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El fuego presidencial

La ineptitud, descara y corrupción del regimen chavista le está distanciando de los venezolanos quienes esperan más eficiencia y dignidad que la mostrada por la actual clase dirigente del país.

Víctor Maldonado
El escenario, la ciudad de Calabozo. El protagonista, el presidente. El centro del discurso “que sentía en su interior un fuego que le revolvía todo”. La respuesta de los presentes, una sonora carcajada. ¿Fuego? ¿Petardo? ¿Qué será lo que tiene el presidente? Calorones aparte, el tono del discurso sonaba totalmente peripatético y divorciado de lo que la gente había ido a buscar al mitin.

No querían fuego, ni envolverse en la brasa ardiente de amor divino que amenazaba con volver cenizas al primer mandatario, sino que esperaban impacientes que comenzase la rebatiña de artefactos con las que este régimen en campaña quiere aplastar la dignidad de los venezolanos. Al perecer, lo que antes el pueblo daba graciosamente, ahora tiene un costo. Lo que antes era una certeza, ahora es solamente una pálida probabilidad. Por lo que se ve, las consignas han cambiado; antes el pueblo cantaba “con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo” pero ahora piensa “Agarra lo que puedas, y vota como quieras”. Fuegos fatuos.

Hay otros calorones que sofocan la agenda presidencial. Cuatro años después se saben algunas cosas. La primera de ellas que fue su desatinado dedo el que señalo a todos y cada uno de los veintidós gobernadores, el alcalde metropolitano, y cientos de alcaldes municipales. Que ese dedo es el responsable de la ineptitud, el descaro y la corrupción de todas y cada una de esas gestiones.
Que por lo tanto, problemas de inseguridad, desorden y suciedad que afectan a todo el país pasa por el hecho de que aquí se intentó un solo gobierno cuyo máximo ductor es el presidente de la República. Que la corrupción institucional ha hecho añicos cualquier intento de gestión pública. Que por esas razones, ni luz, ni seguridad, ni recolección de basura, ni ornato público, ni plan de viviendas, ni desarrollos turísticos, ni transporte urbano pueden mostrarse como logros concretos y dignos. Que las pocas obras que se muestran son fiambres administrativos que muestran a dónde ha llegado el desapego de este régimen con el pueblo venezolano. Y que ahora llegó el momento de recoger los vidrios rotos, cuando es imposible justificar por qué Aristóbulo va a hacerlo mejor que Barreto, o las razones por las que Tarek en su segundo mandato va a incrementar su desempeño. El fuego que abrasa al presidente es la culpa de haber mentido sistemáticamente, de haberse equivocado metódicamente, de haber esquivado constantemente su responsabilidad como gobernante.

Pero hay un detalle. La trampa en la que está metido es que las elecciones no son contra su investidura presidencial. No es contra el amo, sino contra los perros, muy al contrario de lo que él desea y de lo que algunos piensan. El seguirá como un fuego fatuo, recorriendo el país mientras el pueblo intenta armar los cambios regionales que les asegure más dignidad y más eficiencia. Porque si una revolución pasa de las ideas a la rebatiña es que algo no les está funcionando adecuadamente.

Muy probablemente sea alguna disonancia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que dicen soñar y lo que producen sus actos. Entre la propaganda y la cruel realidad, reducida a su más elemental ecuación por Franklin Durán: “más plata, más poder, más negocios”, convertida fatalmente en la divisa de la boliburguesía que se ufana de las facilidades que concede el régimen para que algunos se enriquezcan súbitamente. El fuego abrasador que siente el presidente no lo deja vivir, y muy probablemente le haga cambiar todo su reino imaginario por un caballo, como le ocurrió en las postrimerías de su vida a Enrique III, imaginado así por Shakespeare en la desesperación final de sus desatinos.

Fuente: Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE)

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