¿Somos los latinoamericanos más felices que otras sociedades?
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Martes, 21 de julio 2026
¿Somos los latinoamericanos más felices que otras sociedades?
La economía conductual ha sido vista con cierta reserva en tanto ofrece quizá un poco más de lo que en verdad entrega. Quizá un tanto olvidada, regresa con cada presentación que nos recuerda que el crecimiento del Producto Interno Bruto, tiene implicaciones sobre cosas como la capacidad de la gente para determinar su futuro, tener un empleo, vivir con seguridad y tener esperanza en el futuro, sin las preocupaciones de cambios abruptos que amenazan o empobrecen.
Parte de la inquietud se debe a la promesa de que el “conocimiento local” o de la propia situación, es un acertado mecanismo de predicción del bienestar económico de una nación o grupo humano. Al contrario, sugerimos en vena Hayekiana que es importante tener en mente los límites institucionales del conocimiento y de los intereses del ser humano. El conocimiento irremisiblemente disperso en la sociedad nos invita a revisar los resultados de las decisiones de gobierno no con base a la tradición de las generaciones que llevamos de oír las mismas recetas por radio, televisión y prensa, sino según sus beneficios concretos.
¿Somos los latinoamericanos más felices que otras sociedades? Muchos se lo han creído, pero esto más que obedecer al crecimiento del PIB, puede deberse también a que ahora se crea estar más cerca del ideal en el que “todos dependeremos del Estado para la solución de nuestros problemas.” En la tradición latinoamericana que lleva más de tres generaciones de escuchar eso de abuelos, padres y contemporáneos, eso es una verdadera fuente de esperanza, si bien equivocada. Si la universidad nacional lo enseña, los medios lo repiten y algún político bravucón los dice por CNN, quizá estamos más cerca de ese ideal que nuestra “narrativa social” nos comunica.
La información que viene de los precios y el homo-economicus son dos respuestas a un mismo problema, los hombres hacemos decisiones equivocadas en todos los frentes. Los precios evitan errar y el homo-economicus hace solo decisiones que maximizan sus utilidades. Momento, no es tan rápido, ni tan fácil. Los hombres hacemos decisiones empresariales equivocadas porque la libertad de los otros seres humanos requiere una capacidad de lectura propia de especialistas en intercambio. Son los empresarios quienes pueden mejor prever circunstancias “invisibles” para el resto. Pero la información está dispersa y el conocimiento de lo local no nos garantiza cosa alguna.
En nuestro medio una distorsión más que debemos agregar como variable de la economía conductual es la cultura de negociación al margen de la ley. El irrespeto a la propiedad privada es generalizado, la compra de privilegios de distintos colores y sabores es un asunto normal, el mercado negro de leyes, de fallos jurídicos o de favores políticos, generalmente constituyen abuso a los derechos de propiedad de alguien más. Todo esto mientras la insensibilidad jurídica se va confirmando como un efecto de vivir en un paisaje natural que incluye no solo el subdesarrollo sino también la pobreza. Metodológicamente, de lo que estamos hablando es de no vaticinar que el comportamiento de éste o aquel indicador “local,” nos sugieren tal o cual efecto económico. Debemos volver a la prueba y el error, a evaluar qué funciona y cómo funciona, en vez de asumir que sabemos suficiente del ser humano como para predecir de su felicidad la prosperidad. Hay indicadores que solo muestran los prejuicios de conglomerados enteros, corrompidos por enseñanzas equivocadas. Para estos la felicidad es la de las masas, que esperan más de lo que dan, y no la del hombre selecto, que se exige más a sí mismo que a los demás.
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