Política

¿Quién puede detener el ascenso de China?

“China es (por utilizar la formulación que utilizaron cuando se tragaron Hong Kong) “un país, dos sistemas”. Por una parte, está la China por la que el mundo habla con efusión – de la central económica que fabrica casi todo lo que hay en su casa. Por la otra, está la China oficial, en gran medida sin reconstruir”.

Mark Steyn
Hace setenta años, en los
días de Fu Manchú y Charlie Chan, cuando el inescrutable Oriente mantenía
un atractivo férreo en la cultura Occidental, Erle Stanley Gardner escribió un
pasaje en el curso de un relato corto: “El chino con dinero construye su casa a
semejanza astuta de la pobreza externa. En Oriente, uno puede buscar mansiones
en vano, a menos que tenga acceso al interior privado. Las entradas de la
calle siempre dan la impresión de congestión y pobreza, y las líneas de
arquitectura son seguidas cuidadosamente para que ni un resquicio de la propia
mansión sea visible por encima de la prohibitiva fachada de lo que parece ser
una chabola escuálida”.


 


Bien, la mansión está bastante
abierta hoy. Confucio dice: Si lo conseguiste, alardea de ello, baby. China es
el destino de vacaciones predilecto para los británicos de clase media; los
empresarios occidentales vuelven murmurando con admiración acerca de la calidad
del WiFi en los Starbucks de las recepciones de sus hoteles Guangzhou; siluetas
brillantes ascienden cada vez más alto desde las ciudades costeras, mientras
flotas de BMWs cruzan junto a las tiendas de clase alta de las calles de
abajo.


 


La premisa de que este será “el
siglo asiático” es tan universal que Jacques Chirac (tomándolo prestado de
Harold Macmillan con respecto a JFK) se promueve a sí mismo como [la] Grecia de
la
Roma

de Beijing, y los muchos euro-fantaseadores del menos alocado The Guardian
excusan la esclerosis de
la UE con el argumento de que
probablemente nadie podría competir con el imparable ascenso del mamotreto
chino, que hacia la mitad del siglo habrá aplastado a América como la
cucaracha que es.


 


Hasta en Estados Unidos se oye el
grito: ¡Vaya al este, joven!. “Si fuera un joven periodista hoy, tratando de
figurarme dónde ir para cimentar mi carrera, iría a China”, decía Philip
Bennett, editor gerente del Washington Post, en una entrevista aduladora en el
Diario del Pueblo en Beijing algunas semanas atrás. “Creo que China es hoy el
mejor lugar del mundo donde ser periodista americano”.


 


¿De veras?. Dígaselo a Zhao Yan,
de la oficina de Beijing del New York Times, que fue detenido el pasado
septiembre y lleva retenido sin juicio desde entonces.


 


Lo que estamos viendo es una
inversión de lo que observó Erle Stanley Gardner: una astuta simulación de
riqueza y poder externos que, en la práctica, es una fachada prohibitiva de un
estado que continúa siendo una chabola escuálida. El [tal] Zhao del New York
Times no está solo en su sino: China encarcela a más periodistas que ningún otro
país del mundo. Ching Cheong, un corresponsal del Straits Times de Singapur,
desapareció en abril mientras buscaba copias de entrevistas no publicadas con
Zhao Ziyang, Secretario General del Partido Comunista, que perdió el favor tras
rehusar apoyar la masacre de
la
Plaza
de Tiananmen. Y, si así es como
trata el régimen a los representantes de las principales publicaciones globales,
puede usted imaginarse cómo será “el mejor lugar del mundo” para un periodista
[en el caso de los periodistas] locales.


 


China es (por utilizar la
formulación que utilizaron cuando se tragaron Hong Kong) “un país, dos
sistemas”. Por una parte, está
la
China
por la que el mundo habla con
efusión – de la central económica que fabrica casi todo lo que hay en su casa.
Por la otra, está
la
China
oficial, en gran medida sin
reconstruir – un régimen que, mientras que ya no es tan celosamente ideológico
como fue una vez, se ciñe no obstante a las antiguas técnicas adoradas del
totalitarismo paranoide: mienta y engañe en público, detenga y torture en
privado. China es el miembro del Consejo de Seguridad que promueve más
activamente la inacción en Darfur, donde (en el despliegue militar a distancia
más significativo en cinco siglos), dispone de 4000 tropas protegiendo sus
intereses petroleros. Kim Jong-Il, de Corea del Norte, es una amenaza
internacional sólo porque Beijing le da licencia de provocador con la que
atormentar a Washington y Tokio, del modo en que un líder de un tumulto enviaría
a un pesado mentalmente inestable. Éste no es el comportamiento de un estado
psicológicamente cuerdo.


 


¿Cuánto tiempo
pueden coexistir estos dos sistemas en un [único] país, y qué ocurrirá
cuando colisionen?. Si
la República
Popular
es hoy el taller del mundo, el
Partido Comunista es el elefante en su propia cristalería. Si tienen o no,
por ejemplo, la disciplina para ser capaces de resistir [a la tentación] de
cargar contra Taiwán en el próximo par de años. Al contrario que en el período
soviético final de nomenklatura [burocracia del Partido Comunista] desmoralizada, la dirección de Beijing no acepta que la causa esté
perdida: al contrario que la mayoría de los analistas externos, ellos no
asumen que la primera forma económicamente viable de Comunismo del mundo es
simplemente una fase interina camino de una sociedad libre – incluso libre en
parte.


