América, Economía y Sociedad

Pfizer y la emigración de la fiscalidad punitiva

Pfizer es solamente la última empresa norteamericana que contempla la fusión con una empresa extranjera como vía de escape de un régimen fiscal desproporcionado.


A pesar de toda la atención recibida la anticipada fusión entre Pfizer Inc., el gigante farmacéutico radicado en Nueva York, y su rival británico AstraZeneca, dista de estar cerrada. Pfizer no hecho todavía una oferta formal, como informó su consejero delegado al pleno parlamentario la pasada semana; solamente ha avanzado propuestas informales que hasta la fecha AstraZeneca ha rechazado despreciativamente.

Pero si la fusión llega a prosperar, Pfizer habla con franqueza de sus intenciones de mudar la sede legal de la empresa al Reino Unido, ahorrando así una fortuna en impuestos. Como empresa norteamericana, los ingresos de Pfizer en el extranjero están sujetos a un tipo fiscal corporativo mixto del 42,1 por ciento — un 35 por ciento de tipo impositivo federal mas el 7,1 por ciento que se tributa en Nueva York. Como empresa privada británica, el tipo impositivo máximo de su horquilla fiscal baja al 21 por ciento. La diferencia podría representar unos 1.400 millones de dólares por ejercicio.

¿Escandaloso? En efecto. Pero el escándalo no es el deseo de una multinacional norteamericana de rebajar lo que tributa. Es un régimen fiscal estadounidense tan punitivo y contraproductivo que puede obligar a una empresa como Pfizer, que abrió en Brooklyn en 1849, a convertirse en multinacional extranjera.

Estados Unidos tiene el tipo fiscal corporativo más elevado del mundo desarrollado. Eso sitúa a las empresas norteamericanas en una grave posición de desventaja corporativa, puesto que sus rivales de todas partes pueden destinar un porcentaje mayor de sus beneficios a nuevas inversiones, nuevas contrataciones y productividad. Lo que es peor, el nuestro es el único país que consolida un sistema de gravación “mundial”, que significa que las empresas norteamericanas tienen que tributar al fisco estadounidense no solamente los ingresos obtenidos en Estados Unidos, sino también sus beneficios en el extranjero. Los demás países se contentan con la gravación “territorial” — sólo gravan los beneficios obtenidos dentro de su territorio nacional. Las entidades norteamericanas que como Pfizer obtienen pingües beneficios en el extranjero declaran así esos beneficios dos veces: primero tributan al gobierno del país en donde se hace el dinero, y luego en Estados Unidos.

¿Por qué pues no van “Empresas estadounidenses parten en busca de incentivos fiscales“, en palabras del titular de la crónica del Wall Street Journal en la materia? Mudar su domicilio fiscal a otro país las libera de tener que pagar los impuestos sobre sus beneficios en el extranjero al Tío Sam — beneficios que para empezar el Tío Sam no debería ni oler. Si el régimen fiscal corporativo de América no fuera tan rígido — si funcionara según los mismos principios fiscales territoriales que el resto del mundo desarrollado — las empresas no estarían acusando la presión al extremo de coger la puerta.

Pfizer es solamente la última empresa norteamericana que contempla la fusión con una empresa extranjera como vía de escape de un régimen fiscal desproporcionado. Solamente durante los dos últimos ejercicios, informa Bloomberg, al menos 15 multinacionales en bolsa han emprendido tal “inversión fiscal”, como se denomina a la práctica. Entre ellos: la distribuidora de plátanos Chiquita Brands, la firma de telecomunicaciones Liberty GlobalEaton Corp., el fabricante de repuestos eléctricos del selectivo Fortune 500. Durante las últimas semanas, los accionistas de Walgreen, la cadena de ferreterías con sede en Illinois, se han puesto a presionar a la empresa para que se mude a Suiza, donde está inmersa en la compra de Alliance Boots, un grupo fabricante de productos de salud y belleza.

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