Pensamiento y Cultura
Alejandro A. Tagliavini

Alejandro A. Tagliavini

El relativismo y las ciencias sociales

En el campo de las ciencias sociales, el relativismo produce una visión doblemente falaz de la realidad.

Por un lado, al ser todo relativo, subjetivo, cada sujeto tiene una verdad única y separada y, por tanto, la comunión social resulta imposible conformándose una sociedad en permanente y creciente conflictividad.

Por otro lado, el vacío que deja la inexistencia del Absoluto y la necesidad de unir fuerzas para sobrevivir, en esta sociedad altamente conflictiva, deriva en la existencia de los líderes mesiánicos: los que son capaces de imponer su «verdad», violencia de por medio, sobre las verdades más débiles. La «verdad» y la «moral» son las oficiales, según el parecer del gobernante de turno y, cualquiera que las viole merece, no solo la condena «moral», sino social y penal. Así se conforma el derecho positivo.

Desarrollo. El «conocimiento» relativista

El racionalismo como actitud es vieja como el hombre, es la soberbia intelectual. Su versión ‘institucional’, es decir, como justificación del Estado Nación coercitivo, si bien tiene un hito histórico destacado con la Revolución Francesa que, prácticamente, lo universaliza, tiene sus orígenes mucho antes. Ya en Roma, cuando aparece el positivismo jurídico, la codificación coercitiva, y el emperador es casi un dios, se establece claramente el racionalismo institucional.

Independientemente de la clasificación que realizan muchos historiadores, ubicando a Descartes como el iniciador del racionalismo filosófico, me parece que este tiene sus orígenes con anterioridad. En la ‘cultura occidental’, podríamos rastrearlo hasta la antigua Grecia.

Heráclito de Efeso (540-484 aC) se convierte en el principal exponente de la filosofía del devenir y, con su famosa frase «No puede uno meterse dos veces en el mismo río» (frag. 91), pone de manifiesto que el devenir, el cambio, es lo realmente existente, el incesante fluir de todas las cosas que se expresa en una suerte de sucesión. Parménides de Elea, aunque probablemente no haya tenido noticias de su contemporáneo Heráclito, parece basarse en él para luego, aparentemente, contradecirlo.

Efectivamente, afirma que el ser es uno (a lo que se opone Aristóteles con el ser análogo), inmóvil, inmutable, individual, eterno y prefecto, aunque no sería infinito. Afirmando que el orden sensible, y el movimiento consiguiente de los entes, es mera apariencia y completamente ininteligible. El mundo sensible es un epifenómeno del ser suprasensible.

Es decir que, Parménides, finalmente es un ‘idealista’, ya que el ser es inmóvil y, por otro lado, como el orden sensible es ininteligible, lo único inteligible es el pensamiento, lo que pareciera ser el comienzo de la abstracción egocéntrica racionalista. Así, para el racionalismo, el cosmos queda superado por un “orden” diseñado por la razón humana, que pasa a ser el “orden real”, positivo.

Es decir, si el cosmos es el orden establecido por el Ser que es el único que realmente existe, pero existe sólo en nuestro pensamiento egocéntrico, desde que lo sensible (lo externo) es ininteligible, entonces, solo nuestro ego puede ‘conocer’ el cosmos y, consecuentemente, puede explicitarlo (planificarlo).  Este pasa a ser el «orden real» (diseñado, planificado por el hombre) porque el verdadero cosmos, anterior al hombre y exterior al ego, si es que existe, es ininteligible.

Pero la realidad, por el contrario, es que el cosmos (lo externo al ego) existe aunque sea ininteligible de modo absoluto para el ego, y el orden creado por el hombre (la planificación racional), si existe es solo un intento personal por ‘adecuarse’ al cosmos.

Estas dos corrientes parecieran alejarse. Platón, con su idea de que el mundo sensible y mudable no permite verdadero conocimiento que sólo es posible en el mundo de las ideas eternas e inmutables, y Aristóteles, para quién, por el contrario, lo primero es el conocimiento sensible, es decir, externo al ego. Así, para el estagirita, la abstracción no es una función básicamente egocéntrica (aunque inevitablemente tiene su coeficiente de subjetividad) sino, por el contrario, algo que, pretende ‘reflejar’ lo más acertadamente posible la experiencia empírica externa.

