Política

Los “valores familiares” del Partido Republicano

El debate radiofónico se había detenido en las posibilidades presidenciales del antiguo portavoz de la Cámara, Newt Gingrich. En directo había una mujer que se describía como conservadora religiosa y Republicana. “Nunca podría votar a Gingrich”, estaba diciendo. “Si no pudo mantener sus votos matrimoniales, ¿cómo podemos confiar en que mantenga su juramento del cargo?”

Jeff Jacoby
Acostúmbrese: puede que escuche ese tipo de cosas un montón en los próximos meses.

Hace 15 años era un Demócrata, el gobernador Bill Clinton, cuyos devaneos maritales fueron objeto de escrutinio en el curso de la campaña electoral. Seis años más tarde, el entonces Presidente Clinton era derogado por los Republicanos de la Cámara por mentir bajo juramento acerca de lo que con el tiempo fue su “inapropiada” relación con una interna de la Casa Blanca.

Otra carrera electoral presidencial está en marcha, y de nuevo el comportamiento marital atrae atención. Esta vez son los valores familiares de los Republicanos los que están en duda. De los candidatos del Partido Republicano importantes — Gingrich, Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York; el Senador John McCain, y Mitt Romney, antes gobernador — solamente Romney está casado con su primera esposa. McCain lleva su segundo matrimonio; Gingrich y Giuliani, el tercero. Cada uno tuvo un lío con la mujer que ahora es su esposa mientras estaba casado con otra.

El primer matrimonio de McCain terminó hace más de 25 años, pero las complicaciones familiares de Giuliani y Gingrich siguen saliendo en las noticias. El mes pasado, Giuliani y la esposa número 3 posaban para una fotografía de prensa mientras intercambiaban un beso íntimo. No mucho después, el hijo de Giuliani, Andrew, anunciaba que no tomaba parte en la campaña de su padre, dejando claro que la familia sigue separada por el amargo y muy público abandono de la esposa número 2 por parte del exalcalde — la madre de Andrew, Donna Hanover. A comienzos de este mes, Gingrich se presentaba en directo con James Dobson, un cristiano conservador, y confesaba que había engañado a su exesposa. Preguntado si “los rumores de que había estado envuelto en una relación adúltera a la vez incluso que la derogación de Clinton estaba en curso eran ciertos”, Gingrich respondió: “Bien, el hecho es que la respuesta honesta es sí”. Dobson siguió presionando, preguntando si Gingrich estaba arrepentido. “Absolutamente”, respondía Gingrich. “He vuelto a Dios y me he puesto de rodillas y rezado… y buscado el perdón de Dios”. ¿Cuánto de esto quieren los americanos? ¿Son relevantes los matrimonios, divorcios o aventuras extramatrimoniales de los candidatos para su aptitud para un cargo político? La confesión puede ser buena para el alma, pero ¿es buena para la política presidencial?

Por supuesto, los votantes son libres de comparar a los políticos mediante cualquier rasero que elijan. Pero cuando la conversación se detiene en los devaneos sexuales, vale la pena mantener en mente unos cuantos principios. En primer lugar, la fidelidad marital no tiene nada que ver con el liderazgo político. Conveniente como sería que el comportamiento adúltero fuera un indicador fiable de la aptitud presidencial, la historia no lo confirma. Franklin Roosevelt tuvo amantes y John F.

Kennedy era aficionado a las aventuras, pero ambos fueron mejores líderes políticos que maridos tan fieles como Jimmy Carter o Richard Nixon. Desde el Rey David hasta Martin Luther King, abundan los ejemplos de ilustres líderes públicos que fueron graves pecadores en privado. El hecho empírico es que un escandaloso pastor religioso podría resultar ser un presidente ejemplar. En segundo lugar, el comportamiento público cuenta más que el comportamiento en privado. Los votantes deberían dar más peso a lo que dice y hace un político en público que a sus palabras y obras en privado. Lo que más importa es si cumple los valores propios — no si en privado no respeta esos valores.

La sociedad civilizada no exige la perfección humana y la consistencia. Exige que seres humanos imperfectos, cualquiera que sean sus fallos, ilustren la distinción entre lo bueno y lo malo, y sostengan una arquitectura social de estándares morales compartidos. Un hombre que critica públicamente a un presidente adúltero mientras que en secreto tiene una aventura propia — como hizo Gingrich en 1998 — puede ser un hipócrita, pero no ha minado el código público que condena el adulterio y celebra la fidelidad marital.

En contraste, un hombre que hace espectáculo de su infidelidad y sale a la palestra para humillar públicamente a su esposa — como hizo Giuliani en el 2000 — se ha comportado de manera mucho más destructiva. No solamente ha violado las directrices morales de la sociedad. Las ha destruido por completo. En todas las franjas políticas hay santos y pecadores, y ningún partido tiene el monopolio de “los valores familiares”. Cuando la atención se centraba en las indiscreciones de Clinton, eso es algo que demasiados Republicanos tendieron a olvidar. Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe.

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