Pensamiento y Cultura, Política

El dilema de la competitividad europea

Los desafíos planteados por la economía global y la aparición de nuevos actores obligan a la región a replantear sus estrategias de desarrollo

Editorial
En un reciente y promocionado libro, El Sueño Europeo, Jeremy Rifkin contrasta la fortaleza de los modelos norteamericano y europeo, argumentando que el estado de bienestar adquirido por el Viejo Continente constituye una ventaja fundamental con respecto a su par transatlántico. Que mediante sus planes de flexibilización y desregulación económica, los Estados Unidos habían resentido su fortaleza como mercado y como sociedad de consumo. Europa podría constituirse, según el criterio del autor, en un modelo superador de las prácticas liberalizadoras prevalecientes durante los últimos veinte años. El propio Rifkin argumentaría que los esfuerzos dinamizadores por los que Inglaterra constituye una de las economías más competitivas del mundo, habrían resultado superfluos y que ello no produjo más que desamparo y conmoción. Pues todo ello es puesto en duda (ahora) por algunos análisis de la realidad.

En un reciente artículo publicado en Wall Street Journal (pero escrito desde Frankfurt), Marcus Walker analiza el comportamiento de la economía europea advirtiendo que la lentitud de sus reformas y la tenacidad demostrada en sostener un sistema de pensiones gigantesco, está paralizando su dinámica empresarial. Walker indica que el surgimiento de la competencia China, del Sudeste Asiático, y la incapacidad por responder a los nuevos desafíos han relegado al continente a un peligroso segundo plano. Los países europeos -sostiene- corren el riesgo de que sus poblaciones vean emigrar a empresas que en un pasado cercano constituyeron el motor de su desarrollo.

El diagnóstico de Walker coincide con la visión de Julian Callow, economista jefe de Barclays Capital, quien asume que en la carrera frenética de la globalización, donde el factor geográfico y de localización juega su rol, Europa está siendo dejada de lado. Callow admite que deberían emprenderse veloces remodelaciones para recuperar la capacidad de negociación y constituir un mercado atractivo a las nuevas demandas. Las grandes empresas no piensan en las tradiciones benefactoras cuando toman sus decisiones –argumenta- sino en el esfuerzo que una economía realice para resultar atractiva al inversor. En síntesis, en su capacidad de transformación.

Volviendo a las raíces, a Europa le vendría bien respetar el ciclo de “destrucción creativa” perfectamente presentado por Joseph Schumpeter. Por medio de éste, las economías y sociedades se entregan a la capacidad innovadora de sus agentes más creativos: los empresarios. Lógicamente, Schumpeter no aludía a una “sociedad de empresa”, sino a una sociedad impulsada por el ánimo empresarial. La capacidad de adaptación y de renovación hace que estas sociedades permanezcan a la vanguardia de todo progreso.

La posición de Rifkin naufraga, previsiblemente, en la compulsa con la realidad. Walker enumera una cantidad considerable de casos (Electrolux AB, IBM Corp, General Motors Corp, Sony Corp, etc.) que revelan un desánimo con respecto al futuro europeo. Transfiriendo sus activos a economías más dinámicas, obligan a revisar las condiciones bajo las que el sistema regional se está desarrollando. Sólo en el caso de IBM el 70% de los recortes de personal se producirá en la zona del euro. Pero también General Motors tiene pensado desprenderse de 12.000 empleados, incluyendo parte de los 32.000 trabajadores que componen su poderosa fuerza de trabajo en Alemania. La suiza Electrolux AB, se dispone a cerrar 27 plantas de producción como parte de una estrategia de cambio de su foco productivo.

La valoración que Rifkin produce sobre el modelo europeo no es desechable. La solidaridad y el espíritu de comunidad componen las bases de una sociedad bien constituida. Pero estos valores no son incompatibles con la capacidad de transformación y el espíritu de empresa. Por el contrario, podría argumentarse que gran parte del sentimiento de solidaridad proviene de la facilidad con que las personas intercambian y disfrutan de los avances que el conjunto produce. Lo que el dilema europeo plantea es esta comprensión del valor que el progreso económico proporciona a la fundamental idea de comunidad.

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