La entrevista de Obama en tono de parodia con el cómico Zach Galifianakis, colgada en el portal Funny or Die la pasada semana, ha levantado la polémica entre las filas de su propio partido.
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Martes, 21 de julio 2026

La entrevista de Obama en tono de parodia con el cómico Zach Galifianakis, colgada en el portal Funny or Die la pasada semana, ha levantado la polémica entre las filas de su propio partido.
Difieren las opiniones en torno a la entrevista a Obama en tono de parodia con el cómico Zach Galifianakis colgada en el portal Funny or Die la pasada semana, y no según disciplina partidista únicamente. Dan Pfeiffer, estratega de cabecera de Obama, decía al New York Times que hasta en el Ala Oeste se debatía lo original que sabía ser el presidente a la hora de promocionar su mensaje entre los jóvenes. Los becarios bromeaban diciendo que algunos de los golpes más escandalosos “producirían un infarto a David Gergen”. Gergen, veterano analista de la capital que ha asesorado a ambas formaciones, Bill Clinton el último, no está en observación, pero sí que confirma que “no soy partidario de que los presidentes participen en programas” como el de Galifianakis. Mike McCurry, portavoz de prensa de Clinton durante cuatro años, advertía igualmente que Obama “debe preocuparse por la dignidad de la presidencia”.
Se sabe que las cosas van mal cuando hasta los incondicionales de Clinton creen que Obama hace mofa de su administración.
El presidente recurrió a Funny or Die para endilgar la Ley de Atención Asequible e instar a los adultos jóvenes a darse de alta en HealthCare.gov. Los funcionarios de la administración no perdieron tiempo declarando un éxito el programa. A las pocas horas de colgarse, más de 9 millones de personas lo habían visto, y la portavoz de ObamaCare Tara McGuinness tuiteaba que se había convertido en “la principal fuente de visitas a HealthCare.gov”, más de 32.000 antes de acabar la jornada.
¿Misión cumplida? A lo mejor, pero al precio de ser el objeto de burla de una entrevista falsa realizada por un cómico cuyo principal número consiste en insultar a su invitado con preguntas groseras. Dónde construirá Obama la biblioteca de su presidencia, preguntaba Galifianakis, “¿en Hawái o en su Kenia natal?” Si Obama tuviera un hijo, ¿le interesaría el fútbol o ser “un capullo como usted?” Acusando su total tedio mientras el presidente entraba a defender el ObamaCare, suspiraba: “¿Esto son los vehículos no tripulados de los que hablan?”
Hubo una época en que los presidentes entendían que su cargo exigía cierta gravedad. Que el jefe del ejecutivo del país no era un famoso más, sino el guardián de una competencia constitucional exclusiva. Que cuando se es inquilino de la Casa Blanca y se vuela a bordo del Air Force One y todo hijo de vecino se levanta cuando entras en una estancia, no es apropiado recurrir al mínimo común denominador cultural.
Dónde poner exactamente los límites siempre ha sido una especie de pregunta en el aire. “Me parece que la opinión pública norteamericana quiere de presidente un culo estirado, y me parece que voy a darles el gusto”, dijo en una ocasión Calvin Coolidge. Pero no hizo ascos a calzarse un tocado Sioux de plumas durante una visita a Dakota del Sur en 1927, saltándose a unos asesores temerosos de que quedara ridículo. Replicó Coolidge: “Bueno, dicen que es bueno que la gente se ría, ¿no?”
Siendo sinceros, la mayoría de los estadounidenses no quieren culos estirados de presidentes. Pero esperan “conservar la dignidad del cargo”, como dijo George Washington a James Madison, al tiempo que simultáneamente se evite “la acusación de arrogancia o seguridad innecesaria”.
Es un equilibrio delicado, y a medida que evolucionan las costumbres de la opinión pública, también evolucionan las nociones de lo presidencial idóneo. Durante mucho tiempo los presidentes fueron especialmente escrupulosos a la hora de respetar “la dignidad del cargo”. Sus sucesores más recientes se esfuerzan para no ser acusados de “seguridad innecesaria”. Harry Truman iba de traje y corbata cuando se ponía cómodo. Ni Bill Clinton ni los George Bush vieron nada de malo en correr públicamente con pantalones cortos y camiseta de deporte.
Pero hasta en nuestra era sin condicionantes, tendría que haber límites. Cuando en 1994 le preguntaron a Clinton en la MTV si era de “bóxers o calzoncillos”, debió de responder con un gesto gélido y pasar el turno de preguntas. En lugar de eso, sonrió de forma forzada y dio a conocer sus gustos en ropa interior.
Eso superó un límite que debería de ser inviolable, degradando no sólo a Clinton sino el respeto que se debe a la presidencia. Catorce años más tarde, cuando se hizo la misma pregunta al Obama candidato, supo que le convenía dignificar con una respuesta contenida. “No responderé a esas preguntas humillantes”, replicó.
Debió de haber hecho exactamente lo mismo cuando le pidieron acudir al programa de entrevistas mamporreras de Galifianakis. Puede ser una forma nerviosa y torpe de elevar el tráfico del Obamacare. Pero también degrada al presidente y al país que representa. Hay mejores formas de tener visitas a una página.
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