Política

McCain ha sorprendido a todos con su victoria… menos a los conservadores

Para los analistas, la crisis financiera había puesto al candidato republicano contra las cuerdas y lo había señalado como el perdedor más probable en el debate y las elecciones. Sin embargo, John McCain no sólo ha conseguido ganar a Obama sino que los televidentes, en su mayoría demócratas, han reconocido en un 60% de los casos que lo hizo mucho mejor de lo que esperaban.


Cuando un deportista está obligado a ganar porque su especialidad es la tierra batida, porque juega en su campo o simplemente porque su contrincante está atravesando un mal momento, el público no le perdona ni el empate ni una victoria pírrica. Barack Obama lo tenía todo a favor y, sin embargo, no lo ha concretado en nada.

Muchos comentaristas políticos han querido echar la culpa de la crisis financiera al Partido Republicano. La idea es que la Casa Blanca de Bush ha desatado la desregulación de los bancos y que ésta ha llevado necesariamente al estallido de una burbuja. No es cierto, porque la ley que impulsó esa desregulación se promulgó en 1999 y durante el mandato de Bill Clinton. No es cierto, pero al repetirlo tantas veces la opinión pública se lo había empezado a creer.

Así McCain llegaba listo para que Obama lo arrollase con un verbo ágil y la seguridad de quien no ha tomado ninguna decisión económica importante en el Senado de los Estados Unidos frente a un oponente que las ha tomado casi todas en los últimos veinticinco años. Pero ocurrió algo completamente inesperado.

En economía el candidato conservador se mostró fiel al legado de Reagan. Tenía sentido una vez más reducir los impuestos de las empresas para atraerlas a Estados Unidos, recortar el gasto público para que Washington no volviera a invadir la vida de la gente sin necesidad y aumentar la liberalización del sistema sanitario para que las familias, y no el Estado, eligieran sus propios médicos. Obama se había creído lo que decían los comentaristas y su paseo triunfal sobre el heredero de Bush se convirtió en una situación de clara impotencia frente al heredero de Reagan.

En política exterior John McCain sacó ventaja, porque conocía los problemas internacionales de primera mano. En este ámbito se mostró especialmente duro con Obama sugiriendo repetidamente que la inocencia de su adversario no era sólo una muestra de superficialidad sino algo peligroso cuando se negocia con Irán o Corea del Norte. Obama, a la defensiva, demostró tener un discurso sólido y serio pero menos convincente y profundo que el de McCain.

Tan a la defensiva estaba el senador por Illinois que nombró como fuente de autoridad a uno de los personajes más satanizados por los demócratas: Henry Kissinger. Afirmó sin titubeos que Kissinger y él apostaban por mantener un diálogo sin condiciones con el régimen de los Ayatolas. McCain respondió que no se lo había escuchado en más de 35 años de amistad. El senador por Arizona bromeó sobre ello y el auditorio estalló en una carcajada.

Hubo también espacio para otra anécdota. Barack Obama quiso  desacreditar a su rival diciéndole que no estaba dispuesto a mantener buenas relaciones con un miembro de la OTAN como España. El candidato no se lo tomó muy en serio y le matizó que no prepararía su agenda presidencial hasta que llegase a la Casa Blanca.

El resultado, la ajustada victoria de  McCain, sorprendió sobre todo a los demócratas, que no daban crédito a lo que estaba ocurriendo frente al televisor. El candidato republicano había aguantado el tipo frente a Obama en el tema económico y le había ganado en los asuntos de política internacional. Según la CNN, la mayoría de la audiencia tenía decidido su voto a favor del Partido Demócrata y el 60% reconoció que John McCain les había parecido mucho mejor de lo que esperaban.

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