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Tras las huellas de Karl May

“Como hispano-alemán y, al igual que tantos otros alemanes, también viajé a ciudades y regiones vecinas que conocía sólo de oídas. Se trataba de viajes con un atractivo especial que combinaban la curiosidad con la nostalgia. Recuerdo una visita a Sajonia y su bellísima capital, Dresde, destruida en la Segunda Guerra mundial, que ha vuelto a recuperar parte de su pasado esplendor”.

Marcos Suárez Sipmann
Quince años de dificultades económicas y de adaptación han hecho olvidar a los alemanes el entusiasmo y el agradecimiento con que recibieron el regalo de una reunificación pacífica.

Familiares y amigos pudieron reencontrarse, al fin, en libertad. Y de repente fue posible – para la mayoría por primera vez – recorrer lugares presentes en la memoria común pero inaccesibles a pesar de su proximidad.

Como hispano-alemán y, al igual que tantos otros alemanes, también viajé a ciudades y regiones vecinas que conocía sólo de oídas. Se trataba de viajes con un atractivo especial que combinaban la curiosidad con la nostalgia. Recuerdo una visita a Sajonia y su bellísima capital, Dresde, destruida en la Segunda Guerra mundial, que ha vuelto a recuperar parte de su pasado esplendor. Es reconfortante poder apreciar aquí, al igual que en otras ciudades del continente, el esfuerzo conjunto de reconstrucción de sus monumentos realizado a nivel europeo. El resurgir de lo que antaño se llamó la Florencia del Elba, es un símbolo más de reconciliación y esperanza para el futuro de Europa.

Cerca de Dresde, en Radebeul, era obligada una visita al museo en la que fue la última casa del autor al que más había leído durante mis años de adolescencia. Karl May (1842-1912), escritor prolífico de novelas de aventuras, fue muy leído en Europa central durante generaciones. Representa para los alemanes lo que Julio Verne para los franceses o Emilio Salgari para los italianos. En España es prácticamente desconocido aunque, quizá, algunos recuerden obras como Winnetou (en 3 vols.) y El tesoro del lago de la Plata.

Las novelas de May transcurren, en su mayoría, en el Oeste americano y en el próximo Oriente. Otros escenarios geográficos menos frecuentes incluyen Sudamérica, Asia y el Pacífico. Debido a una ceguera temporal en su niñez, May desarrolló un profundo mundo interior alimentado por los cuentos e historias que le contaba su abuela paterna Johanne Christiane May mientras le cuidaba.

Tras una infancia en la más absoluta pobreza en el seno de una familia de tejedores y una azarosa juventud, que le valió varias penas de prisión, cultivó un género narrativo esencialmente aventurero, con paisajes y protagonistas exóticos. May nunca había estado en aquellos lugares. Sólo hacia el final de su vida, siendo ya famoso, visitó Oriente y Norteamérica. La gran precisión con la que describe esos paisajes y ambientes exóticos se fundaba en sus conocimientos adquiridos en los textos de geografía y, sobre todo, en su gran imaginación. Sus libros, escritos todos en primera persona, revelan sus sueños haciendo creer a los lectores que el héroe de sus novelas era él mismo.

Como ocurrió con muchas otras cosas, la obra de Karl May fue manipulada posteriormente por los nazis. Esto no deja de sorprender si se tiene en cuenta que May se opuso al militarismo de la época. Ya había escrito sobre la brutalidad de la guerra franco-prusiana de 1870-71 cuando lo que imperaba era el triunfalismo patriotero. Y entre sus últimos libros, en los que May se afana por un reconocimiento literario, aunque no tuvieron éxito entonces, destacan obras como Paz en la tierra entre otras. Sin embargo, hoy estas novelas simbólicas de tendencia pacifista son objeto de un creciente interés. En 1905 conoció a la escritora y pacifista austriaca Bertha von Suttner, premio Nobel de la Paz de aquel año por su obra Abajo las armas (1885), con la que mantuvo una gran amistad.

Después de la caída del nazismo, Karl May fue casi proscrito en su país natal, que, en la división de Alemania, quedó en el lado de la dictadura comunista. Los intentos de imponer por parte de la burocracia cultural de la República Democrática de Alemania un “realismo socialista” y de tachar a Karl May de “autor condenado a la cárcel que no puede ser un modelo adecuado para nuestra juventud” o “nacionalista impenitente” no dieron resultado. Sus obras se cotizaban a precios astronómicos en el mercado negro de los anticuarios de Berlín Este, Dresde o Jena. En la República Federal el éxito fue continuo como prueba la fundación, en 1969, de la sociedad “Karl May” con sede en Hamburgo.

No obstante, se produce un claro declive de las lecturas de May entre los jóvenes, frente a otros escritores nuevos del estilo de Enid Blyton. Con cada generación tienen éxito nuevos libros y autores como ocurre en la actualidad con J.K. Rowling. Es bueno que sea así. Lo importante es que en estos tiempos del videojuego los niños y los jóvenes lean y disfruten leyendo.

Únicamente queda por expresar el pío deseo de que sería aun mejor que las gigantescas operaciones de márketing no redujeran al olvido tantas y tantas obras, al menos tan buenas como las que se benefician de las campañas publicitarias.

Marcos Suárez Sipmann es politólogo y jurista, además de experto de relaciones internacionales. Su email es marcsip@telefonica.net

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