La necesaria consecuencia del racionalismo, que considera ininteligible el mundo externo al ego, es la existencia de una «verdad» egocéntrica según cada persona, la «existencia» de verdades absolutas a partir del sujeto, el relativismo. De donde, todo «conocimiento», pasa a ser relativo al sujeto. El racionalismo, en definitiva, niega, de hecho, la existencia de Dios (el Absoluto, externo al ego).

De aquí la imposibilidad de comunión social, ya que cada sujeto tiene su propia «verdad» absoluta. Pero, como las verdades absolutas son unívocas, no admiten contradicción ni síntesis, no admiten discusión y, por tanto, cuando la acción física es necesaria, como en todas las cuestiones humanas (no puramente espirituales), solo se resuelven violentamente: se impone la verdad absoluta del sujeto más fuerte.

Y el sujeto que consigue ser el más fuerte desde el punto de vista físico material es el líder mesiánico: el que tiene “la Verdad». De aquí, dicho sea de paso, el culto por la fortaleza física, la juventud el materialismo.[1]

El verdadero conocimiento

Por el contrario, el verdadero conocimiento tiene condicionamientos externos al ego. Para empezar, el conocer es siempre positivo[2], en el sentido de que es tal en tanto nos sea útil en el camino hacia la perfección (para esto lo buscamos, para ser más perfectos, aunque erremos mucho). Por el absurdo, el conocimiento erróneo, que no es verdadero conocimiento, precisamente, de la verdadera naturaleza de las cosas, termina destruyéndonos y, consecuentemente, con nosotros, el conocer desaparecería. Es decir, en cualquier caso, el conocimiento no existiría. De aquí, la importancia de interpretar las ideas, en última instancia, a la luz del Bien, de la ciencia del Bien, de la Teología, pasando por la Metafísica, la Antropología y la Etica.

De aquí también, la ‘necesidad epistemológica’ de que orden natural esté dirigido al ‘último fin’, la necesidad epistemológica de que el conocimiento nos dirija al Bien, por cuanto, de suyo, la creación lo es.

Efectivamente, si (aun con mi carga subjetiva) ninguno de los fenómenos que observo está dirigido al bien, no podré tener conocimiento (que lo dirija al ‘ultimo fin’). Así es que, epistemológicamente, deben existir fenómenos sistemáticamente dirigidos al bien para que pueda tener verdadero conocimiento.

Pero, para estudiar la diferencia básica entre el relativismo y el verdadero conocimiento, me parece interesante discutir ‘el método empírico’. Ciertamente no me refiero al ‘empirismo inglés’, que suponía un universo exclusivamente ‘físico’, en donde sólo los hechos ‘materiales’ son merecedores de conocimiento, sino ‘el método empírico’ bien entendido. Esto es, que el conocimiento necesita, de modo imprescindible, de los datos que transmiten los fenómenos anteriores y externos al propio ego.

Paul Feyerabend explica que Jonathan Wurril (JW) «…tiene gran dificultad con la naturaleza de los hechos. Quiere distinguir entre hechos empíricos y hechos teóricos… En alguna ocasión define la diferencia en términos puramente psicológicos… En otras ocasiones parece suponer que el acuerdo logrado es algo más que psicológico, pero fundamentado sobre los mismos hechos: los hechos empíricos estarían menos impregnados de teoría de lo que lo están los hechos teóricos; tendrían un ‘núcleo empírico’. Neurath, Carnap y yo diríamos que tales hechos aparecen como menos invadidos por teoría… Los físicos clásicos describían y siguen describiendo nuestro entorno en un lenguaje que apenas considera la relación entre el observador y los objetos observados (suponemos cosas estables e inalterables; basamos nuestros experimentos en ellas), pero la teoría de la relatividad y la teoría cuántica nos han hecho constatar que este lenguaje, esta forma de percepción y esta manera de realizar experimentos tienen consecuencias cosmológicas… es decir, los hechos aparentemente empíricos son plenamente teóricos aun cuando frecuentemente funcionen como jueces entre alternativas teóricas. JW supone que tales jueces deben contener o una componente teórica neutral, o un núcleo no-teórico ‘fáctico’; es decir, supone que los científicos que utilizan hechos al examinar diversas teorías no los alteran, por ejemplo, no los convierten en hechos diferentes. Se muestra fácilmente el error de esta suposición… Para el relativista, la masa, la longitud, el intervalo de tiempo observados son proyecciones de estructuras de cuatro dimensiones en ciertos sistemas de referencia (cf. Synge, en De Witt y De Witt, ‘Relativity, Groups and Topology’, New York, 1964), mientras que el ‘absolutista’ los considera como propiedades intrínsecas de los objetos físicos”[3].

