Bolivia es uno de los países más pobres de toda Latinoamérica y su índice de emigración es también uno de los más elevados de los de la zona. La historia reciente de Bolivia no ha ayudado nada a la estabilización de la economía y de su sociedad.
La democracia no ha sido nunca ejemplar y los presidentes democráticos se han ido alternando con gobiernos militares que quitaban y ponían, o se quitaban y se ponían, según qué grupo tuviera más o menos poder.
Por lo general, la prosperidad necesita estabilidad y si está acompañada de libertad, suele ser mucho más agradecida para todos. Bolivia ha tenido poco de la primera cualidad y casi nada de la segunda. En un país que desde su independencia en 1925 ha tenido casi 200 golpes y contragolpes de estado es difícil encontrar esa paz y esa seguridad jurídica que suelen necesitar los negocios. Además, esa misma dinámica ha favorecido la corrupción política. Las empresas y organismos privados han tenido la necesidad de ir a rebujo de los distintos grupos en el poder y esperar que el que se apoya sea el ganador en un conflicto interno. Aunque tampoco han dudado en apoyar a quien fuera si éste conseguía dirigir el país.
Bolivia tiene una serie de hándicaps. El primero es geográfico. Junto a Paraguay, son los únicos países que no tienen salida al mar por lo que el comercio de sus productos a los mercados internacionales ha estado casi siempre en manos de sus vecinos. Este es un ejemplo de cómo la libertad de comercio es una ventaja para todos. El segundo puede parecer paradójico, pero es habitual en la zona. Su economía depende demasiado de los recursos naturales que a su vez dependen de los precios de los mercados internacionales. Esto de por sí, tampoco sería demasiado problema si no fuera porque estos “mercados”, en especial el de los hidrocarburos, también dependen demasiado de los gobiernos de otros países y no menos de los precios de un mercado libre.
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