La guerra en Ucrania se ha convertido en el mito fundacional de la nueva identidad nacional rusa. El conflicto no sólo responde a objetivos estratégicos o territoriales, sino que estructura un nuevo consenso interno basado en el antioccidentalismo, la percepción de agravio histórico y la idea de una confrontación civilizatoria con Occidente.
El antioccidentalismo ha pasado de ser un recurso retórico a un principio organizador del sistema político y social ruso. La guerra ha normalizado y legitimado una visión del mundo en la que Occidente es percibido como una amenaza existencial, reforzando la cohesión social, la resiliencia del régimen y la disposición al sacrificio prolongado.
La resiliencia rusa se apoya en una combinación de guerra, economía, cultura y control narrativo. A pesar de las sanciones, Rusia ha experimentado crecimiento económico, reorientación geoeconómica, reafirmación cultural y un fortalecimiento del control estatal sobre la narrativa pública, consolidando un nuevo contrato social en torno al Estado.
Occidente se enfrenta a una Rusia transformada, no a una Rusia en colapso. Las estrategias basadas en el castigo económico y la expectativa de desgaste interno han demostrado ser insuficientes. El desafío que plantea Rusia es estructural y a largo plazo. Es identitario, normativo y geopolítico y exige a Occidente realismo estratégico, cohesión interna y una visión sostenida para gestionar una confrontación prolongada.



















