Las ideas simples, el populismo y la xenofobia son los ingredientes de una nueva ideología vacía de contenido que se abre paso entre multitudes en esta época de la posverdad.
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Martes, 21 de julio 2026

Las ideas simples, el populismo y la xenofobia son los ingredientes de una nueva ideología vacía de contenido que se abre paso entre multitudes en esta época de la posverdad.
Las elecciones se ganan o se pierden. Lo que importa es qué viene detrás de una victoria y quién la va a administrar. La posibilidad de que Donald Trump sea presidente de Estados Unidos dentro de una semana desafiaría la ley de la gravedad política si se tiene en cuenta que prácticamente todos los diarios, las televisiones, premios Nobel de Economía, académicos y también numerosos republicanos de referencia han rechazado categóricamente que este multimillonario arrogante y mentiroso se convierta en el próximo presidente.
Las ideas simples, el populismo y la xenofobia son los ingredientes de una nueva ideología vacía de contenido que se abre paso entre multitudes en esta época de la posverdad.
No es un fenómeno pasajero ni banal. La sociedad sin ley se considera, a partir de ciertas circunstancias, capaz de tratar de igual a igual a la sociedad construida sobre leyes democráticas que pueden ser imperfectas pero siempre se pueden cambiar en el ámbito de los debates que preceden a las elecciones y acaban en las urnas.
Las corrientes de fondo que circulan por las sociedades occidentales no cambiarán por la victoria de unos o de otros. Seguirá recurriéndose al engaño y a la simulación. La racionalidad se ha aparcado y por las redes sociales circulan las emociones, las ilusiones, los odios y las intransigencias. La verdad o la verosimilitud están en segundo término y lo que importa es el impacto, el eslogan, el pensamiento precario y la mentira cuando sea preciso.
Es paradójico que la época de más avances de todo tipo, de más progreso, de más creación de riqueza global, sea también la de más pobreza de pensamiento crítico, de aburguesamiento intelectual y de seguimiento adocenado de consignas y propaganda servidos en smartphones con la última de las novedades tecnológicas.
La mediocridad de los debates responde a la simplicidad de los mensajes. Un insulto ingenioso, breve y rotundo puede divertir a quienes se pueden creer beneficiados. Pero no hace ninguna gracia y es una estupidez que deteriora seriamente la convivencia y los valores democráticos.
No sé si es una actitud primaria, fruto de la ignorancia, o responde a una estrategia para levantar muros y fronteras, para desprestigiar al adversario y cerrar el paso al diferente que no piensa igual que nosotros y al que hay que mantener en un lazareto.
Los discursos políticos que vienen cargados de ignorancia nos acercan a la barbarie de los tiempos oscuros. Unas elecciones no resuelven las divisiones irreconciliables que se dibujan en las sociedades democráticas. Lo hemos visto con el Brexit y lo comprobamos en la fase final de las elecciones norteamericanas. Los intereses individuales prevalecen en muchos países europeos sobre los proyectos colectivos que han traído el periodo más intenso de progreso en Europa.
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