Personalmente me parece más acertada más la posición de Feyerabend, en cualquier caso, lo interesante de este párrafo es que queda claro que hasta los hechos “puramente empíricos” tienen una carga teórica que, inevitablemente, tendrá un coeficiente de subjetividad.

Para Reinhardt Grossmann: «La revolución cartesiana condujo… a los sistemas idealistas de Berkeley y Hume… podemos reconstruir el argumento ontológico (propuesto primeramente por Simon Foucher) contra la posición cartesiana del modo siguiente. Dado que los cartesianos mantienen que mentes y cosas materiales no tienen nada en común, el conocimiento indirecto de objetos materiales no puede reducirse a conocimiento directo de ideas. Pero dada la ontología cartesiana, sólo es posible el conocimiento directo. Por lo tanto, dada la ontología cartesiana, no podemos conocer objetos materiales ni directa ni indirectamente»[4].

Está claro que sí podemos ‘conocer’ los ‘objetos materiales’, en razón de que (además, por oposición al cartesianismo, al idealismo de Berkeley y Hume) existe ‘algo en común’ entre mentes y cosas materiales. Ahora, como las mentes son, necesariamente, subjetivas (pertenecen a un sujeto determinado), no existe tal cosa como ‘conocimiento objetivo’ a partir del sujeto, como pretende el relativismo, el racionalismo. Sino que, incluso lo que pareciera ser menos subjetivo (‘menos teórico’), la experiencia empírica, lo es necesariamente. No solo por la inevitable subjetividad intelectual, sino también física (no es lo mismo mirar con ojos sanos que por ojos daltónicos, etc), sicológica, histórica, etc.

Nótese que una cosa es encontrar la realidad en nuestro interior (lo que es válido, por ejemplo la idea de Dios que es un Ser externo), y otra muy diferente pretender que, nuestro ego y sus ocurrencias, son la realidad perfecta, absoluta.

En otras palabras, si bien es imposible que lleguemos a la verdad de modo absoluto, sino que, inevitablemente, nuestro conocimiento naturalmente será parcial y relativo, al menos el método empírico tiene la sensatez de intentar encontrar una verdad externa al sujeto y, por tanto, con tendencia a la objetividad.

El modo de cómo pasar del pensamiento al ser y, especialmente, cómo demostrar la existencia del mundo material (había dicho, anteriormente, que existía ‘algo en común’ entre mentes y cosas materiales), el famoso ‘problema del puente’, es un clásico.

En cuanto al problema del ser, me parece que, en principio, lo tenemos resuelto. Porque, gran parte de los más destacados teólogos y filósofos, coinciden en que, de algún modo, el ser y el pensamiento se confunden[5]. Anima est quodammodo omnia (el alma es de algún modo el todo) solía afirmar la antropología de la Alta Edad Media. Santo Tomas, por su lado, escribió que el alma espiritual está esencialmente dispuesta para «convenire cum omni ente»[6], para convenir con todo lo existente, y en tanto hay espíritu «es posible que en un solo ser tenga existencia la perfección del todo en su conjunto»[7].

