Del 2 al 6 de octubre se ha celebrado en Madrid Liber 2013, la feria profesional más importante del sector editorial en español. Como es lógico, este evento intenta transmitir a la sociedad la importancia económica, social y cultural del libro dentro y fuera de España. Y da pie a reflexionar sobre la situación de este difícil campo, especialmente en tiempos de transición digital.
Como señalaba Javier Cortés, presidente de la Federación del Gremio de Editores, el sector editorial en español, en 2012, fue la principal industria cultural española, y la cuarta del mundo. En el mercado interior se facturaron 2.471,49 millones de euros por la venta de libros. Esto supone un 10,9% menos que en el ejercicio precedente. Y las previsiones para el 2013 también son muy a la baja.
El problema es que desde 2008 la caída acumulada es ya del 22,4%. Siempre se supo que el gasto cultural era el primero en caer en tiempos de dificultades económicas. Ahora, además, la situación se complica con los cambios producidos en el ámbito de la distribución y la transición digital (con el añadido porcentaje de piratería).
El libro electrónico, con 54.714 títulos comercializados, representa por el momento solo el 3% del total de ventas. El número de títulos digitales creció un 13% respecto a 2011; pero muchos de ellos cuestan todavía 15 €, lo que no favorece su popularidad.
El libro de bolsillo –6,1% de los títulos editados– ha caído un 24,2%. Hasta manuales y libros de texto notan el zarpazo de la presencia en las aulas de los modernos dispositivos electrónicos. El año pasado el número de títulos editados bajó un 8%, para quedarse en 69.688, según el INE.
Menos mal que aumenta la venta de libros al extranjero: 527,34 millones euros en 2012, un 4,1% más que el año precedente. Tiene importancia cultural también para la difusión de la lengua española en el mundo. En el plano comercial, se elaboran previsiones optimistas respecto de Estados Unidos, donde parece imparable la presencia de lo hispano. Por ahora, sin embargo, el primer destino de la exportación es la Unión Europea, antes que América (sobre todo, México, Argentina y Brasil).
La pujanza de los libros religiosos en Italia
Curiosamente, los datos coinciden bastante con una investigación italiana, que comenta Andrea Galli en Avvenire(2-10-2013): el mercado del libro está en recesión desde 2008, y en 2012 las ventas descendieron un 14%. La caída es solo del 4% en los editores católicos (el 13% del mercado global del libro), aunque se registra un incremento del 4,5% de libros religiosos producidos por empresas no confesionales: abordan sobre todo temas históricos, con una fuerte atención al mundo oriental, y el área de “espiritualidad”, zona ligera, capaz de atraer a un público difuso en creencias y orientación ética. Pero la producción de libros religiosos dirigidos a la familia corresponde por completo a las editoriales católicas. En España, en 2008, se editaron 2.999 títulos de Religión y teología (el 3,5% del total).
En Italia, aumenta significativamente la compra de libros religiosos por Internet: se pasa del 3,8% en 2011 a un 11,5% en el primer trimestre de 2013. El crecimiento es notable, pero los contornos del fenómeno siguen siendo inciertos, sobre todo porque el gigante del sector, Amazon, no facilita sus datos.
Sorprende que, según el Instituto de estadística, solo el 46% de los italianos lea al menos un libro al año: más de la mitad de la población no ha leído ninguno en 12 meses. No parece lógica esa cifra, cuando se da para España el 63% de los ciudadanos, y se estima la media europea en el 70%. En todo caso, el mercado se apoya en la franja de los que leen al menos 12 libros al año, el 6,3% de la población, un porcentaje inferior al de otros países europeos semejantes.
Francia frena a Amazon
En Francia acaba de discutirse un proyecto de ley sobre la venta on line. Lo presentaron diputados de la oposición (UMP), pero contó con el apoyo del gobierno, dispuesto a defender a los libreros: la ministra de cultura, Aurélie Filippetti, había acusado públicamente a Amazon, el pasado mes de junio, de competencia desleal en la venta de libros (el problema deriva de la ley francesa de 1981 sobre el precio fijo, con posibles descuentos predeterminados).
La multinacional americana tiene en Francia una cuota de mercado del 70% en ventas on line de libros impresos. Salió al paso de las críticas en Le Figaro informando de que, en contra de lo que suele decirse, la mayor parte de sus ventas –hasta el 70%‑ no corresponde a novedades, sino a obras con más de un año en catálogo, con frecuencia no disponibles en las librerías convencionales.
El proyecto aprobado por la Asamblea Nacional francesa impedirá en el futuro acumular descuentos con gratuidad de los envíos. La medida afecta a Amazon, y también a FNAC. Para el diario liberal L’Opinion (4-10-2013) es una victoria pírrica de las librerías, que no han sabido reaccionar ante la difusión de lo digital. Como escribe un profesor de literatura francesa en Alemania, que vive en Estrasburgo (Le Monde, 5-10-2013), cada vez le resulta más difícil comprar en las librerías las obras que necesita. Ante la insuficiente de la distribución francesa, que puede tardar una semana en servir un título a la librería –a diferencia de la alemana, capaz de hacerlo en 24 horas–, le parece inconsecuente el combate contra Amazon, aunque está de acuerdo con el proyecto legal: pero si la patronal del libro se contenta con eso, “dará una vez más la impresión que remedia con protestas y prohibiciones la simple incapacidad de proporcionar una oferta competitiva”.
La realidad es que se reiteran noticias sobre cierre de librerías y tiendas de contenido cultural, como la cadena Chapitre, que anuncia la venta de sus 57 locales, en intento de superar una quiebra inminente. También FNAC tiene problemas, y suprimirá 180 puestos de trabajo, de un total de 800.
En fin, no se ve cómo un gobierno puede apoyar a la cultura sin caer en cierto intervencionismo que, aparte de las ventajas e inconvenientes comunes, tiene el riesgo de afectar a las libertades ideológicas de los ciudadanos. La pasión por la cultura suele depender más de la familia y la educación que de las decisiones de los gobernantes: refleja ambientes y tradiciones seculares, que no se cambian por decreto. Pero existen políticas que, sin necesidad de ministerios de cultura ni siquiera de direcciones generales del libro, pueden favorecer su difusión: por ejemplo, las asignaciones destinadas a las bibliotecas públicas y a las de los centros educativos; o la cuota del IVA, que, en España, es del 21% para el libro electrónico frente a del 4% para el impreso.