Política

Problema difícil

Pakistán exporta el fruto de sus madrazas radicales a Gran Bretaña y más allá en ideología y mano de obra. Al país matriz, al igual que una solterona, no le gusta pensar mal de esos jóvenes de Manchester y Leeds y Oldham. Todos nos sentimos inclinados a ser deferentes con el multiculturalismo en estos tiempos.

Mark Steyn
El otro día, el General Pervez Musharraf sacó algo de tiempo de su intensa agenda de sobrevivir a tentativas de asesinato para rendir tributo a alguien que, a la sazón, había tenido menos éxito capeando las tentativas de sus asesinos: hace una semana, durante el Torneo Mundial de Cricket, el entrenador del equipo nacional paquistaní de cricket fue asesinado en el Hotel Pegasus de Kingston, Jamaica, en lo que Mark Shields (el crítico de la televisión americana no, el veterano de Scotland Yard que encabeza la investigación policial) llamaba “circunstancias poco corrientes y sospechosas”.

“Esta nación siempre le recordará por las alegrías que trajo a las vidas de millones de paquistaníes”, decía Musharraf, concediendo a Bob Woolmer de manera póstuma el Sitarae-Imtiaz, o en la Estrella de la Excelencia. “Al mundo del cricket y a Pakistán en particular les será extremadamente difícil llenar el vacío que la muerte de Bob ha dejado”.

A menos que los que sea uno de los muchos entusiastas del cricket de América – pausa para el sonido de los aplausos de los aficionados al cricket – probablemente ni siquiera habrá reparado en esta noticia. Cuando Anna Nicole se encuentra con la muerte en el Caribe, hay cobertura 24 horas al día. Pero en Pakistán, las Indias Occidentales, Gran Bretaña y otros muchos sitios, la muerte de Woolmer es Anna Nicole multiplicada un trillón de veces. Estaba hablando con un prominente periodista londinense en Chicago el otro día cuando sonó su teléfono móvil y se le ordenaba saltar a un avión con destino a Kingston y ponerse manos al crimen.

“¿Quién lo hizo?”, pregunté de manera detectivesca.

“La mafia rusa”, dijo, ya a medio pasillo.

“¿La mafia rusa?” repetí incrédulo. “Eso no es cricket”.

Pero aparentemente lo es. Ya estuviera algún ruso implicado realmente o no, los rumores de “un ajuste de cuentas de la mafia” campan a sus anchas por Jamaica. Justo antes del asesinato de la figura deportiva, el equipo paquistaní de cricket había perdido frente de Irlanda, que es algo así como que los New York Yankees pierdan frente a mi abuela. Lord Condon, el director de la Unidad Anticorrupción del Consejo Internacional de Cricket, se encuentra según se dice camino de la isla.

De cualquier manera, pensaba en esta extraña muerte mientras seguía el resto de las noticias de la semana procedentes de Pakistán. Musharraf ha tenido un período muy exitoso en el cargo, pero se encuentra en un problema aún más desolador: el otro día suspendió al jefe de justicia; la mayor formación parlamentaria, la Liga Musulmana, se ha vuelto en su contra; también lo han hecho las 3 agencias conflictivas de Inteligencia; y en las zonas áridas hasta la frontera afgana, más y más aldeas están siendo anexionadas por los Talibanes, lo que en general no importa gran cosa, pero sí importa a sus amigos en la Casa Blanca. En el Washington Post, Ahmed Rashid pedía la jubilación del general y “unas elecciones libres y justas”, que suena muy bonito pero que conduciría al único estado completamente nuclear del islam al mismo tipo de administración corrupta y débil del predecesor de Musharraf, y que será acompañada enseguida del inevitable golpe de estado o peor.