En cuanto a la demostración de la existencia del mundo material, me parece que el problema no es tal o, al menos, no nos incumbe a los fines de este ensayo. Efectivamente, en primer lugar, no existe el mundo material como, generalmente, nos lo han descrito, precisamente, los materialistas (como algo estático e imperecedero). Sino que todo está sometido a un incesante y permanente cambio originado en fuerzas ‘no materiales’.

De hecho, hasta nuestro propio cuerpo no es el mismo ahora que hace un instante: habrán cambiado muchas células; nuestra mente tampoco lo es y ni siquiera nuestra alma. Así, según veremos, un sistema económico altamente eficiente y rico, no se caracteriza, fundamentalmente, por sus bienes materiales (que los tiene, por eso es rico), sino por su capacidad tecnológica, científica (mental, ‘creativa’). Ahora, por otro lado, estas fuerzas espirituales (como creatividad mental distinta a lo material), que son las que, verdadera y definitivamente, conducen al mundo, son ‘morales’ y no materiales (es decir que no son violentas, coercitivas, o coactivas).

Por todo esto es que, en mi opinión, la sabiduría frente al ‘problema del puente’ consiste, justamente, no en cruzarlo, sino, en conocer y ‘aprehender’ estas fuerzas ‘no materiales’ que le permitirán a nuestra ‘mente’ ser y (‘tener algo en común’) participar en la creación de las cosas materiales.

No existe, entonces, tal cosa como ‘conocimiento objetivo’ a partir del hombre (del sujeto); o, lo que en definitiva es lo mismo, a partir de las cosas materiales. En contraposición con esto, sí existe el conocimiento objetivo a partir de la aceptación de que, fuera de la mente que piensa, existe en la realidad “algo en sí” independiente del sujeto pensante, “algo absoluto”. El Objeto, el Absoluto ha creado una realidad (por tanto, objetiva) a la que la mente humana, por sus propias limitaciones e imperfección, no puede conocer (aprehender) absolutamente (por tanto, es incapaz de absoluto propio) sino solo parcialmente y con muchos errores, de modo que, si el hombre no tuviera una referencia externa segura, el conocimiento sería imposible.

Es decir que, como el conocimiento a partir solo del raciocinio humano (del sujeto) es relativo, sería imposible de no existir algo absoluto. Por ejemplo, Usted nunca podría ubicarme si le dijera que estoy a tres metros. Debo agregarle la referencia: a tres metros de la pared, y la pared está dentro de la casa, y la casa dentro de la ciudad, y así hasta llegar a la referencia ‘absoluta’.

Sea como fuere, es importante que quede claro que «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres… Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión…», según afirma Juan Pablo II[8].

Por el contrario, como la pretendida objetividad a partir solamente del ego humano es una falsedad, la ‘objetividad’ (es decir, la honestidad y veracidad) científica ha dejado de ser la búsqueda de la verdad, hasta las últimas consecuencias, para convertirse en el sometimiento a otras subjetividades menos informadas pero más influyentes en términos de poder y opinión publica. Así «Cuando (los científicos racionalistas) recuerdan sus votos de objetividad, hacen que otras personas formulen sus juicios por ellos», asegura Anthony Stand[9].

Precisamente, el hecho de que el conocimiento a partir solamente del ego humano sea, necesariamente, subjetivo, parcial y relativo, y que el ser humano (gracias al orden natural) progresa (se acerca cada vez más a la verdad), eso es lo que nos permite contemplar (admirar) lo Absoluto.  Es decir, ‘intuimos’ que existe el Absoluto, y lo necesitamos para avanzar en el conocimiento, pero no podemos conocerlo de modo absoluto. Ahora ¿cómo sabemos que existe el Absoluto? Pues es un necesario ‘acto de fe’ que salva la distancia de manera que podamos tener conocimiento que nos conduzca a la vida, de manera que podamos tener vida.

El conocimiento a partir del sujeto es tan relativo (y, por tanto, necesita de un marco absoluto) que, en la ‘discusión diaria’ las hipótesis que ‘salvan distancias’, son siempre usadas, contra el deseo del racionalismo que, como supone que la verdad racional es perfecta, cree que todas las ciencias naturales deben basarse sobre verdades absolutamente lógicas, demostrables y comprobables, a partir de hechos ‘físicos absolutos’.

