Los movimientos guerrilleros que fueran el brazo armado de la izquierda radical en los 70 y que, con el apoyo de Cuba, intentaron ganar el poder por el camino de la violencia y fracasaron, no desaparecieron ciertamente del escenario de la política. Para nada.
Sus militantes y cuadros se recompusieron y muchos de ellos hoy actúan hábil y abiertamente infiltrados en los sistemas democráticos de la región, en procura de destruirlos (“transformarlo”) ahora desde adentro. Paso a paso y demoliendo pacientemente sus instituciones centrales, hasta hacerlos absolutamente irreconocibles. Lo que incluye destruir la libertad de prensa, instalando el “discurso único” y construir el “relato oficial”. Como ha ocurrido ya en Venezuela y Nicaragua. O en Bolivia. Y está a punto de ocurrir en Ecuador y hasta en nuestra propia Argentina.
En algunos países latinoamericanos, para peor, sus hombres y mujeres actúan desde la impunidad total. Esto es, sin haberse hecho, para nada, cargo de sus pesadas responsabilidades por los crímenes de guerra cometidos (delitos de lesa humanidad perpetrados en tiempos de conflictos armados internos).
Muchos de ellos, ocupando posiciones políticas de gran nivel. Incluyendo la presidencia de varios países y ocupando toda suerte de bancas legislativas, como si no hubieran sido culpables de nada. En este juego –artero, pero diferente- Cuba y Venezuela siguen siendo los impulsores y organizadores, a nivel regional.
Perú es uno de los países de la región que más ha sufrido la violencia del terrorismo marxista. No obstante, los tiempos de gloria de “Sendero Luminoso” han quedado felizmente atrás. Sus máximos exponentes, incluyendo al líder universitario maoísta Abimael Guzmán, están en la cárcel, purgando sus crímenes. No instalados en el Poder Ejecutivo, ni actuando en el Congreso. En prisión. Lo que es bien diferente. Porque el país todo es muy sensible a lo que significa la pérdida de la libertad que supone siempre un triunfo del terrorismo.
Por esto Perú no cae fácilmente en la trampa de los llamados “movimientos sociales”, presuntamente independientes, pero que en rigor están organizados con y sostenidos el apoyo -permanente y opaco- de Cuba y Venezuela.
Saben bien que ellos son la re-encarnación del terrorismo. Y actúan en consecuencia. Porque ello no sólo es necesario, sino posible. Para ello, Perú acaba de aprobar un proyecto de ley para frenar al llamado “neo-senderismo”. Con el mismo se procura actualizar la normativa existente para poder combatir al terrorismo, pese a sus mil disfraces.
Para el Jefe de Gabinete del Ejecutivo peruano, Juan Jiménez Mayor, esa actualización es imprescindible. Es además, ciertamente oportuna.
Especialmente ante la aparición pública del llamado “Movadef” (“Movimiento para la Amnistía y los Derechos Fundamentales”), una nueva fachada camaleonesca de “Sendero Luminoso”. El “neo-senderismo”. Esa organización, con su ruidoso accionar, procura liberar a sus principales abanderados que hoy están encarcelados. Por supuesto que sin que hayan cumplido sus respectivas condenas.
Para ellos, Abimael Guzmán está preso “por sus ideas”. Para la verdad está, en cambio, preso por sus múltiples y cobardes crímenes. Lo que es muy distinto.
La nueva normativa creará el delito de “captación con fines de adoctrinamiento terrorista” y el de “inscripción ilegal de un partido en el sistema electoral”. En palabras de Keiko Fujimori, para así “dejar de lado la indiferencia y la pasividad”. Lo que es indispensable para no ser víctimas fáciles del fundamentalismo marxista.
El mencionado “Movadef” ha iniciado una campaña externa que supone entrevistarse y alinearse con sus pares de los otros países de la región y manifestarse frente a las embajadas peruanas en los respectivos países. De modo de ganar notoriedad.
Vinieron recientemente a la Argentina. Como cabía esperar, se entrevistaron con sus pares, las “Madres de Plaza de Mayo”. Y fueron recibidos también por Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en la década de los 80, quien luego intentó “tomar distancia” de lo sucedido.
Fueron luego recibidos por el embajador de Perú en Buenos Aires, el sociólogo Nicolás Lynch, luego de una manifestación en las puertas de su embajada en Buenos Aires. Lynch, convocado luego -de apuro- por su propio Canciller, Rafael Roncagliolo, terminó teniendo que renunciar por su ingenuo (o equivocado) accionar. Era lo correcto.
En paralelo, el presidente Ollanta Humala acaba de anunciar que vendrá a la Argentina para “fortalecer la relación bilateral”.
Deberá cuidarse mucho de las trampas de todo tipo que los movimientos sociales parecidos a “Movadef,” que tienen gran intimidad con el Poder Ejecutivo argentino y gozan de su apoyo y sostén puedan tenderle. No será fácil.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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