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Una protesta fiscal en Boston

“No estamos obligados a apoyar la política del presidente porque… esto son los Estados Unidos de América y la disidencia es patriota”.


ARAH PALIN Y EL TEA PARTY EXPRESS se congregarán en Boston Common esta mañana, y si todo lo que usted sabe acerca de los activistas fiscales es lo que sale de los tertulianos de la pantalla del televisor o de renombrados expertos de la prensa de prestigio, es probable que esté rastreando a la espera de una desagradable invasión de intolerantes descontrolados llenos de odio.

Fue hace apenas un par de semanas, después de todo, cuando Frank Rich, del New York Times, informaba a sus lectores de que los activistas fiscales que se oponen a la ley de sanidad de Obama son “matones”, tan indignados de “retórica homicida” – Rich cita el clamor de los manifestantes “¡Kill the Bill!” como ejemplo – que se habían convertido en efectivos póstumos de las SS inmersos en “el mimetismo a pequeña escala con la noche de los cristales rotos”.

Para el columnista del Washington Post Colbert King, en cambio, los activistas fiscales no traen a la mente el Reich sino a los segregacionistas del Sur pre-derechos civiles.”Esas mismas caras burlonas,” escribía King el 27 de marzo , “podían ser las reunidas alrededor de las tropas de la Guardia Nacional de Arkansas que impidieron la entrada al Instituto Central de Little Rock a nueve chavales negros en 1957”.También recordó los rostros “rebosando gritos de emoción” cuando David Duke “vomitó la retórica mordaz del poder blanco” en un mitin en 1991.

Después está Keith Olbermann, de la MSNBC, que admite que podría haber más que racismo sin adulterar en el movimiento de protesta fiscal. Hay también, dijo en una emisión reciente, “odio ciego, un desinterés total en el bienestar de los demás, y un rechazo taxativo auto-racionalizador a aceptar los resultados de las elecciones”.

Para cualquiera que conozca a miembros reales del movimiento de protesta fiscal o que haya asistido a una concentración, estas caracterizaciones son tan absurdamente difamatorias que es difícil imaginar que alguien pueda creérselas, y mucho menos verterlas sin mala fe. Sin embargo, algunas personas se lo creen todo, especialmente cuando conviene a sus prejuicios políticos.

En la década de los años 50 hubo derechistas que se tragaron las declaraciones de la John Birch Society de que el Presidente Dwight D.

Eisenhower era “un agente conocedor y dedicado de la conspiración comunista”.Hubo izquierdistas un siglo y medio más tarde que insistían en que George W. Bush supo con antelación de los atentados del 11 de Septiembre. Así que no debería sorprendernos que algunos de los progres del gobierno intervencionista se convenzan de que la verdadera agenda de los activistas fiscales no es la oposición al ObamaCare y a los presupuestos federales desproporcionados, sino la nostalgia del Nazismo y de los tiempos de Jim Crow.

Como cualquier movimiento civil entusiasta, los activistas fiscales están condenados a atraer una proporción mínima de lunáticos de mala nota, algunos de los cuales pueden buscar la atención de los miembros crédulos o cínicos de los medios de comunicación. Y hay informaciones que apuntan a que los detractores del movimiento de protesta fiscal vienen reclutando infiltrados para reventar las concentraciones y desacreditarlos con expresiones de odio prefabricadas y retórica extremista.

Pásese por Boston Common esta mañana, sin embargo, y no encontrará ni fascistas ni miembros del Klan, sino un mar de ciudadanos sinceros y movilizados, preocupados por la dirección que toma su país y alarmados por la gran ampliación de los poderes públicos. Juan Williams, el autor de éxitos de los derechos civiles de la NPR y ajeno a la idea de conservador, ha advertido a los Demócratas que demonizan a los activistas fiscales a un coste. “La indignación del movimiento fiscal motivada por la reforma sanitaria, el gasto deficitario y las prestaciones desorbitadas no es ningún motivo de preocupación marginal”, escribió Williams recientemente.

Contrariamente a la forma en que han sido difamados entre la izquierda, “los activistas fiscales son sorprendentemente llanos en lo que respecta a sus quejas sobre la política”.

También son la referencia en otros sentidos.

“Los integrantes del movimiento Tea Party se decantan por la derecha políticamente”, informaba Gallup la semana pasada”, pero demográficamente hablando son representativos de la opinión pública en general”. En cuanto a edad, educación, empleo, y, sí, hasta la raza, los activistas fiscales son una muestra muy típica de América.

La contención con el alcance y la legitimidad de la autoridad del gobierno es la quintaesencia estadounidense. También lo es la lucha por equilibrar las libertades individuales con las necesidades nacionales. El encuentro del Tea Party de hoy en Boston es solo el eslabón más reciente de una cadena que se remonta hasta aquella primera revuelta fiscal del té de 1773. No hay que ser fan de Sarah Palin ni detractor del Presidente Obama para acoger a los activistas o admirar su compromiso cívico.

“No estamos obligados a apoyar la política del presidente porque…

esto son los Estados Unidos de América y la disidencia es patriota”.

Eso afirmaba Howard Dean en 2003, y eso insistían innumerables progresistas y Demócratas durante los años de George W. Bush. Si patriotismo era entonces, patriotismo es ahora. Acérquese a Boston Common hoy y lo verá sin que se lo cuenten.

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