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Luces y sombras del discurso de la presidente ante las Naciones Unidas

El conocimiento del funcionamiento del mundo -y de sus actores- no es ciertamente uno de sus fuertes


Cristina Fernández de Kirchner ha utilizado el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas en cinco oportunidades. En cuatro de ellas lo hizo en su carácter de Presidente de la República Argentina.

Esta vez cometió una serie de errores de táctica que quizás pudo haber evitado, como el de -en la reciente 66° Asamblea- hablar demasiado cerca del discurso pronunciado previamente por la sólida Dilma Rousseff -la Presidente de Brasil- país que abre siempre, por tradición, la larga serie de mensajes presidenciales de los Estados Miembros en la Asamblea General, mandataria que -como persona, a diferencia de la nuestra- convoca la atención de la audiencia multilateral.

Este año las cosas no fueron distintas. Lo primero que hizo la presidente argentina fue recordar a su difunto marido, señalando que en su momento fue electo presidente con apenas, dijo, el 22% de los votos de los argentinos. Con escaso apoyo, entonces. Para enseguida pasar a describir, con números, loslogros de su administración. Lo hizo ante una audiencia suspicaz que, como el FMI, desconfía obviamente de la manipulación de las cifras oficiales que muchos atribuyen al INDEC. Se ufanó, además, de que nuestro país está pagando su deuda (externa) “sin recurrir a los mercados de capitales”. Quienes la escuchaban -no sin alguna extrañeza- saben bien que no recurrió simplemente porque no puede. Más de una década después del “incumplimiento” de 2001, lo cierto es que aún no estamos en condiciones reales de hacerlo. Entre otras cosas, por no haber todavía solucionado nuestra deuda con el Club de París, esto es con nuestros acreedores soberanos. Toda su audiencia lo sabía, presumiblemente. O, al menos, una parte sustancial de ella.

Para nuestra presidente, parecería que laculpa de todos los males que aquejan a la economía del mundo la tienen los especuladores. Al menos eso es lo que les dice a todos. Además, la solución -en su peculiar evangelio- pasa por poner controles a todo. Faltó que sugiriera que está dispuesta a poner inmediatamente al Secretario Guillermo Moreno a disposición del mundo para que solucione, de un plumazo, todos los problemas que tenemos.

Enseguida se atribuyó, ante la sorpresa de todos, haber sido una suerte de insospechada vidente acerca de la necesidad de que Palestina sea de una vez, reconocida como Estado. Y martilló con que, si Palestina no es reconocida como Estado, se fortalecerá al terrorismo internacional. Nada dijo del sugestivo silencio – y los distanciamientos- con los que Hamas (de la mano de Irán) recibió en Gaza la solicitud formulada por Mahmoud Abbas. Ni que Irán, que sostiene a Hamas, es ciertamente el mayor exportador de terrorismo internacional del mundo. Como los argentinos sabemos bien, porque esa (y no otra) es la lección central de los atentados cometidos en Buenos Aires -también rememorados por la presidente- que se vinculan con Irán, precisamente.

Para confirmar nuestras observaciones, muy poco después del discurso de nuestra mandataria, el presidente de Irán, desde el mismo podio, citó el “misterioso ataque del 11 de septiembre de 2001, que -a su criterio- fue sólo la excusa de Washington para invadir Afganistán. Para agregar, vergonzosamente, que también “los sionistas siguen usando, después de sesenta años, el Holocausto como excusa”. Mientras tanto, Irán sigue incumpliendo seis resoluciones del Consejo de Seguridad sobre su peligroso programa nuclear, como si ellas no la obligaran. La Argentina poco y nada tuvo que decir ante todo esto. Una pena.

De allí la alocución de la presidente pasó a la cuestión de nuestra soberanía en las Islas Malvinas; como corresponde, desde que es en ese foro -el de la ONU- precisamente en el que seguimos insistiendo acerca de la inmutable validez de nuestros derechos. Pero lo hizo no sólo reiterando el pedido de diálogo en buena fe dirigido a los británicos, sino denunciando además las provocaciones británicas y agregando -por su propia cuenta- algunas poco veladas amenazas, en el sentido de adoptar medidas duras en una situación que curiosamente comparó con la de Palestina, sosteniendo que habrá seguramente instancias que de pronto “nos veremos obligados a comenzar a revisar”. Las Naciones Unidas no son ciertamente el foro ideal para esto.

Pese a que, curiosamente, la presidente pretendió apelar a la compasión del mundo, sugiriendo hiperbólicamente que nuestro país ha: “concentrado todos los problemas, las tragedias, y las miserias de este mundo en un solo territorio”. Quienes la escuchaban se mostraron escépticos, porque saben bien donde están la miseria y la pobreza en el globo. Y no creen que sea precisamente en la Argentina, a la que tienen -y no sin razones- como a una nación rica en recursos naturales y pobre en gestión política.

Una oportunidad más que pasó desaprovechada. Como las anteriores. Lo que no es demasiado sorprendente. Es lo que hay, decimos con frecuencia. Y es efectivamente así. Como queda visto.

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República  Argentina ante las Naciones Unidas 

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