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“Sorber o Soplar la crisis económica”

Algunos expertos sostienen que lo peor de la crisis económica ha pasado. Lo que quieren decir es que las consecuencias no han sido todo lo catastróficas que se podía esperar. La duda que tienen, me parece, es si introducir o no la locución adverbial “por ahora”.

María J. Izquierdo


Los ministros de Economía y Finanzas de
la UE quieren que las instituciones financieras publiquen antes de otoño los riesgos y pérdidas en que hayan incurrido como consecuencia de la crisis financiera. En concreto, exposiciones al riesgo, dentro y fuera de balance, depreciaciones y pérdidas. Tal decisión da una ligera idea de la trascendencia política de la crisis  para el futuro de Europa.



De momento, las instituciones financieras con problemas lo han dicho a su manera. Los gestores de aquellas otras que flotan o navegan con más o menos dificultades acabarán hablando sin timidez, eso es seguro, pero más por la presión accionarial que por los requerimientos comunitarios. Aún así, será bueno conocer la dimensión cuantitativa del problema al que Europa se enfrenta. Parece coherente que las instituciones comunitarias sepan a qué atenerse.  



En ese sentido, algunos expertos sostienen que lo peor de la crisis económica ha pasado, aunque la inestabilidad  va para largo. En realidad, lo que quieren decir es que las consecuencias no han sido todo lo catastróficas que se podía esperar, dada la dimensión del problema. La duda que tienen, me parece, es si introducir o no la locución adverbial  “por ahora”.  Pero eso: ¿Quién lo sabe?



Resulta llamativo el comentario efectuado no hace muchas horas por el ex presidente español  Felipe González: no veremos a la gente tirándose por la ventana. Pero si de los pelos, debería haber añadido. En todo caso,  los datos que pide
la UE despejarán algunas incertidumbres respecto al alcance y dimensión de una crisis en la que la estabilidad de los precios al consumo, actualmente al alza, es considerada como uno de los objetivos irrechazables dentro de las medidas correctoras.



Decisivo es también que las políticas económicas y las autoridades monetarias acierten en las predicciones de un problema  que, para algunos, guarda similitudes con la crisis de los años 30 del siglo pasado. Claro. Por mucho que algunos economistas piensen que la economía es inestable por naturaleza, está comprobado que  tiende a serlo mucho más cuando las políticas económicas adoptan decisiones equivocadas.  



 
Mal les iría a los países miembros de
la UE -a unos más que a otros- si el BCE, por ejemplo,  equivocara su política monetaria. Porque si el enfriamiento económico va para largo, y es lo que parece, no tardarían en aflorar a la superficie de las relaciones comunitarias las tensiones nacionales derivadas de la decisión de la autoridad monetaria europea, que consiste en no suavizar los tipos de interés para mantener contenida la inflación en  unos niveles del dos por ciento. Exactamente, lo contrario de lo que sucede en EE.UU. y el Reino Unido 



Por ello, el BCE empieza a ser cuestionado desde distintos frentes. En concreto, porque dicho objetivo está fijado sobre una predicción del precio del crudo de 110 dólares barril, cuando sobrepasa  los 120 dólares. Y, como hay “gurús” para todas las escuelas, la posibilidad de que el precio del barril de petróleo pueda alcanzar los
200, a algunos no les parece tan lejana. Tampoco, que en la trastienda de la escalada del precio del crudo se oculte algo más que movimientos especulativos.   



De ahí que algunas voces cualificadas, como la del ex director gerente del FMI, Rodrigo Rato, consideren que para solucionar problemas globales, son necesarios los consensos globales. Se refería en concreto al alza de los precios de las materias primas.



Cada día está más claro que frente a los desequilibrios económicos –parafraseo al ex directivo del FMI– es imposible sorber y soplar al mismo tiempo. Lo decía Milton Friedman. Hay que elegir: paro o inflación. Pero en las actuales circunstancias, el enfriamiento de la actividad económica y el progresivo aumento de la inflación que se constata a nivel mundial no  favorecen las soluciones. Parece lógico, por tanto, que a problemas globales, se arbitren soluciones globales, más que nada para evitar la carrera de tonto el último.  

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