Política

Variaciones sobre un tema de Oriana Falacci (I)

Oriana Fallaci, autodenominada atea cristiana, fue periodista y cubrió las guerras de Vietman y Líbano., realizó entrevistas a decenas de personajes famosos.

Tomás G. Muñoz

Réquiem para una atea



Hace algo más de un año que se  fue Dª Oriana.  Autodenominada atea cristiana,  afirmaba que “me siento menos sola cuando leo los escritos de Ratzinger.”  Consiguió que Benedicto XVI la recibiera en agosto  de 2005, bajo la condición de que el contacto no se hiciera público.  Se hizo, aunque el contenido de la reunión quedó entre el Santo Padre y la escritora.


Durante su larga vida periodística, cubre las guerras del Líbano y Vietnam; se enfrenta a la dictadura griega; en el México de 1968, herida y dada por muerta, la rescatan entre un montón de cadáveres durante la asonada de Tlateloco.  Sus antológicas entrevistas a decenas de  famosos la llevan a trifulcas con ejemplares como Cao Ky, Arafat, Jomeini, Kissinger, Castro,  Habash, Gaddafi.  A veces,  tacañamente reparte elogios −al  portugués Soares, al español Carrillo, al  brasileño Câmara, a la israelí   Meir, a su amado el griego Alekos Panagulis. Y, en el ínterin,  sus conmovedores relatos, Un hombre, o Carta a un niño que nunca nació…


 


La  Trilogía


Pasados los ´80 y muerto Panagulis, escribe  Inshallah (1992), su última  novela. Tras nueve años de silencio, y mortalmente herida por El Otro, como llama al cáncer que finalmente la  derriba,  regresa con La rabia y el orgullo (2001), redactada al  calor del 11-S,  madre de  La fuerza de la razón (2004); y de  Oriana Fallaci se entrevista a sí misma – El Apocalipsis (2005). Los tres, best sellers  aún después de su muerte,  son una ácida  diatriba contra  las leyendas que rodean al Islam, su parca contribución al saber humano, los políticos que permiten la invasión de Europa (a la que llama Eurabia, capital, Londonistan) por  elementos mahometanos, y la maldad del Islam a lo largo de su historia.   


 


La trilogía no debe ser del agrado de calambucos, talibanes, palestinos, israelíes, estado-unidenses y europeos, o, para el caso, liberales.  Con o sin razón, es fácil  tacharlos de superficiales y poco objetivos −al referirse a La rabia y el orgullo,  el semanario inglés The Economist sentencia que “Mussolini estaría orgulloso de esta  octavilla extremista y potencialmente peligrosa.”  Y, sin apuntar a nadie, en su obra El Islam,  el teólogo Hans Küng fustiga a  los terribles simplificateurs que “tendenciosamente juzgan al Islam y silencian aspectos positivos… [porque]    poseen un  caudal de conocimientos islámicos propio de  la Edad Media.”


 


Pero, lo cierto es que la Fallaci enfureció al Islam y su aliada la Izquierda Europea, devenida, según ella, “neoinquisidora,  tercermundista, antiamericana, y antisionista.”   Izquierda  que, al perder sus  puntos de referencia después de la caída del Muro de Berlín, se  ha aferrado al Islam como otra de sus tablas de salvación, Izquierda que, curiosamente, condena  la ejecución de Sadam, pero no los asesinatos de Theo van Gogh,  el cineasta holandés, y de Hrank Dink, el periodista turco (ambos a manos de militantes islámicos); ni tampoco las amenazas de muerte a Sir Salman Rushdie, el autor de Los versos satánicos, a Ayaan Irsi Ali, la corajuda ex-parlamentaria holandesa de origen  somalí, o a los daneses cuyas inocentes caricaturas de Mahoma originan cruentas protestas en Europa y el mundo islámico.


 


De hecho, la animadversión contra Mahoma, su gente y su religión se remontan prácticamente a 622.  Cronistas judíos de la época lo tachaban de loco y poseso: en sus Viajes, Marco Polo arremete contra los mahometanos de Bagdad; Dante, Erasmo, Torquemada, Lutero, Voltaire, Rousseau, los Enciclopedistas, y otros han soplado sus cerbatanas contra El  Profeta.  Dirigida al  gran público − que, antes del 11-S  poco sabía  de esto −  la trilogía de Dª Oriana propaga o se hace eco de un nuevo volkskultur anti-islámico,  manifiesto en el voto del miedo, que mantiene en la Casa Blanca a un consumado inepto, y catapulta a La Moncloa  a  otro ídem,  o que congela la Constitución Europea  después que franceses y holandeses la derrotan en sendos referendos.  Pero, al menos  en Europa, existe un temor hacia la expansión del Islam en su propio quintal: es evidente que el fanatismo musulmán (mejor dicho, de algunos musulmanes)  hacia cristianos, judíos y agnósticos no es un cimiento sobre que construir diálogos o entendimientos


 

Aunque en los dos primeros  libros de la trilogía Dª Oriana no toca el lógico tema de Cómo-lo-arreglamos, en el último confiesa que no se le ocurre una solución.   En The Wisdom of Insecurity, Alan Watts, el filósofo anglo-californiano, propone que “la pregunta, ´¿qué haremos sobre esto?´ sólo la hacen los que no entienden  el problema.  Si un problema puede resolverse del todo, entenderlo y resolverlo son lo mismo.”  Mucho peor es  querer resolver sin entender, oblicuo camino que ha tomado la Izquierda con sus  multiculturalismos y alianzas de civili-zaciones, algunos liberales con sus apaciguamientos, y el Presidente Bush con su guerra en Iraq. (Sigue)

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