Por ejemplo, desde la teoría de la relatividad de Einstein y el espacio de Minkovsky, sabemos que tanto los espacios como el tiempo no son absolutos sino que son relativos a un marco de referencia que elegimos arbitrariamente. Por ejemplo, mientras usted lee esto, al otro lado del globo terráqueo, es el día posterior o anterior al suyo, con relación a donde esté Usted ubicado. Es decir que, si se le cae una taza, dirá que ocurrió el día x, pero para otra persona en otra parte del planeta habrá ocurrido el día x + (-) 1. Volviendo a la relatividad, para un astronauta que viaja acercándose a la velocidad de la luz, para cuando regrese a la tierra, habrá pasado una cantidad de tiempo diferente al que pasó para Usted. Su reloj habrá registrado una cantidad de tiempo distinta.

La ‘verdad materialista’ es tan pobre (tan relativa) que ni siquiera podemos confiar en lo que nos parece tan real. Por ejemplo, muchas de las estrellas, que todas las noches observamos en el cielo no existen. Lo que vemos son solo luces que emitieron astros que existieron hace millones de años. Sí es real la luz en nuestra retina, pero no la estrella. Irónicamente, muchos de estos astros (solo luces, en rigor) podrían servirnos como referencias seguras.

En definitiva, está claro que todo conocimiento a partir del hombre es relativo, es decir, que somos incapaces de conocimiento absoluto, porque para esto deberíamos ser perfectos. El relativismo, por el contrario, pretende que, no existe el Objeto externo a la razón y, por tanto, es «absoluto» el ego de cada persona. Sí somos capaces, a través de la fe, de saber de la existencia del absoluto, pero nuestro conocimiento siempre será relativo, en el sentido de parcial y referido a un parámetro. Parámetro que, en el caso de la Teología, en última instancia, es la Revelación Divina. De manera que, de no ser por la Teología (pasando por el realismo filosófico apoyado en el orden natural, con la invalorable ayuda de la metafísica, la antropología y la ética), el hombre entraría en un círculo vicioso irresoluble y desconcertante.

Efectivamente, lo relativo hace referencia a lo absoluto. Algo es relativo con respecto a un absoluto. Pero, si nuestro conocimiento proviniera solamente de la razón del hombre, nuestra idea de ‘absoluto’ también sería relativa. Con lo que nuestro conocimiento relativo sería con referencia a un ‘absoluto’ relativo, es decir, que sería relativo con referencia a otro relativo. Una ‘absoluta’ indeterminación. Algunos dirán que, en este caso, lo que vale es la experiencia de aquello que es bueno, pero ¿qué es bueno si todo es relativo?  En definitiva, de cualquier modo que se mire, el hombre no podría conocer verdaderamente sin, finalmente, confiar y depender del último fin, el bien.

Paul Feyerabend, explica que «… no hay razones que obliguen a preferir la ciencia y el racionalismo occidental a otras tradiciones, o que les presten mayor peso… su excelencia sólo puede demostrarse de una forma circular, suponiendo una parte de lo que debería demostrarse… Ni hay nada así como un ‘método científico’, o un ‘modo científico de trabajo’»[10].

Es decir, que la ciencia no es un método absoluto sino un ‘arte’, una ‘tradición’, que, necesariamente, se maneja en un mundo relativo realizando ‘actos de fe’, según hemos visto, e implícitas o explícitas referencias a verdades ‘supuestas’ anteriores. El conocimiento del Bien, del Absoluto (a partir de la fe), por no ser ‘circular’ (porque no se supone nada ni nada debe demostrarse), aun cuando puedan utilizarse términos naturales, posibilita, a partir de aquí, el resto del conocimiento humano. Por cierto que lo que estoy afirmando no significa una adhesión a la teoría ‘fideísta’ de Pedro Daniel Huet (obispo francés, 1630-1721, autor de ‘Censura philosophial cartesianae’ y ‘Demostratio evangélica’, entre otras obras), según la cual, en respuesta al racionalismo de Descartes, toda la certeza filosófica solamente puede fundamentarse en la fe divina, actitud extrema, en relación con el conocimiento de Dios, que niega la capacidad de la razón natural humana para la cognoscibilidad de la realidad divina, señalando a la Revelación como único camino. Por el contrario, esta claro que, el Absoluto, y las realidades relativas a El, son naturales (la fe es natural al hombre)[11]. Lo único que estoy haciendo es utilizar una táctica tomista según relata Chesterton: «…hay una frase… típica de Tomás de Aquino… referida a su propio argumento: ‘No se funda en documentos de fe sino en los argumentos y las afirmaciones de los propios filósofos’…»  (es decir que) «…o renunciamos a discutir con un adversario o argumentamos en su terreno»[12].

