“Donde hay esperanzas y deseos en la sociedad para desarrollar el cambio, hay un color que les identifica. Color que hace patente el deseo del cambio. En términos políticos hace ya siglos que uno u otro bando han asumido un color”.
Alvaro Alba
En los últimos años los cambios que se han desarrollado en los países que
dejaron el autoritarismo en busca de democracia tuvieron una constante, la
presencia de un color que definiera el movimiento de apertura. En otros países
donde todavía se pide el cambio, donde hay esperanzas y deseos en la sociedad
para desarrollar el cambio, hay un color que les identifica. Color que hace
patente el deseo del cambio. En términos políticos hace ya siglos que uno u otro
bando han asumido un color.
En el siglo XX vimos a fascistas,
anarquistas o nacionalistas con el negro y el gris. Los comunistas se adueñaron
del rojo. En Inglaterra siglos atrás se vivió la Guerra de las Rosas – blancas y
rojas. Precisamente los cambios en Nicaragua y Filipinas para dejar en el pasado
las dictaduras de los sandinistas y de Ferdinando Marcos tomaron, el blanco en
el país centroamericano y el amarillo en el asiático. Recientemente en Georgia,
el color rosa fue el tono de los cambios, donde bajo la presión de las protestas
el presidente Eduard Shevarnadze renunció.
El más colorido de los
cambios fue el de Ucrania. El naranja representó las fuerzas democráticas, ante
un azul enarbolado por los continuistas que en las zonas ruso parlantes buscaban
mantener el rumbo que se trazaba para Ucrania desde Moscú. Irónicamente el azul
es el color del club local de balompié en la capital (Dinamo de Kiev) y el
naranja es el color del club Shajtior (Minero) de la ciudad de Donestk, centro
de la región rusoparlante y sede de la campaña del derrotado ex premier
Yanukovich. Las banderas naranjas, los gorros de invierno, guantes, bufandas y
abrigos de ese color se distinguían con facilidad bajo el crudo invierno
ucraniano, en medio de intensas nevadas en Kiev. Similar color lo usaron los
movimientos y partidos prodemocráticos en las pasadas elecciones parlamentarias
en Moldavia. En el Líbano, el verde, color del cedro reflejado en el centro de
la bandera nacional, ha sido el color de las exigencias libanesas para que las
tropas sirias abandonen ese país del Mediterráneo. El dedo manchado de tinta
púrpura fue el símbolo de la voluntad de un país en acudir a las urnas para
reconstruir la nación. Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, con orgullo
levantaron sus manos, enseñando el color púrpura, manifestación de su asistencia
a un cambio.
La oposición en Bielorrusia ha escogido el color azul, que
aparece en el emblema del movimiento Zubr o Bisonte. Bajo la influencia y el
entusiasmo de los recientes cambios en la vecina Ucrania, el color azul aparece
por doquier en las calles bielorrusas, sobre todo en graffiti
antigubernamentales. En Irán, las mujeres solían vestir, sin derecho a opción,
de color negro o marrón. Bellos rostros, en medio de velos o bufandas negras.
Ahora se visten con igual discreción, pero con el color rosado, todo un reto a
la autoridad. Se observa el color en medio del tráfico, en los centros
comerciales. La llegada de la primavera hizo que se notara con mayor fuerza y
nitidez el color rosado. Los que han visitado Teherán dicen que hay de todas las
tonalidades. Es una manera de expresar su posición, de hacer público su pensar.
El color rosado en ellas es parte del reto, de la decisión a enfrentar la
voluntad de los ulemas y ayatolas. En Kirguiztán se escogió el color amarillo,
que en esa región le llaman color limón. Según los opositores, es el color del
semáforo que indica el cambio, el que avisa antes de que cambien los otros
colores.
Para Cuba ya se escogió el color. Lo hicieron hace meses las
madres, esposas y familiares de los 75 opositores y disidentes detenidos. Se
convirtieron en Damas de Blanco que con sus calladas figuras, entradas y salidas
a las misas, y paseos por la Quinta Avenida, mostraban al mundo la voluntad de
cambio y resistencia del pueblo cubano. En Miami, otro grupo de mujeres siguió
el ejemplo. Vestidas de igual color, levantaran los retratos de los que todavía
siguen tras las rejas.
El blanco es sinónimo de luz, de bondad,
inocencia, pureza, honestidad. Es el color de la perfección, de la fe. Sinónimo
de limpieza, con fuerte connotación positiva. En los colores litúrgicos el
blanco se usa en Navidad y es referencia de pureza del Cristo recién nacido,
símbolo de luz y alegría. Precisamente las Damas de Blanco sintetizan esa luz,
esa fe y honestidad que promueve el cambio en Cuba. Ellas sin siquiera saberlo,
le dieron un color a las transformaciones en la Isla, la ubicaron en el mapa del
mundo que ahora tiene tonalidades a la hora de expresar las ansias de reformas
democráticas. Cuando en la calle, en el centro de trabajo, en las universidades,
tres, cinco u ocho cubanos se identifiquen por el color de sus atuendos,
entonces sentirán que no están solos, que a su lado hay compatriotas que piensan
igual y que nunca se lo habían dicho.
Es la comunicación de la
solidaridad en el vestir, en expresar su opinión a todos, sin alzar la voz. De
blanco ahora se pueden vestir los hijos de los detenidos, los familiares de los
opositores, los disidentes, aquellos que deseen un futuro mejor para Cuba. En
varios países de América Latina el blanco ha sido el color de las marchas en
protesta contra el gobierno como fue en Argentina en 1988, en El Salvador o
recientemente en Ecuador. Ya tenemos los cubanos un color para el cambio. Ahora
hay que utilizarlo hombres y mujeres.
Fuente:
Diario de las Américas
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