián incluye al entonces Republicano David Bonior, Martin Merzer, del Miami Herald, Sue Aschoff, del St. Petersburg Times e incontables otros.
Al-Arián tuvo tanto éxito en su engaño que fue invitado cuatro veces a la Casa Blanca, reuniéndose tanto con el Presidente Clinton como con el Presidente Bush.
Al final, Al-Arián tuvo éxito en su engaño gracias a exactamente la misma fórmula que obstaculizó que el FBI – disuadido por el temor a ser acusado de “fichado racial” – investigara a los mismos militantes islámicos que se entrenaban en academias de vuelo norteamericanas durante los meses previos al 11 de Septiembre. Esta fórmula se encuentra en el corazón de la vulnerabilidad occidental frente a grupos terroristas insertados en nuestro entorno. Al Qaeda y Hamas la utilizaron montando grupos “de derechos civiles islámicos” y organizaciones de caridad durante los años 90 – diseñadas para manchar con el epíteto genérico de “racismo” a cualquiera que denunciara su conexión terrorista secreta.
El Departamento de Justicia demostró que los Estados Unidos no iban a sentarse tranquilamente y permitir que este engaño criminal continuase. Las democracias sólo actúan, dijo una vez un político británico, cuando hay sangre en la calle. Durante los diez últimos años, ríos de sangre han inundado Tel Aviv, Jerusalén, Nueva York y Washington. Desafortunadamente, la fachada terrorista, aunque dañada por la condena de ayer y la serie de un par de eficaces golpes del contraterrorismo post-11 de Septiembre por la administración Bush, sigue siendo vibrante en los Estados Unidos.
Los terroristas nos llevan más de diez años de ventaja. Si somos capaces de disipar verdaderamente su infraestructura en el futuro o no, dependerá de la respuesta que está próxima.
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