Resumen

En el campo de las ciencias sociales, el relativismo produce una visión doblemente falaz de la realidad. Por un lado, al ser todo relativo, subjetivo, cada sujeto tiene una verdad única y separada y, por tanto, la comunión social resulta imposible conformándose una sociedad en permanente y creciente conflictividad. Por otro lado, el vacío que deja la inexistencia del Absoluto y la necesidad de unir fuerzas para sobrevivir, en esta sociedad altamente conflictiva, deriva en la existencia de los líderes mesiánicos: los que son capaces de imponer su «verdad», violencia de por medio, sobre las verdades más débiles. La «verdad» y la «moral» son las oficiales, según el parecer del gobernante de turno y, cualquiera que las viole merece, no solo la condena «moral», sino social y penal. Así se conforma el derecho positivo.

Por Alejandro A. Tagliavini

(Conferencia en la XXXIII Semana Tomista, Universidad Católica Argentina, Facultad de Filosofía y Letras. Reproducido por la Asociación de Psicología Integral de la Persona)

 


[1] Según el cardenal Joseph Ratzinger “el hombre es un ser… creado para convivir con los demás… Eso supone la renuncia a la absolutización del “yo” e implica la existencia del derecho común, de la autoridad. Es un gran error considerar la autoridad como enfrentada a la libertad. En realidad, una autoridad bien definida es la condición de la libertad”, Aceprensa, 145/04. Una autoridad bien definida, es moral, por tanto, se opone a la violencia.

[2] «Por lo pronto, es preciso tener en cuenta que todo conocimiento y toda facultad ejercida por el hombre tiene un fin, y que este fin es el bien. No hay conocimiento ni voluntad que tenga al mal por objeto», ‘La Gran Moral’, I, I, atribuida a Aristóteles, ‘Moral’, Ed. Espasa-Calpe Argentina SA, Buenos Aires 1945, p. 26.

[3] ‘Adiós a la razón’, Editorial Tecnos, Madrid 1996, pié de pp. 44-45.

[4] ‘La estructura de la mente’, Editorial Labor, Barcelona 1969, pp. 181 y 184.

[5] Según R. Verneaux «el conocimiento es un acto espontáneo en cuanto a su origen, inmanente en cuanto a su término, por el que un hombre se hace intencionalmente presente en alguna región del ser. Ante todo, hay que afirmar que el conocimiento es una especie de ser, o mejor aún una manera para el hombre de existir… El conocimiento es un acto. Esto significa dos cosas: que no es un movimiento y que no es una producción; o, en términos positivos, que de suyo es pura contemplación inmóvil».

[6] ‘Quaestiones disputatae de veritate’, 1,1

[7] ‘Quaestiones disputatae de veritate’, 2,2.

[8] Encíclica ‘Veritatis Splendor’, Roma 1993, n. 99.

[9] ‘Science is a Sacred Cow’, E. P. Dutton and Co., New York 1958, p. 165.

[10] ‘Adiós a la Razón’, Ed. Tecnos, Madrid 1992, pp. 59-60.

[11] Con respecto al  ‘fideísmo’ ver también la Encíclica ‘Fides et Ratio’ de Juan Pablo II Roma 1998, n. 52 y en adelante.

[12] ‘Santo Tomás de Aquino’, G. K. Chesterton, Ediciones Lohlé-Lumen, Buenos Aires 1996, p. 82-3.

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