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La revolución contra el chavismo

“…Hacer la revolución contra el chavismo exige unidad, coraje, sentido de la oportunidad, capacidad estratégica y una inmensa capacidad para la convocatoria…”

¿Por qué la ira subterránea de los venezolanos no estalla como un volcán en la cara del gobierno? ¿Por qué los venezolanos de hoy parecen tan dispuestos a soportar un plan de racionamiento tan ingrato y tan odioso? El vacío desolador que impide responder a estas preguntas y a otras similares tiene que ver con la ausencia relativa de tres condiciones indispensables para encarar con éxito a la “totumocracia regresiva” que hoy está presidida por Hugo Chávez. Hacer la revolución contra el chavismo exige que nosotros aprovechemos la circunstancia y enfrentemos el reto mediante la confluencia de dirigentes diligentes, masas descontentas, y un aparato propagandístico eficiente que termine por inclinar la balanza de este lado.

La conducción política que necesitamos tiene que cumplir varias condiciones: unidad, coraje, sentido de la oportunidad, capacidad estratégica y una inmensa capacidad para la convocatoria. Lo que no tiene sentido es que en medio del desplome de la credibilidad del presidente y de su gobierno, la dirigencia se muestre tan abúlica, tan especialmente ausente, sin energía y obnubilada por discusiones sin sentido, debatiendo sobre la gastritis de Platón o el sexo de los ángeles mientras el gobierno sale invicto a pesar del desastre eléctrico, el racionamiento del agua, la hegemonía de la delincuencia, la ruina de las empresas del Estado y la corrupción impúdica que se exhibe a lo largo y ancho del socialismo del siglo XXI.
No hay que dejar de considerar una segunda línea de exigencias. Hay que reconocer que este gobierno ha movilizado al pueblo. Ha mantenido por mucho tiempo un atractivo emocional para buena parte del país que obtiene placer sumergiéndose en un movimiento de masas y sometiéndose a una autoridad superior. Tenemos que elaborar el antídoto contra la consigna carismática de “con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”. Y eso es perfectamente posible si en vez de jugar a la caperucita roja, proponemos un discurso y una organización de bases que sea capaz de reclutar a los que hasta ahora militan en el chavismo, que no lo hacen por las obras sino por el discurso redentor que los sacó de la nada para ponerlos a valer.
Y para eso hay un nicho de oportunidades. Alexis de Tocqueville, en su estudio sobre la Francia prerrevolucionaria señaló que las condiciones del pueblo llano nunca habían mejorado tan rápidamente como en los veinte años anteriores al cataclismo, y sin embargo, “los franceses cuanto mejor era su situación, más intolerable la consideraban”.

Esto nos lleva al siguiente corolario: Ni la miseria crea automáticamente el descontento, ni el grado de descontento es proporcional al grado de miseria. Lo que realmente hay que explotar es la frustración de las expectativas, y las disonancias entre lo que el discurso oficial dice y la realidad que provocan. J.A. C. Brown propone una hipótesis por la que nosotros no acostumbramos a pasearnos. El descontento es mayor cuando han mejorado las condiciones de los miembros originalmente rechazados o cuando han empeorado las condiciones de los miembros más privilegiados. Paradójicamente, cuando más alcanzable sea el fin, mayor insatisfacción produce el no haberlos alcanzado.

En eso estamos luego de diez años. Diez años de reivindicación espuria que movilizó al pueblo, lo colmó de beneficios pero a la vez lo encadenó a la miseria más vil cuando lo hizo depender de la renta petrolera transformada en limosna insostenible. Chávez les prometió el cielo de la igualdad pero realmente los encadenó a una opresión sistémica, que los ha dejado sin ciudades, sin espacios para el encuentro, sin sosiego y sin esperanza. Este régimen los ha reducido al hoy inclemente, a la ausencia del mañana por el simple azar de la violencia, por la mera necesidad que obliga a la delincuencia. Este gobierno envileció al pueblo y ahora éste espera una nueva oportunidad para su redención definitiva.
En eso consiste la inmensa oportunidad que tiene ahora la revolución contra Chávez y su totumocracia. Hacer la revolución necesaria comienza por crear las condiciones para la confluencia. Unidad sin condiciones, movilización sin excusas, crítica constante y propaganda permanente para volcar al pueblo hacia una opción más digna, más vital, realmente empoderada, y lo suficientemente pragmática para luchar contra los verdaderos problemas del país, aquellos que nos han condenado a la infelicidad y la villanía.
 

Fuente: CEDICE

 

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