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El “uso de la fuerza” o recurrencia a los” bombazos”

Quizás, porque tienen una conocida amistad, admiración, alianzas estratégicas o simpatía con los sanguinarios líderes, por demás autoritarios, a los que la comunidad internacional hoy enfrenta

La Carta de las Naciones Unidas, bajo ciertas condiciones, autoriza expresamente al Consejo de Seguridad de la organización, responsable principal por la paz y seguridad internacionales, a recurrir al uso de la fuerza. Las normas para esto están incluidas, detalladamente, en el Capítulo VII de esa Carta. Conforman nada menos que el sistema de seguridad colectiva del mundo civilizado. Esencial para poder preservar la paz.
Pero, pese a la meridiana claridad de las normas, no todos necesariamente creen que esto es efectivamente así. Quizás porque no quisieran que fuera así.Por eso, cuando algunos países -para evitar las matanzas de civiles inocentes y corriendo los riesgos consiguientes- cual brazo armado de las Naciones Unidas recurren al uso de la fuerza, personajes realmente insólitos como la presidente de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, critican abiertamente a la comunidad internacional, sosteniendo que la organización sólo pretende “arreglar las cosas a los bombazos”, refiriéndose a lo que sucede en Libia.

Como si hubiera que haber esperado que Muammar Khadafi o Laurent Gbagbo masacraran -en sus respectivos escenarios- a miles de civiles inocentes más, con los brazos cruzados. Viendo correr la sangre, pero fingiendo estar mirando para otro lado. Como si el deber o la responsabilidad de proteger simplemente no existieran.

Quizás, porque tienen una conocida amistad, admiración, alianzas estratégicas o simpatía con los sanguinarios líderes, por demás autoritarios, a los que la comunidad internacional hoy enfrenta. Quizás, para hacerse los raros o distintos. Quizás, por simple ignorancia. Pero piensan así, ciertamente.

Mientras tanto, países como Francia están poniendo en práctica políticas activas bastante más duras. Los contingentes de paz de las Naciones Unidas y de Francia, por ejemplo, no vacilaron demasiado en sacar por la fuerza de su refugio a Laurent Gbagbo, en Abdiján, Costa de Marfil, antes de permitir que su guardia pretoriana y los milicianos y matones contratados continuaran con los desmanes ya iniciados, apuntando a civiles inocentes.

Por la misma razón, los aviones franceses, contra el reloj, salvaron a cientos de miles de civiles inocentes en la ciudad de Benghazi de una masacre ejemplarizadora por parte de los mercenarios de Khadafi. Y los miembros de la OTAN, con sus aviones, están evitando que las fuerzas armadas regulares libias destruyan, recurriendo a las armas pesadas, a miles de civiles mal armados -que actúan conmovedoramente y con riesgo cierto de sus vidas, a la manera de una suerte de “Armada Brancaleone”- que están tratando de recuperar las libertades individuales que un Khadafi corrupto y sanguinario les sustrajera.

También por eso los países de la OTAN están presentes y militarmente empantanados en Afganistán, empeñados en tratar de derrotar al Talibán y a Al-Qaeda. Ocurre que ellos no están actuando alocadamente “a los bombazos”. Están cumpliendo rigurosamente con su deber de actuar como buenos ciudadanos de la comunidad internacional organizada. Lo que es bien distinto de moverse siguiendo simplemente impulsos coloniales, como algunos creen. Lo hacen en la línea de pensamiento, entre otros, del socialista ex Canciller francés, Bernard Kouchner, para evitar más atrocidades.

En esta misma línea, el propio Secretario General de las Naciones Unidas ordenó a sus helicópteros entrar en acción. Para quienes recordamos lo sucedido en los Balcanes como consecuencia de las dudas de algunos funcionarios como el ex Secretario General Boutros-Boutros Galli y su sub-secretario Akashi, todo un cambio. La “doble llave” ha quedado en el olvido. Pero hay que entender lo que sucede o por lo menos estar dispuesto a escuchar y razonar con los demás. Para algunos, esto no es nada fácil. Porque no pueden o no quieren entender. Tienen, reitero, todas las respuestas y son, creen, infalibles. Una pena.

 

Emilio Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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