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Born in the U.S.A.

la Constitución es inequívoca: cualquiera nacido en América es americano


La pasada semana, el secretario de la oposición en el Congreso John Boehner, de Ohio, se unía al coro de Republicanos abiertos a modificar la Cláusula de Ciudadanía contenida en la Enmienda 14, la que reconoce la ciudadanía de “Toda persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos, y sujeta por tanto a tal jurisdicción”. ¿Debe ser modificada la Constitución, se preguntaba a Boehner en “Meet the Press” en la NBC, para negar la ciudadanía automática a los hijos de los inmigrantes en situación irregular? “Creo que vale la pena considerarlo”, respondía.

Los demás subidos a esta popular tendencia incluyen al Senador de Carolina del Sur Lindsey Graham, que dice que “la ciudadanía por nacimiento… es un error” que debe subsanarse mediante la modificación de la Enmienda 14, así como los Senadores de Arizona John McCain y Jon Kyl y el secretario de la oposición Mitch McConnell, de Kentucky, todos los cuales han solicitado la celebración de vistas en la materia.

“Hay un problema”, decía Boehner. “Proporcionar un incentivo a que los ilegales vengan aquí para que sus hijos puedan ser ciudadanos estadounidenses sí atrae, de hecho, a más gente a nuestro país”. Vea los problemas provocados por el derecho a la ciudadanía, argumentaba: “En ciertas regiones de nuestro país, claramente, nuestras escuelas, nuestros hospitales, están siendo invadidos por los ilegales, muchos de los cuales vinieron aquí sólo a que sus hijos pudieran ser ciudadanos estadounidenses”.

El fantasma de la América “invadida” por indeseables inmigrantes es una pesadilla clásica, casi tan antigua como la propia América. Y Boehner y compañía distan mucho de ser los pioneros del Congreso en la irritación con los presuntos peligros surgidos del amparo en la Decimocuarta Enmienda a la ciudadanía de cualquier niño nacido en suelo estadounidense. Durante los debates de la enmienda en el Congreso en 1866, el Senador de Pennsylvania Edgar Cowan temía que la ciudadanía automática por nacimiento minara la capacidad del estado de defenderse “caso de ser invadido” — de nuevo esa palabra — por inmigrantes “de otra raza diferente”.

Por ejemplo, planteaba Cowan, “¿se propone que el pueblo de California permanezca sumiso mientras es invadido por un torrente de inmigración mongola? ¿Va a verse obligado a emigrar de su casa y hogar por los chinos?… Si otro pueblo de otra raza, de religión diferente, de costumbres diferentes, de diferentes tradiciones, gustos y afinidades distintas viene y disfruta del libre derecho de establecerse y asentarse entre él, y si tiene oportunidad de entrar en una inmigración tal que en poco tiempo duplique o triplique a la población de California, yo pregunto, ¿está indefensa para protegerse la población de California?”

Sustituya “California” por “Arizona” y “chinos” por “hispanos” y pensará escuchar a unos alarmistas del siglo XXI echando pestes de “bebés ancla” y la “invasión” de ilegales a través de la frontera sur. Para rematar, Cowan también denunciaba a los “gitanos” que emigraban a la Pennsylvania de su tiempo — un pueblo “pestilente”, los llamaba, “que no paga impuestos; nunca realiza el servicio militar; que… contamina a la sociedad”. Sólo los jugadores de la guerra de la inmigración cambian; la retórica sigue siendo la misma.

Por supuesto, la Enmienda 14 no va a ser enmendada, como saben perfectamente Boehner, Graham y los demás, y es difícil interpretar su apoyo a la idea como algo más que una posición política asumida por interés. (Eso tampoco ha cambiado: Tras la filípica de Cowan durante el debate de 1866, el Senador de California John Conness — inmigrante irlandés — apuntaba crudamente que tiene que ser “un capital muy bueno durante una campaña electoral pronunciar discursos contra los chinos”).

Pero hasta como bravata política, amenazar con revocar el derecho a la ciudadanía parece insensato.

 Después de todo, si la Cláusula de la Ciudadanía ya no ampara a los hijos de los inmigrantes en situación irregular — alrededor del 8% de todos los nacimientos estadounidenses — el principal resultado será ampliar la población en situación irregular. ¿Es eso lo que quieren ver los que rabian con la inmigración — aún más recién llegados a Estados Unidos sin derecho legal a residir aquí?

“Revocar el derecho a la ciudadanía”, escribe Michael Gerson, el antiguo redactor de los discursos de George W. Bush, “convertirá a cientos de miles de menores en ´delincuentes´ — que no llegan a través de la frontera, sino llorando en un hospital”. Eso no va a pasar. ¿Pero por qué alguien que simula preocuparse por la ciudadanía y el estado de derecho llega a sugerir algo tan injusto?

La Decimocuarta Enmienda no dice nada de los padres. No condiciona la ciudadanía a las tendencias, la familia o la orientación política. Los debates de la inmigración pueden polemizar, pero en esto la Constitución es inequívoca: cualquiera nacido en América es americano. Nuestra nación se ha enriquecido — no “invadido” — gracias al derecho a la ciudadanía.

Los nativistas del siglo XIX que temían lo contrario se equivocaron. Sus herederos intelectuales hoy también se equivocan.

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