El director de “Antes del anochecer” muestra admirablemente la maduración de un niño a lo largo de doce años, pero su visión sin esperanza le impide lograr una obra maestra.
Reconozco que mi crítica de Boyhood está pensada y escrita en dos tiempos. Una al salir de la película y otra después de estudiarla. ¿El resumen? Como ficción, Boyhood me parece una muy notable película –no una obra maestra– a la que falta épica para ser más grande. Como experimento del lenguaje cinematográfico de un director, Boyhood es prodigiosa. Si hay un tema que atrae a Richard Linklater, es el paso del tiempo y sus consecuencias. Su famosa trilogía romántica, inaugurada con Antes del amanecer, no es otra cosa: la disección del binomio amor y tiempo. En Boyhood, Linklater ha elevado su imán narrativo a la categoría de ensayo fílmico de laboratorio. Durante doce años, rodó a un grupo de actores –los mismos, que se reunían cada año durante unos días– para narrar el paso de la niñez a la madurez de un chaval de expresiva mirada azul colocado en el epicentro de una tormentosa familia disfuncional.
El espectador contempla cómo delante de sus ojos cambia la mirada del niño para endurecerse y perder la inocencia, cómo la niña cursi y repelente de los primeros minutos (la propia hija de Linklater) se convierte en una joven interesante, cómo la madre engorda y marca con arrugas amargas cada uno de sus fracasos sentimentales, o cómo el padre abandona su idealismo naif para formar una segunda familia a la sombra de un árbol casi peligroso de puro conservadurismo. Todo fluye de una forma natural, como el paso de las fotografías en un álbum familiar, sin que pesen las elipsis, sin necesidad de más explicaciones. El tiempo pasa y las cosas cambian. Y las personas más. Aunque no haya grandes dramas ni espectaculares puntos de giro. A veces, un cruce de miradas cómplices entre un hombre y una mujer captado por un niño desconcertado puede cambiar la historia de una vida (solo por esta escena Linklater merecía un León de Oro) mucho más que un intrincado giro argumental. El cine, como espejo de la vida, supera con creces este experimento. Y para Linklater, como fotógrafo e investigador del tiempo, esta película quedará como legado.
Como legado, sí. Como obra maestra, no. Para eso le falta un elemento que marca la vida de los seres humanos y de los protagonistas de una película. Los días pasan, la vida fluye pero el hombre es algo más que tiempo. En
Boyhood, como en el resto de la filmografía del director británico, hay una especie de determinismo, de tristeza existencial que tiñe de melancolía sus películas y que, curiosamente, las hace menos verdaderas. Para Linklater, el tiempo acaba siempre con la vida, los amores, las esperanzas y los ideales. Sin alternativas ni opciones. Sin toparse con el hombre, ese hombre real que, con épica, con lucha, es capaz de mantener amores, ideales y esperanzas a través del tiempo. Un hombre al que, como refleja de una forma soberbia Malick en
El árbol de la vida, el tiempo puede corromper pero también madurar, hacer crecer y mejorar.
Un hombre que puede atravesar el tiempo. Y no al revés.
Algo de este contrapunto –de esta, en el fondo, esperanza vital– le falta a Boyhood para ser una obra maestra.
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