Si usted estuviera que trazar una de esas tablas corporativas de los problemas del mundo, Pakistán se encontraría en el centro de ellas. Hablamos de las zonas tribales del noroeste como algunos de los lugares más remotos de la Tierra. Pero en la práctica, cuando quisieron, los saudíes no tuvieron ningún problema en llegar hasta ellos, extendiendo un montón de dinero de bolsillo, y transformando profundamente esas aldeas: en Waziristán, usted encuentra pastores de cabras con sistemas GPS y un cuarto de millón de dólares en divisa americana, lo que es un montón para un pastor. Desde la frontera del noroeste, el dinero saudí y la ideología wahabí se infiltraron gradualmente en el país, en las mezquitas de las ciudades, radicalizando a una generación de jóvenes musulmanes. De allí pasó a los nuevos destacamentos de la jihad, hasta Indonesia, Tailandia y más allá. Los vuelos de Pakistán al Reino Unido son hoy la peregrinación ideológica más importante para el islam radical. Los terroristas londinenses del 7 de julio eran sujetos británicos de origen paquistaní. La semana pasada, dos más eran detenidos en relación con los atentados del metro en el Aeropuerto de Manchester, mientras se preparaban para embarcar en un avión a Karachi.

Mientras tanto, volando desde Karachi e Islamabad hasta Heathrow y Manchester se encuentran las primas – montones y montones de ellas. En el estudio muy detallado sobre el matrimonio Punjabi, Roger Ballard escribe que “hermanos y hermanas esperan ahora que se les conceda el derecho a rechazar al primero en las ofertas de matrimonio para cada uno de los hijos”. En su investigación del barrio Mirpur en Pakistán, estima que al menos la mitad y hasta los dos tercios de los descendientes en Gran Bretaña de ascendencia mirpuri se casan con primos cercanos. Esta es una herramienta crítica de asimilación inversa: en lugar de diluirse a través de generaciones, la identidad tribal se refuerza; en la práctica, los territorios tribales paquistaníes se están estableciendo en zonas del norte de Inglaterra – y, al igual que Musharraf, las autoridades han concluido en su mayoría que estas comunidades son tan impenetrables y están tan aisladas que es mejor poner tierra de por medio.

Lo que nos lleva de vuelta al Torneo Mundial de Cricket y el extraño asesinato tras una inusitada victoria contra Irlanda y las noticias de “un ajuste de cuentas de la mafia”. El mundo civilizado olvida en ocasiones lo delgada que es esa capa de civilización: muchas instituciones respetables y venerables pueden ser desmembradas desde el interior por depredadores y oportunistas. Externamente, no ha cambiado gran cosa. Pero debajo están en juego todo tipo de fuerzas y, para cuando te das cuenta, se necesita un montón para invertirlo. Pakistán nunca fue la entidad política más estable y plácida, pero ahora está podrida de extremo a extremo, siendo amplificadas sus peores patologías mediante dinero e ideologías árabes y el equivalente nuclear a un escándalo de puertas afuera: misteriosas transferencias China-Pakistán de tecnología que han sido detectadas recientemente a través de cachemira.

Pakistán exporta el fruto de sus madrazas radicales a Gran Bretaña y más allá en ideología y mano de obra. Al país matriz, al igual que una solterona, no le gusta pensar mal de esos jóvenes de Manchester y Leeds y Oldham. Todos nos sentimos inclinados a ser deferentes con el multiculturalismo en estos tiempos: cuando los imanes son invitados a abandonar un vuelo en Minneapolis, lo más fácil es expresar reprobación y demandar formación en sensibilidad para el personal de cabina, de modo que la próxima vez no importa lo que hagan, sabremos cómo mirar a otro lado. El gobierno de Quebec, que exige por ley una identificación comprobable con fotografía para poder votar, acaba de renunciar al requisito para los musulmanes: preséntese en las urnas con un burka o un niqab, y nadie será tan insensible como para comprobar si su cara encaja con la de su permiso de conducir. Y así les va: la tétrica sharia, día tras día, aislando cada vez más a comunidades dadas ya a la autosegregación, pero nada demasiado importante o llamativo como para perturbar la imagen idílica. En Gran Bretaña, las autoridades pueden decirle (a grandes rasgos) la cifra de células jihadistas y el apoyo que suscitan en la comunidad musulmana. Pero hacer algo al respecto es mucho más problemático. No será cricket, viejo.

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