BARACK OBAMA lleva casi cuatro años sin pasar por un debate presidencial de altos vuelos televisado a nivel nacional. Mitt Romney pasó por montones de ellos durante los últimos 18 meses. La pasada noche era evidente.
En puertas del encuentro en la Universidad de Denver celebrado ayer, los sondeos mostraban que el votante esperaba por un amplio margen que
Obama ganara los tres debates a los que Romney y él han convenido. Pero el presidente no sólo no dejó fuera de combate a su rival la pasada noche, sino que se las vio y deseó cuando ni siquiera está claro que se acordara de cómo atarse los guantes. En una cuestión tras otra, en un intercambio tras otro, Romney se mostró centrado, claro, interesante y versado, mientras Obama quedaba repetidamente como alguien distraído, irritado o difuso. El ex gobernador de Massachusetts se lo pasó bomba directamente. El presidente parecía no querer más que agotar el tiempo y poner fin a una noche dolorosa.
No escuché ninguna revelación devastadora, pero Romney llegó pertrechado con golpes memorables. La filosofía económica de Obama, dijo al principio, equivale a “la versión gubernamental de la teoría económica del goteo”. Las decenas de miles de millones de dólares que la administración ha tirado en compañías energéticas “verdes”, se mofaba, demuestran que “no está eligiendo a los ganadores y los perdedores, solamente elige a los perdedores”. A la repetida acusación vertida por el presidente de que las propuestas fiscales de Romney conducirán inevitablemente a unos impuestos más elevados a la clase media, el candidato del Partido Republicano respondía afablemente que en calidad de padre de cinco hijos, estaba acostumbrado a que se dijera algo falso una y otra vez con la esperanza de que la reiteración lo hiciera sonar convincente.
Preguntado por ejemplos de gasto federal que le gustaría recortar, citó alegremente las subvenciones a la cadena pública PBS. “Lo lamento, Jim”, decía sonriente al moderador Jim Lehrer, que prácticamente es un icono de la cadena PBS. “Me gusta la PBS. Me gusta la Gallina Caponata – ¡hasta tú me caes bien!” Un Obama sin humor, en contraste, se lanzaba precipitadamente contra Lehrer cuando pensó que el moderador le había quitado 5 segundos de tiempo por alusiones.
Romney parecía Mohamed Alí la pasada noche, ligero como una mariposa, lacerante como una abeja. Puso Obama contra las cuerdas.
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