Europa, Política

Un obstáculo de cuidado en la relación con Gran Bretaña

La lengua de Boris Johnson no tiene freno. Ni demasiados límites.


La nueva primer ministro británica, Theresa May, acaba de designar como canciller de su país a Boris Johnson, uno de los conservadores que más vehemente y ardientemente impulsaran la reciente salida británica de la Unión Europea.

Su extraña y peculiar personalidad ha sido calificada por Dan Bilefsky, desde las columnas del New York Times, como “espectacularmente poco diplomática”. Ese es un dato, cuanto menos insólito, a tener en cuenta por parte de aquellos países que, como la Argentina y España, mantienen dilatados conflictos de soberanía con Gran Bretaña, como son los que tienen que ver con las Islas del Atlántico Sur y con Gibraltar.

Ocurre que la lengua de Boris Johnson no tiene freno. Ni demasiados límites. Lo que es un problema. Porque –por ejemplo- se ha referido, despectiva y públicamente, al presidente norteamericano Barack Obama como un hombre que, por ser -según él- “medio kenyano”, “tiene un disgusto ancestral respecto del Imperio Británico”. De amable, nada. Casi racista.

Y ha escrito un presunto “poema”, en el que insinúa –también despectivamente- que el presidente de Turquía ha tenido relaciones sexuales con una cabra. Lo que es realmente increíble y vergonzoso.

Y hasta ha comparado –muy suelto de cuerpo- a la Unión Europea con la Alemania nazi.

Todos esos comentarios conforman una larga serie de desatinos de magnitud inesperada. Estamos, queda claro, ante un toro en un bazar, entonces. Tan es así, que el canciller francés, al anoticiarse de su designación, recordó -por radio- a todos sus compatriotas que Johnson le “había mentido mucho al pueblo británico”. Y es efectivamente así.

También reaccionó tempranamente ante lo sucedido el muy respetado político sueco Carl Bildt, quien, nos recuerda el mencionado Bilefsky, al escuchar la noticia que anunciaba la designación de Johnson, señaló que “hubiera preferido que fuera un chiste, pero tomo que no lo sea”. Y ciertamente no lo fue.

Sobre Hillary Clinton, Johnson sostuvo -sin el menor respeto- que ella luce como “una enfermera sádica de un hospital mental”. Y la lista de dichos y reflexiones grotescas e insolentes no tiene fin. A Donald Trump, Johnson lo calificó de “loco” al comentar sus particulares y debatibles propuestas sobre qué es lo que se debe hacer frente a la creciente la inmigración musulmana.

Hoy Johnson tiene a los 14.000 funcionarios del servicio exterior británicos y a los 270 diplomáticos de carrera del Foreign Office en guardia. Probablemente en tensa espera de las posibles explosiones verbales que cabe ciertamente predecir y de sus inevitables consecuencias. Lo que conforma una muy poco tranquilizadora situación sobre la que todos debemos estar alertas.

Curiosamente, el aspecto exterior de Boris Johnson es relativamente parecido al de Donald Trump, con una suerte de falso alero rubio elegido por ambos como rasgo peculiar o distintivo. Y también hay parecidos en sus actitudes arrogantes y desafiantes, que los acercan aún más.

Lo comentado sugiere que cualquier discusión futura con Boris Johnson puede derivar en incidentes impensados a estar a sus complicadas credenciales y antecedentes. Porque, como se dice en inglés, Johnson “dispara desde su cadera”. Lo que equivale a la imprudencia. Y porque además parecería no saber lo que es la cortesía. Ni interesarle siquiera el tema. Prueba de esto último es que recientemente, en un viaje a Japón, no vaciló (en el transcurso de un improvisado partido de rugby callejero que estaba siendo televisado) en aplastar contra el suelo a un joven nipón de tan sólo diez años.

La calidez obviamente no es su fuerte. Y respecto de él no es necesario sorprenderse para recién entonces comenzar a entender con quien se está lidiando. Con un hombre de las características descriptas, toda negociación puede de pronto transformarse en una aventura de consecuencias impredecibles, según queda visto.

Las buenas formas, dice un viejo adagio, están construidas sobre la base de pequeños sacrificios, que quizás el patológico Boris Johnson no esté jamás dispuesto a hacer. A extremar el cuidado, entonces. Aunque siempre sea cierto aquello de que naturalmente “lo cortés no quita lo valiente”. Sin dar ventajas, en consecuencia.
 
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

 

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