 


Aunque tiene mejor prensa que
Hitler o Stalin, Mao fue el mayor asesino de masas de todos los tiempos,
con un recuento de cadáveres 10 veces superior al de los Nazis (como nos
recuerda la nueva biografía de Jung Chang). La línea estándar de los
sinólogos [estudiantes del lenguaje, cultura y civilización chinas] es que,
mientras aún genuflexionan ante su cadáver embalsamado en
la
Plaza
de Tiananmen, sus
sucesores han evolucionado – exactamente igual que el Dr. Evil se
encuentra en animación suspendida en Austin Powers, mientras su Número Dos
diversifica el núcleo del consorcio lejos del mal y lo reorienta hacia una
cartera de inversiones que incluye una cadena de cafeterías con pretensiones.
Pero los maoístas con acciones son aún maoístas – especialmente cuando deben una
posición privilegiada dentro de los aparatos del estado a sus robustas carteras
[de inversión].


 


Las contradicciones internas del
Comu-capitalismo hundirán deliberadamente al final los presentes acuerdos
de Beijing. China fabrica los productos para algunas de las mayores marcas del
mundo, pero también es el mayor ladrón de copyrights y patentes de esas mismas
marcas. Fabrica prácticamente todo el merchandising oficial de Disney, pero
también es el país que más defrauda a Disney y [que más] piratea sus películas.
El nuevo desprecio de China al concepto de propiedad intelectual se deriva del
antiguo desprecio de China al respeto a toda propiedad privada: dado que todos
los grandes negocios chinos están controlados por el gobierno (de una forma u
otra), han sido incapaces de comprender el vínculo entre derechos de la
propiedad y desarrollo económico.


 


China no ha inventado o
descubierto nada significativo en más de un siglo, pero la descuidada premisa de
que la propiedad intelectual es algo a ser robado en lugar de protegido muestra
por qué. Si eres una nación pobre en recursos (como es China), la prosperidad a
largo plazo llega de liberar las energías creativas de tu pueblo – y Beijing no
tiene aún interés alguno en eso. Si un blogger intenta utilizar las palabras
“libertad” o “democracia” o “independencia de Taiwán” en el nuevo portal chino
de Microsoft, obtiene el mensaje: “Este artículo contiene discurso prohibido.
Suprima por favor el discurso prohibido”. ¿Cuán patético es eso?. No sólo para
la Microsoft-doblegada
Corporation
, que debe estar avergonzada de sí
misma, sino para el gobierno chino, que pretende ser una potencia mundial pero
le aterrorizan las palabras.


 


¿Cuenta “pelele comunistoide” como
discurso prohibido también?. ¿Y cuál es la probabilidad de que China avance
hacia una cultura de negocios moderna e independiente en funcionamiento si es
incapaz de debatir nada excepto dentro de sus corsés políticos feudales?.
Su código de discurso no es una muestra de control, sino de debilidad; sus
obstáculos protectores de internet no son armadura, sino, errr, tintineo.


 


Con mucha menos publicidad
sensacionalista,
La
India
, por el contrario, avanza más
rápidamente que China hacia una economía completamente desarrollada – una que
crea sus propias ideas. Pequeño ejemplo: hay líneas aéreas de bajo coste que
venden pasajes en un solo sentido por todo el país por
40
libras
, desde los monitores de las
gasolineras hindúes. Nadie desarrollaría tal sistema para China, donde el viaje
interno está aún estrictamente controlado por el estado. Pero, a causa de que
respetan a su propio pueblo como mercado, los negocios hindúes ya están
demostrando ser más ágiles a la hora de servir a otros mercados. El retorno de
la inversión de capitales ya es mucho mejor en La india que en
China.


 


Dije hace un tiempo que China era
una apuesta mejor para el futuro que Rusia o
la Unión
Europea.
 Lo que es invalidar con
alabanzas vacías; atrapados en una espiral demográfica letal, Rusia y Europa
carecen de futuro totalmente. Pero eso no significa que China vaya a encabezar
la escena como coloso geopolítico. Cuando los analistas europeos murmuran acerca
de un “siglo chino”, todo lo que quieren decir es “Oh, dios, por favor,
cualquier cosa menos un segundo siglo americano”. Pero desearlo no lo hará
realidad.


 


China no avanzará hacia el primer
mundo con sus presentes fronteras intactas. En un estado de un billón con el 80%
de la población rural desvinculada del boom costero y disuadida de
participar en él, “un país, dos sistemas” llevará a dos o tres países y tres o
cuatro sistemas. El siglo XXI será un siglo de ciertos países anglosajones, con
América, La india y Australia abriendo camino. La apuesta de los antiamericanos
por Beijing descubrirá finalmente que [el elefante en] la cristalería es
sobre todo un montón de elefante.


 


© copyright Mark Steyn,
2005

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