Lo único que parece resistírsele al Presidente ruso, Vladimir Putin, por ahora es el terrorismo islamista del Cáucaso Norte aglutinado alrededor de Doku Umarov.
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Sábado, 10 de octubre 2026

Lo único que parece resistírsele al Presidente ruso, Vladimir Putin, por ahora es el terrorismo islamista del Cáucaso Norte aglutinado alrededor de Doku Umarov.
Los atentados de Volgogrado a apenas cuatro semanas del inicio de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi sugieren que, en efecto, el terrorismo de los grupos que forman el llamado “Emirato del Cáucaso” es una de las pocas variables que el Kremlin no controla.
Si algún líder mundial salió reforzado en 2013 fue precisamente Putin, que logró mantener a Assad en el poder en Siria, impedir que Ucrania y otras ex repúblicas soviéticas ingresaran en la órbita cultural de la Unión Europea y desafiar a Estados Unidos una y otra vez. La coronación de los esfuerzos afirmativos de la política exterior de Putin fue la obtención de derechos exclusivos de exploración para una empresa rusa en una gran extensión de aguas territoriales sirias en la cuenca oriental del Mediterráneo que representa una de las grandes promesas gasíferas del globo. Justamente porque se sentía invencible es que Putin se permitió, en el crepúsculo del año, liberar al ex magnate Jodorkovsky y a dos miembros del grupo “punk” Pussy Riot que se habían convertido en símbolos de la oposición contra el nuevo zarismo ruso. Con ello creaba el clima perfecto para los juegos de Sochi.
Pero los atentados de Volgogrado vienen a recordarle al mundo algo que los rusos saben bien porque ven los síntomas a diario: que el islamismo no parece erradicable ni siquiera por el superhombre del Kremlin. No pasa una semana en Rusia sin que haya noticia de algún hecho más o menos violento que guarde relación con los islamistas del Cáucaso Norte. La mayor parte no tienen la espectacularidad ni el saldo de muertos y heridos de los dos ataques de Volgogrado, pero le hablan al país de un asunto persistente que está lejos de ser resuelto.
Es cierto que el emirato del Cáucaso no tiene posibilidades de volverse una realidad concreta y que los seguidores de Umarov no han logrado repetir atentados tan contundentes como los del teatro Dubrovka o la escuela de Beslán hace una década. Pero dan toda la impresión de haberse expandido territorialmente y de haber conseguido reclutar militantes en zonas muy alejadas de Chechenia y de la parte de Daguestán donde originalmente estaban confinados. Volgogrado mismo representa eso: una zona de tránsito que conecta a otras partes de Rusia con el sur.
La resistencia caucásica es de vieja data y tuvo, desde el siglo XIX, cuando Rusia invadió la zona, una impronta esencialmente nacionalista. Incluso en la primera guerra chechena, cuando Boris Yeltsin tuvo que batirse en humillante retirada tras la incapacidad del Ejército ruso para controlar la república, el carácter de los partisanos chechenos era nacionalista. La dimensión islamista apareció bastante después y resultó provindencial para la supervivencia de los grupos violentos una vez que Vladimir Putin, entonces primer ministro de Yeltsin, lanzara el ataque devastador de la segunda guerra chechena (y se ganara con ello la fama que lo catapultó a la Presidencia). Si no fuera porque el islamismo le dio un nuevo fanatismo, un ejército de reclutas y mucho dinero, el terrorismo caucásico habría quedado reducido prácticamente a la nada. Hoy no están en condiciones de lograr sus objetivos pero sí de infligir pequeñas humillaciones a Putin, al que estos atentados recientes hacen temer que los juegos de Sochi puedan, como pretende Umarov, convertirse en una plataforma propagandística para el emirato del Cáucaso.
Publicado originalmente en La Tercera
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