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Anderson Menezes / Pexels

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La pobreza no es natural sino causada por los Estados (por la violencia)

Para que no queden dudas empezaré por el final, el corolario: todos los gastos del Estado, incluidos los salarios de los burócratas comenzando por el presidente, si no se financien con la venta de las cuasi infinitas propiedades estatales, van directamente a provocar desnutrición infantil.

                        Está muy errada creencia de que la pobreza es algo “natural” y que la sociedad, comandada por el Estado, los políticos, debe solucionarla o al menos paliarla. Normalmente esta creencia es alentada, precisamente, por los interesados: los políticos y burócratas que así disimulan que no es algo que se da naturalmente, sino que ellos son los causantes mientras se enriquecen inmoralmente.

                          He citado anteriormente un video de Natureisspeaking.com, con la voz de Julia Roberts, en el que “la Madre Naturaleza” nos dice «ya tengo más de 4500 millones de años, estoy preparada para evolucionar, no necesito a los humanos, sino que ellos me necesitan a mí, no importa lo que el hombre haga, si me sigue evoluciona conmigo sino se destruye». Urge, entonces, respetar a la naturaleza y seguirla y no tener la soberbia de pretender desviarla como si el cerebro humano tuviera la más mínima chance de mejorarla.

                         Está claro que esta “Madre” provee de todo lo necesario para la vida o, puesto a la inversa, si no lo proveyera ya habríamos desaparecido. Así, lo más urgente, el aire y el oxígeno sobreabundan. Y lo mismo ocurre con la alimentación ya que el mundo produce suficientes alimentos para toda la población global, los 8200 millones de seres humanos y todavía sobra para 3000 millones más. Y también el trabajo sobre abunda dado que todo está por hacerse, basta pensar en el déficit habitacional global, la falta de hospitales, escuelas, y tanto más.

                         Entonces, si la naturaleza nos da todo ¿por qué hay pobreza? ¿por qué nos desviamos y no la seguimos? Pues ocurre por el uso de la violencia que los griegos, como Aristóteles, ya la definieron, precisamente, como la fuerza extrínseca, exterior al ser, que pretende descaminar el desarrollo intrínseco -espontáneo- natural de la vida: la fuerza que pretende desviar la voluntad y el impulso propio de las personas, de la sociedad natural. Ergo, la violencia equivale a quitar libertad.

                        Y, como el Estado se arroga el monopolio de la violencia, es el principal sujeto que impone un desvío del camino natural, espontáneo, intrínseco ya que con su coacción está desviando al ser humano, a las sociedades, del ordenamiento de la naturaleza. Los índices que miden la libertad en el mundo -como el de la Heritage Foundation– aun siendo arbitrarios y sujetos a criterios ideológicos, hay algo que no pueden disimular: que, en general, los países más pobres son aquellos en los que el Estado coacciona más a sus ciudadanos, los menos libres.

                        Así, un mercado -el conjunto, la sumatoria de todos los habitantes de un lugar- natural es un mercado “libre” de violencia, que se desarrolla espontáneamente, intrínsecamente por sus propias fuerzas y potencias sin que ningún tercero pretenda coactivamente descaminar su desarrollo.

                       Centrémonos en los impuestos ya que vale lo mismo para cualquier extracción coactiva de recursos sociales, como la inflación o la toma de préstamos por parte del Estado. La realidad es que, las cargas fiscales -aún las teóricamente dirigidas hacia los más ricos- recaen con más fuerza sobre los más pobres ya que, cuánto más alta es la capacidad económica de una persona, con más fuerza las deriva hacia abajo, por caso, los empresarios las pagan subiendo precios, encareciendo los suministros -como la alimentación- de los más pobres.

                      Otros modos en que los empresarios derivan son bajar salarios o dejar de invertir demandando menos mano de obra, lo que conlleva una baja en las remuneraciones de los trabajadores. Sea como sea, siempre se trasladan los impuestos hacia abajo en una catarata que impacta en el fondo.

                      Por cierto, este traslado es necesario, no es algo que pueda o deba evitarse. A ver, la función de un empresario es ganar dinero de modo que pueda invertirlo para sostener y agrandar su empresa y así contratar a más trabajadores, y progresar tecnológicamente para aumentar la productividad y bajar el costo y, luego, el precio de sus productos.

                      Claramente hoy existen capitalistas que no reinvierten en sus compañías y gastan el dinero en frivolidades para satisfacer su ego, pero esto no es lo normal en un mercado natural -libre- sino, precisamente, cuando el Estado coactivamente le otorga privilegios -como aduanas que impiden la competencia exterior- que le permiten obtener un fuerte lucro, sin la permanente reinversión para mejorar su empresa que sería necesaria si tuviera una dura competencia.

                      Es decir, necesariamente los impuestos -y toda carga fiscal- serán trasladados hacia abajo perjudicando con más fuerza a los que se encuentren al fondo de la escala económica: los pobres que, con suerte, tienen un salario que ellos no se pueden aumentar o, peor, los que no tienen ninguna remuneración y ven subir los precios y, peor aún, los niños que no tienen recursos y que tampoco tienen la fuerza de los adultos para procurarse comida de algún modo.

                       Ahora, una vez que el Estado crea la pobreza y el hambre, los políticos demagogos se llenan la boca diciendo que harán asistencialismo, que entregarán asistencia social a los más pobres. Nada más irónico. Resulta que el gobierno retira recursos del mercado de manera coactiva, empobreciendo a muchos y, luego de pasar por una enorme burocracia que se queda con buena parte de esos recursos, les devuelve a los pobres sustancialmente menos de lo que les quitó.

                       Por cierto, además del mal gasto por la burocracia parasitaria, el Estado es de suyo ineficiente y así dilapida grandes sumas de dinero. La eficiencia se basa precisamente en los acuerdos voluntarios, como cuando un camionero compra un vehículo porque le conviene para mejorar su negocio, y la fábrica prefiere el dinero también para sostener y mejorar su actividad.

                       El Estado en cambio, fuerza a pagar impuestos precisamente porque nadie lo haría voluntariamente porque no conviene, no hace a la eficiencia de nadie porque lo que da a cambio no es eficaz para sus economías, para la economía en general. Los burócratas, que no manejan dinero propio y, por tanto, no están realmente incentivados para maximizar su usufructo terminan dilapidando fortunas en cuestiones que ellos creen -por razones ideológicas o políticas- que son necesarias.

                        Resumiendo, la violencia siempre destruye ya que pretende desviar el curso de lo natural, espontáneo. Así, el Estado, que puede definirse como el monopolio de la violencia ya que de otro modo no podría cobrar impuestos y no existiría, es el que provoca la pobreza.

Alejandro A. Tagliavini.

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

En X @alextagliavini

www.alejandrotagliavini.com


Foto; Anderson Menezes / Pexels

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